Del paso del tiempo, de previsiones e ideas

Autor:

Alina Perera Robbio

Extraña sensación es esa de descubrir, en un instante, que hemos vivido un buen tramo de nuestra vida. Ya pasaron 13 años desde que estuve en el mismo punto, tras verdades en suelo venezolano. Y a mí, cosa rara, me parece que fue ayer cuando vi la mirada increpante del indio en la selva amazónica, su torso desnudo, su pelo negrísimo, el resto del cuerpo apenas cubierto por un pedazo de saco, y sobre su hombro duro y cobrizo, un racimo de plátanos.

Otra vez querré ir selva adentro, ser testigo de una humedad que no puede describirse, solo vivirse, y sentir el toque de una pertinaz llovizna en señal de invierno —pues así, con agua, se dan los «inviernos» en la selva—.

Es humano ese encuentro azorado con el paso del tiempo. Lo he constatado hace unas noches, luego de leer el discurso pronunciado por Fidel el 3 de febrero de 1999 en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, a solo horas de que Chávez hubiera juramentado por vez primera como presidente. Las palabras están contenidas en un librito que un amigo llevaba consigo en el instante de nuestro encuentro en esta ciudad, y que me regaló justo horas antes de este último 3 de febrero.

Casualmente en esa intervención cardinal, en la cual el Comandante en Jefe expresó que «una Revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas», él comentaba a los presentes que habían pasado 40 años y diez días de su visita a esa misma universidad, y que sin ser melodramático confesaba emoción por «el hecho inimaginable en aquel tiempo de que algún día, después de tantos años, regresaría a este sitio».

En el texto, de obligada lectura para quienes busquemos reflexionar sobre la milagrosa y dificilísima suerte de vivir en Revolución, emerge el asombro de un ser humano que vuelve al mismo punto físico cuatro décadas después. Contiene muchos conceptos valiosos esa intervención en la cual uno puede encontrar cifras abrumadoras, evocaciones, explicaciones históricas y un optimismo que nada pudo apagar jamás en el ánimo del excepcional luchador.

Hacia el final del discurso, hay una reflexión que se conecta asombrosamente con las circunstancias actuales. Entonces, hace 18 años, Fidel advertía a los presentes sobre su preocupación de que la lógica, natural y humana esperanza nacida de la especie de milagro político acontecido en Venezuela con el triunfo de Chávez, se tradujera a corto plazo en decepciones y en un debilitamiento de tan extraordinario proceso.

Luego de aplausos, el líder histórico de la Revolución Cubana dibujó en unas líneas, con una interrogante, el punto de partida tan duro desde el cual daba sus primeros pasos la Revolución Bolivariana de Venezuela: «¿Qué proezas, qué milagros económicos se pueden esperar de inmediato con los precios de los productos básicos de exportación venezolanos profundamente deprimidos y el petróleo a nueve dólares el barril, es decir, el precio más bajo en los últimos 25 años, un dólar que tiene mucho menos poder adquisitivo que entonces, una población mucho mayor, una enorme acumulación de problemas sociales, una crisis económica internacional y un mundo neoliberalmente globalizado?».

No dijo qué hubiésemos hecho nosotros en tales circunstancias, pues no estaba allí en calidad de «consejero, ni de opinante, ni cosa parecida». Sí expresó: «Ustedes tendrán que tener mucha más paciencia que nosotros, y me estoy refiriendo a aquella parte de la población que esté deseosa de cambios sociales y económicos radicales inmediatos en el país».

Fidel habló de nuestra Isla, y de cómo gracias a un mundo bipolar y haber tirado ancla en aquel polo nacido de una gran revolución social, hubo tiempo de formar conciencia, de sembrar ideas, de sembrar una nueva cultura política, la suficiente para arrostrar las difíciles circunstancias que sobrevendrían después, a raíz de la caída del Muro de Berlín.

Lo cierto es que la historia, casi 20 años después, está demostrando cuán difícil ha sido no solo el nacimiento de la Revolución Bolivariana, sino su propia existencia; cuánta paciencia y aprendizaje han jugado sus roles de salvación; al borde de cuántos abismos se ha estado; y cuán decisoria resulta ahora el desarrollo de una conciencia política, de una cultura, de eso intangible que obra la resistencia de los pueblos.

Lo cierto es que afortunadamente la resistencia, esa en la cual habitan nuestros hermanos, y también nosotros, no es tan solo cosa de milagros: por fortuna está demostrando que también pertenece, a través de una praxis infatigable, a la dimensión de lo posible.

 

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