Ellos, los que no están en nada

Autor:

Yeilén Delgado Calvo

He conocido a varios a lo largo de mi vida y aún no logro entenderlos. Con algunos me he enredado en disquisiciones filosóficas y políticas, y he salido cansada pero no derrotada.

Partidaria de Napoleón en eso de que la verdadera gloria no está en vencer sino en convencer, nunca me ha gustado echarle en cara a nadie mis creencias o convicciones, tampoco las considero infalibles. Defiendo mis verdades, si bien nunca me atrevería a pensar que no pueden estar equivocadas. Tener fe en algo o alguien, en mi opinión, requiere por igual de pasión y razón.

Pero a ellos, los que no están en nada, les da lo mismo el socialismo, el capitalismo, las dictaduras que las  monarquías. No ven jamás el noticiero, «demasiado estrés para la vida y ver los mismos problemas de la calle de nuevo, ¡qué va!», mejor el «paquete» y qué viva Caso cerrado, Decisiones…

No participan en nada, pero se quejan de todo; no aceptan cargos pero fustigan a quienes los tienen. Asumen el peligroso rol de «capitán araña» en la sociedad.

Respeto muchísimo más a quienes se declaran en contra con sus razones y argumentos, que a quienes se visten con el traje de la apatía y cortan con su desinterés las alas de aquellos que realmente quieren hacer algo.

Valoro las opiniones diferentes, porque hacen pensar y cuestionar esquemas. No obstante, me molestan aquellos que me espetan: «¿Para qué coges tanta lucha, muchacha? Relájate y ponte pa’ lo tuyo, que nadie se va a preocupar por ti». No estoy de acuerdo y me niego a seguirle la corriente a Julio Iglesias en eso de que la vida sigue igual.

¿Cómo dedicarme a vegetar y no creer que puedo cambiar aunque sea una millonésima parte del mundo? ¿Cómo no tener fe en mis amigos, en la gente que admiro, en el futuro y en mis hijos por nacer? ¿Cómo dudar de la bondad o del poder de cambio de una canción y un poema?

Ser espectadora de la existencia no es un rol atractivo. Sí, a veces una se cansa (de los mediocres, los envidiosos, los corruptos, los mentirosos, de la burocracia, los discursos vacíos, las justificaciones y hasta de los que no están en nada), pero siempre sucede algo, a veces pequeño y sencillo, que confirma la necesidad de imaginar, hacer y creer.

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