La «bola» celular

Autor:

Osviel Castro Medel

«Mira lo que apareció en una cueva de Baracoa», me dijeron, y acto seguido buscaron las imágenes en uno de esos teléfonos «cómicos», que propalan tantos asuntos absurdos o serios.

Se trataba de una ejemplar de primate, con varias ubres en la parte delantera. «La encontraron después de Matthew», sentenciaron, acaso para intentar demostrar que los huracanes también pueden destapar otros fenómenos naturales.

No me desternillé de la risa porque aquel burdo montaje fotográfico traslucía una malignidad calculada a priori y porque pretendía convertir en noticia del momento algo salido de la caverna de la falsedad.

Varios días después el animal anómalo todavía estaba saltando de celular en celular con sus respectivos comentarios. Algunos, en el colmo de la ingenuidad más ilógica, llegaron a afirmar: «Dicen que lo pusieron en el noticiero».

Si este ejemplo fuera el único de nuestra cotidianidad estas líneas no tendrían sentido. Sin embargo, la tendencia a construir «bolas», incluso con aristas más exageradas, parece haber llegado para quedarse.

Es cierto que siempre existieron los rumores, pero en esta época, aupados ficticiamente por las nuevas tecnologías, han crecido de manera geométrica hasta un punto casi irracional.

Ya son comunes los inventos, salidos de internet o chismenet, las «novedades» que hechizan por su contenido o forma, las ficciones empotradas en teléfonos, computadoras y otros aditamentos de la modernidad.

Y muchas veces, al final, crean grietas, laceran la sociedad, confunden a incautos y robustecen a los mentirosos.

No olvido que hace unos meses, en momentos de pesar colectivo, se hizo circular la noticia de la muerte de una figura excelsa de la cultura cubana. ¿Qué podía perseguir ese falso informe que no fuera crear malestar y más angustia? ¿Acaso sus divulgadores primarios eran personas de bien?

Debe decirse, no obstante, en aras del equilibrio, que más de una vez los rumores danzan a nuestro alrededor porque nosotros, los que escribimos o hablamos en los medios de comunicación, dejamos brechas inmensas, en oportunidades por no tocar bosques importantes de nuestra realidad y en ocasiones por abordar asuntos con superficialidad extrema, entre otros factores de los que no tiene la culpa el imperialismo.

Hace mucho tiempo, 70 años atrás, los sicólogos estadounidenses Gordon W. Allport y Leo Postman, expusieron que las «bolas» dependen, entre otras cosas, de la importancia del asunto y de su ambigüedad. Y señalaron teóricamente que los rumores se distorsionan en dependencia de los prejuicios, los intereses y el diarismo de las personas.

Cierto que no existen pociones mágicas para evitarlos o acallarlos y que de vez en cuando, como reza el refrán, nos traen alguna verdad contundente. Pero en todo caso lo más recomendable ante cualquier «bola» es usar la lógica… la cabeza, esa parte de nuestro cuerpo que a veces marginamos, u olvidamos que está diseñada especialmente para pensar y razonar.

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