Desde el bosque, mirar los árboles

Autor:

Miguel Cruz Suárez

A veces la costumbre es una venda, una pared que impide ver las cosas o que las disimula hasta hacerlas imperceptibles a los ojos y al corazón. Así, andamos por esta Cuba nuestra, muchas veces obviando lo evidente o simplemente incapaces de reconocer, en ciertas cosas, la magnitud de conquistas que pueden muy bien no ser eternas, si se quiebran las bases donde están sus cimientos.

Que no tengamos niños en las calles, limpiando el parabrisas de los carros o tratando de vender cualquier objeto para salvarse del hambre vespertina, no es un suceso común para este mundo, donde 215 millones de pequeños están obligados a trabajar y muchos de ellos tienen que hacerlo a diario.

Que sea un acontecimiento de proporciones alarmantes que alguien muera en Cuba a causa de una bala, o que un vecino cuente como una historia excepcional el hecho de que algún fulano fue sorprendido con un arma de fuego, parece un episodio irreal para este mundo, donde solo por citar el ejemplo de Estados Unidos, mueren unas 26 personas cada día por esa razón.

Que la tía o la abuela llegue abanicando el calor de la tarde desde un cercano hospital con el «intrascendente» comentario de que la próxima semana será operada de una dolencia cualquiera, sin que medie —en ese diálogo casi rutinario que establece la familia— la pregunta de: ¿Cuánto te costará ese asunto?, pudiera ser rareza cuando la humanidad mira adolorida cómo el mercado se adueña de la vida y cobra por la salvación de quienes pagan.

Puede que las limitaciones cotidianas, la falta de otras cosas materiales y los agobios de un país que trata de poner la dignidad a buen recaudo, para salvarla a pesar de los pesares, a veces nos impidan, desde el bosque, mirar los buenos árboles sembrados.

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