Un asalto a carretilla armada

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

La col, al igual que la habichuela, es de lo más recomendable para la digestión. Vaya a usted a saber por qué artes de la bioquímica, pero el caso es que, al comerlas por un tiempo y de manera seguida, en algunos organismos desaparece el mal rato a la hora de ir al baño. Nada de suspiros y sudores o las semejanzas de que se está en un parto de trillizos o soportando las presiones de un avión en picada, como parodian los caricaturistas a ese tipo de lances.

Ya sea por ese atributo o por otros, el caso es que esa planta —rica en minerales y vitaminas A y C, entre otras bondades— se convierte en un ingrediente anhelado para la mesa nacional. Es probable que su ausencia en una comida festiva, sobre todo a fin de año, se considere un sacrilegio mayor. Quizá, por ese vínculo tan consustancial con la identidad del cubano, cuando en la cuadra se oye el grito: «Hay col en la placiiiiiiita» —así, con la «i» bien arrastrada para que se oiga alto—, ya se habrá dicho todo para armar un galope en dirección al mercado.

Así ocurrió hace poco en la placita cercana al Algarrobo, el casi centenario árbol que da la bienvenida al reparto Ortiz en la ciudad de Ciego de Ávila. Un episodio que, por recurrente, se puede observar en cualquier lugar del país. Acababa de llegar el camión de Acopio y por el vecindario se regó el grito de guerra —en tesitura de mezzosoprano y con arrastre de vocales—, y enseguida comenzó la película.

A lo mejor Elpidio Valdés nunca hubiera tenido una carga de caballería tan entusiasta como ese grupo de madres, tías, abuelas y comadres, que se lanzaron a toda carrera, jaba en mano y con el consabido aviso —el que no podía faltar—, ese de «oye, corre: márcame tú si llegas primero».

Solo que el entusiasmo quedó en sus inicios. Tantos planes de cocina, tantas ilusiones con la mesa para el final detenerse en medio de un chillido de tenis y chancletas al encontrarse con un obstáculo fenomenal, un freno inamovible, ciego, sordo y desafiante ante su designio, imperturbable, precisamente allí, en la puerta del mercado: a un grupo de tipos, unos con sombreros y gorras y otros en chores y camisa de mangas recortadas; pero todos con su carretilla al lado.

Una mujer, que trató de llegar a la puerta, fue reconvenida de inmediato. «Oiga, mi tía —dijo uno de los carretilleros, dándole una chupada a su tabaco—, tenga cuidado: no me tumbe el vehículo». No valieron las protestas de que «ella llegó primero y me marcó a mí» y luego las súplicas, mezcladas con tono de reprensión, ante el desfile de porteadores, que sacaban las coles en sacos y se iban con las carretillas desbordadas, y con un pregón que se oía clarito: «¡Vaya, su col aquí! ¡Fresca y baratica!».

Lo de barata, por supuesto, era un eufemismo, como nos decía una de las testigos del episodio. Como eufemismo, es también la hipotética relación de esos comerciantes con su parcela o alguna que otra entidad productiva, de la cual, se imagina alguien, cosechan los alimentos que venden a la población.

Por supuesto, no todos los carretilleros son parte de esa «modalidad organizada» de comercio. Pero en ella y en sus ramificaciones participan, con sus respectivos niveles de impunidad, un número creciente de sujetos, que de seguro te mirarían como si fueras el payaso Oleg Popov si le preguntaras por su licencia de cuentapropista, condimentado con la respuesta de las dependientas de esa u otra placita: «Esto es oferta y demanda —advierten—, y el cliente se lleva lo que pueda y quiera».

Así, tranquila y soberanamente. Y los que se queden atrás y no puedan coger nada o apenas la ven pasar, pues a sus casas: a velar cuando venga el camión. O a ver dónde capturas la bendita col. A sabiendas de que, en tu fuero más íntimo, después de este asalto a carretilla armada, lo que queda es el recuerdo de unas hojas mustias en la tarima unido a la certeza de que, en el horario de la intimidad, habrá que pensar en un nuevo intestino.

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