Alegoría del soldado y la victoria

Autor:

Osviel Castro Medel

El rostro del soldado cambió súbitamente. Pasó del susto a la sorpresa. Era un muchacho rubio, usaba espejuelos y tenía «no más de 25 años». Había caído prisionero después del victorioso ataque rebelde y cuando Raúl le preguntó qué grado tenía, este dijo: «bachiller».

La respuesta provocó una sonrisa del guerrillero, quien esclareció que estaba aludiendo al grado militar, no al escolar. «Soldado», dijo entonces el joven, que inicialmente había pedido con premura auxilio para un compañero herido. Por cierto, el Che era quien lo curaba.

«¿Por qué no se rindieron antes? Así hubiéramos ahorrado sangre derramada inútilmente por defender un gobierno ilegal y de bandidos», expuso Raúl. El militar contestó: «Porque pensábamos que ustedes nos iban a matar».

Quien interrogaba replicó que ese era el anhelo de la tiranía de Batista para abrir divisiones en el pueblo, pero «a fin de cuentas somos hermanos, y nosotros lamentamos la muerte de ustedes, jóvenes cubanos como nosotros. Ustedes combaten por un hombre, nosotros por un ideal».

El soldado quedó estupefacto con aquellas palabras, aunque su sorpresa fue mayor cuando intervino el jefe de los insurgentes, Fidel Castro.

«Los felicito. Se han portado como hombres. Quedan en libertad. Curen a sus heridos y váyanse cuando quieran», expresó el líder de los que luego serían los célebres barbudos.

Al marcharse, estremecido, el joven se dirigió a Raúl: «Anote mi nombre: Víctor Manuel Maché». Cuentan que al año siguiente ese soldado trepó por las crestas de la Sierra Maestra y pidió incorporarse a las tropas que lo habían hecho prisionero. Concluyó la contienda liberadora con el grado de teniente del Ejército Rebelde.

Esa anécdota, contada por varios investigadores, nació hace 60 años justos, en las cercanías del río La Plata, cuando aquel 17 de enero de 1957 la naciente guerrilla atacó el pequeño cuartel del mismo nombre —enclavado en la actual provincia de Santiago de Cuba—, y obtuvo su primera victoria.

Maché no fue el único soldado del Ejército profesional que pasó a vestirse de verde olivo para combatir junto a los rebeldes. Existen numerosos ejemplos de «conversiones».

Este año, cuando se conmemoran seis décadas de algunos de los más hermosos combates del Ejército Rebelde, sería válido escarbar en otras historias. Así, encontraremos cómo la filosofía de Fidel y los suyos, aun en medio de la cruenta guerra, cuando no estaba consolidada la hueste liberadora en los lomeríos, transformó la mente y el corazón de muchos de sus supuestos enemigos.

Era la filosofía de evitar derramamientos de sangre, tratar a los «rivales de armas» como seres humanos, diferenciar a los criminales batistianos de los militares honorables, buscar la unión de los buenos cubanos.

Siempre se ha escrito que la victoria de La Plata «demostró la existencia del núcleo guerrillero»; pero habrá que remarcar también cómo ese combate marcó el principio de una actuación de ética plausible en medio de las agrestes serranías.

Hurguemos, sobre todo para los más nuevos, en otros relatos. El humanismo de los barbudos está diseminado más allá de la épica y la batalla.

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