La pelota y la guarandinga

Autor:

Juan Morales Agüero

Aquel domingo pintaba para cualquier cosa menos para jugar pelota bajo el ardiente bochorno de un mediodía de agosto. «¡Muchachos, se van a achicharrar…!», advertían los agoreros del barrio al vernos tomar en dirección a El Campito.

Pero cuando se es adolescente el sentido común casi nunca es bienvenido. Llegamos con los escasos implementos de que disponíamos. Humberto traía su bate criollo; César, su viejo guante; Alberto, la careta… Y así, cualquier cosa que sirviera para coger, batear o lanzar. A la usanza de entonces, sus dueños tenían garantizados a priori sus puestos en las novenas. «Si no juego me llevo el mascotín», podía amenazar uno. Y, aunque fuera malísimo, había que incluirlo, so pena de que el inicialista tuviera que desempañarse a mano limpia.

El Campito no era lo que se dice un terreno deportivo, sino una improvisada superficie multipropósito. Tenía en su perímetro, amén de un enorme paredón, un enyerbado parque infantil con un par de cachumbambés, dos o tres barriles y otras tantas canales carcomidas por el óxido y el abandono. Jugar allí exigía conocer sus caprichos topográficos.

Así, los jardineros derecho y central se colocaban entre los aparatos de la instalación, medio metro más altos que el resto de sus compañeros, expuestos a partirse la crisma cuando correteaban detrás de un fly. El de la pradera izquierda tomaba posición en plena calle, del otro lado de la cerca. La tercera base y el torpedero defendían sus áreas por dentro. Y, como el espacio era tan reducido, la segunda y la primera debían situarse a unos pocos metros del lanzador.

El juego estaba a punto de dar inicio. Ya los capitanes habían conformado las dos alineaciones, previo sorteo de la primera petición. Se rifó también quién comenzaría con el turno al bate y se convenció a un vecino minusválido para que hiciera las veces de «ampaya», tentativa inútil por atemperar en algo las «perrerías» generadas por los eternos protestones.

Mientras tanto, el gordo Jorge Alba, el único de todos nosotros capaz de tirar curvas —rompimientos, como les dicen ahora—, realizaba envíos de calistenia con aquella, nuestra única pelota, forrada con esparadrapo de hospital y empolvada luego con ceniza caliente de cualquier fogata en extinción para facilitar su agarre y hacerla menos pegadiza al tacto.

Pero Jorge solo llegó a realizar un lanzamiento. No se supo si fue curva o recta. En definitiva, no era lo más importante. Lo que los presentes retuvimos en nuestras retinas, incluso hasta hoy, fue al bateador, plantado en firme en el cajón con la majagua en ristre, y el swing largo que hizo cuando la esférica incursionó en la zona de «estrai».

Sentimos el sonido hueco del bate al impactar con la pelota. Y la vimos ascender bien alto, pero hacia atrás. Fue un foul fly extraño, casi perpendicular con la calle por donde transitan desde hace quién sabe cuánto tiempo los carros que entran y salen del pueblo. Muchos no la perdimos de vista y seguimos su trayectoria en las alturas, prestos a acudir en su rescate tan pronto tocara tierra de nadie. Pero ocurrió algo inusual.

Cuando aquel infortunado foul fly estaba por concluir su descenso, acertó a pasar por la calle un transporte serrano de la época —guarandinga, como le llamaban—, repleto de pasajeros. Y como las casualidades están para que ocurran, vino a caer exactamente encima de su maletero, emplazado sobre el techo del vehículo y repleto de embalajes de todo tipo y ralea.

Cuando asumimos la gravedad del imprevisto, ya la guarandinga estaba lo suficientemente distante como para no poder darle alcance ni con las voces ni con las piernas. Los viajeros y el conductor, ajenos a lo ocurrido, tampoco podían hacer nada por aquella intrusa de último minuto, sin cuya presencia física nuestro juego dominical quedaba irremediablemente condenado.

Estupefactos e incrédulos, perdida en calidad de «polizona» la única pelota disponible por causa de aquel azar fuera de cálculo, recogimos el pobre equipamiento, murmuramos un par de blasfemias y nos despedimos con la firme promesa de inventar algo, cualquier cosa, para la próxima cita dominguera.

Cuando retornamos a nuestros hogares —tristes, derrotados, cariacontecidos—, más de un agorero burlón nos recibió con un «¡sabía que el sol no los dejaría jugar...!». Y a pesar del respeto que nos inspiraban los adultos, más de uno de nosotros les respondió con una silenciosa pero elocuente torcida de ojos.

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