Lámparas nuevas por viejas

Autor:

Enrique Milanés León

Cada año nos pasa lo mismo: cuando más embullados estamos con el año, resulta que a este le entran los fatales calambres de diciembre y no se nos ocurre otra cosa que festejar su deceso con la presunción de que tras él vendrá uno mejor: nuevecito de paquete, venturoso, dichoso, vaya, esperanzador...

Les confieso que en ocasiones quisiera quedarme con el viejo, el caduco, el muchas veces vilipendiado año que suele terminar sus días lleno de tatuajes y cicatrices de guerra en el almanaque de la pared. ¿Qué le voy a hacer…? A veces, cuando el camión del tiempo pasa en diciembre frente a mi puerta en franca gestión de trueque, regateo con la esperanza de conservar al menos por otros 12 meses el año que agoniza.

—¡No se lo lleven…! —he rogado en vano junto a su ataúd, argumentando el balance aceptable de los últimos 365 amaneceres.

Me pasa entonces como a esas personas que, en un lejano trance parecido, vacilaron en aceptar relucientes refrigeradores nuevos a cambio de entregar los antiguos —casi entrañables miembros de las familias pese a sus nombres distantes—, alegando los inolvidables recuerdos que desde las parrillas de vetustos Frigidaire, estoicos Minsk y moles semejantes sembraron en sus paladares los helados caseros de las abuelas de antaño y las madres de ayer.

Cuando se trata de explicar lo inverosímil, la gente no regatea neuronas:

—Es que el hielo no sabe igual, mi’jo… y los dulces, mucho menos —me trató de convencer en su momento una señora, como si la congelación no dejara siempre idéntico gusto glacial. Sin embargo le creí, porque sé que los viejos afectos calan más hondo que el frío.

Entonces, como ahora, recordé aquel pregón de «cambio de lámparas nuevas por viejas» que condujo al pésimo negocio con que, en otro contexto, la esposa del joven Aladino le hiciera perder en un instante toda la riqueza que un frotado mágico había puesto a su disposición.

No me tilden de pesimista. Simplemente me encariño con las cosas. Así que no entiendo cómo los demás pueden despachar tan tranquilamente un año que durante 12 meses nació y se crió en nuestros hogares, comiendo de nuestra mesa y haciendo, sin protestar, los mismos deberes que hicimos nosotros.

Quisiera que me dejaran criar por más tiempo a 2016, quisiera verlo hecho un hombre que llegue a la universidad, se gradúe y busque alguna buena muchacha para formalizarse. Y, claro, cuando se case y tenga un hijo, un añito rozagante, con cara de bebé de compota, yo pensaría en aceptar otro calendario, desde chiquito.

Ya sé… por enésima vez me han dicho que no; en cambio no deja de llamarme la atención la alevosía con que todos liquidaron a 2016. Los fiesteros parecen ignorar que las delicias en púa, las bebidas alegres, los adornos caseros, la música acompañante… han corrido a cuenta del año viejo y hasta de otros anteriores, porque el que llega no ha puesto nada en el menú.

Les pido que no me juzguen mal: me interesa sobremanera el futuro, pero en muchas ocasiones no cambio año nuevo por viejo. No, no «muerdo» la trampa escondida en la ganga del hechicero magrebí: para algo tuve el placer y la paciencia de leerme, cuento por cuento, las mil y una noches que narró Sherezada.

Les juro que en más de un cambio de año recuerdo al suertudo Aladino, lustro la lámpara del enero de turno y veo con pena que no aparece el genio que hasta unos meses antes me respondía al instante, cuando yo le frotaba la casa:

—Tus deseos son órdenes para mí...

Y una vez que le explico mi pedido, agrega con grave voz de ultralámpara, rebosante de mágica convicción:

-¡Guapea, amo, guapea y te será concedido!

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