Una visita obligada

Autor:

Alina Perera Robbio

Caracas.— Cerca de la Plaza Simón Bolívar, andando una calle estrecha, de bulevar, se llega a la Casa de Nuestra América José Martí. Enclavada en medio de la modernidad, rodeada de edificios altos y de todo tipo de apuros, ella tiene un significado especial: allí, sin desdorar el cariño encontrado en las esquinas cuando decimos de dónde somos, se siente que se está pisando un pedacito de suelo cubano.

No por gusto Millán Colmenares, hombre alegre y robusto de 45 años, nos dice al llegar que avancemos, porque «esta casa es más de ustedes que de nosotros». Es custodio del lugar, pero no alguien ajeno, que no haya leído y que no sienta por el Apóstol: cuando señala los canteros del patio central de la Casa, cuenta que se le ha ocurrido sembrar rosas blancas, como esas que anhelaba cultivar el Apóstol. Pregunta si la idea es buena, y le decimos que es hermosa.

Enternece la Casa que está llena de historia. Su directora Zaida Castro Delgado nos dice con orgullo que en la edificación, en la parte alta, Bolívar recibió clases de su maestro Simón Rodríguez. Ahora, en varias salas, se unen imágenes fotográficas, libros y cartas valiosas para honrar la unidad de Nuestra América.

Quien vaya por estos días al sencillo lugar, podrá encontrar en la Sala Uno la exposición documental Fidel Castro, un hombre, una Revolución, inaugurada el 19 de enero como parte de una jornada de homenaje que se extenderá hasta el próximo 28, con motivo del aniversario 164 del natalicio del Maestro, y del 136 de su llegada a Caracas.

En la Sala Uno de la Casa, las imágenes del líder de la Revolución Cubana son observadas atentamente por los visitantes, quienes tienen la oportunidad de encontrarse con un Fidel en distintos puntos del tiempo, pero que es siempre el mismo símbolo de perseverancia y dignidad. Casualmente en el momento de visitar la exposición vemos a su curador, José Gregorio Cabello Patiño, quien nos pide, ante dos fotografías del Comandante en Jefe —ambas muestran edades diferentes— que caigamos en la cuenta de que la mirada es la misma: intensa, concentrada, capaz de calar muy hondo.

«Fue un pensador tan grande —expresa Gregorio— que se adelantó a su época; se adelantó en visionar el país y el mundo».

A solo metros, Yolaidis Salazar Lara, holguinera de 40 años y quien llegó a Venezuela como miembro de la Misión Médica Cubana, narra que está aquí desde hace cinco meses. «Todo lo que soy se lo debo a Fidel», afirma, y evoca una graduación de médicos en la Isla, allí donde pudo ver al Comandante de cerquita. Luego habla de lo inevitable: las lejanías. «Cuando se está lejos de casa —confiesa— todo lo que la recuerde nos toca el corazón».

Antes de partir nos despide Millán Colmenares, quien comparte una historia de gratitud: «Una doctora cubana ayudó a mi señora a poder tener hijos; antes nadie daba con la solución. Les tengo a ustedes mucho cariño y respeto».

La Casa parece decir adiós, humilde y amorosamente, con letras timbradas en una de las paredes frontales: «Por aquí, en 1881, pasó el hombre de La Edad de Oro, formador de la infancia».

A pesar del tráfico por el bulevar, todo adentro de las salas de exposición nos recuerda que los homenajes son tesoros del alma de los pueblos. Esta viajera está feliz porque siente haber visitado un lugar imprescindible, al que casi siempre hay que llegarse, como hasta la estatua que estremeció a José Martí, sin todavía haberse quitado del todo el polvo del largo viaje.

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