Los «primeros» turistas y el resto de la pirámide

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Más de 3 000 cubanos ya han ido de turismo a Europa; «turisteo» por cuenta propia, no de aquel que existió como estímulo a los vanguardias del trabajo durante la existencia del campo socialista.

La noticia provoca una extraña combinación de alegría e incertidumbre, y no faltan razones para que ambos sentimientos se mezclen en el mismo «paquete».

Para los nacidos en el archipiélago —con «cascarilla» suficiente por supuesto— es como si asistieran al cierre de un ciclo vindicador. La buena nueva acrecienta la paridad —dicho en términos monetarios— de los nacionales con cualquier mortal planetario; algo muy atinado entre los propósitos de muchas decisiones de la actualización en marcha en el país.

Lo anterior se une al alto número de vacacionistas del patio que disfrutaron de las instalaciones turísticas tras el levantamiento de la «veda», que si bien tuvo fundamentos para la circunstancia, laceró otros delicados resortes.

Pero con el paseo de los nuevos veraneantes, o «invernantes» —según sea el caso—, nos salen al paso otras curvas y remontadas menos plácidas. Es casi inevitable comparar la situación de ese sector solvente, con posibilidades de usar sus ingresos para unas merecidas vacaciones, con el extremo opuesto, ese cuya situación económica les obliga hasta acudir a subsidios del Estado para satisfacer necesidades básicas.

El hecho nos muestra los extremos de una pirámide nada egipcia, sino muy social y cubana, caracterizada por una acentuada estratificación, o diferenciación, entre los que más y los que menos tienen, surgida a contrapelo de la política de igualdad —que incluso pecó de igualitarista— de la Revolución.

De paso nos recuerda que la igualdad de acceso no siempre implica igualdad de oportunidades, aunque también parezca extraña esta idea. La Cuba revolucionaria aprendió esa lección desde hace tiempo y deberá aplicarla especialmente ahora y en el futuro, cuando realiza un importante ajuste de los mecanismos de su política económica y social.

El reconocimiento de que la igualdad de acceso no siempre implica igualdad de oportunidades lo hizo Fidel en el año 2000, ante un auditorio de afrodescendientes, en la iglesia norteamericana de Riverside. El líder de la Revolución dijo entonces que al principio creíamos que el establecimiento de la más absoluta igualdad ante la ley y la absoluta intolerancia contra toda manifestación de discriminación sexual, en el caso de la mujer, o racial, como es el caso de las minorías étnicas, harían desaparecer esas injusticias de nuestra sociedad. «Tiempo tardamos en descubrir... que la marginalidad, y con ella la discriminación racial, de hecho es algo que no se suprime con una ley ni con diez leyes», admitió sin cortapisas en aquella intervención.

No puede ignorarse entonces que nuestro Estado socialista impulsa la actualización de su modelo en medio de una distorsión de la pirámide social y una punzante diferenciación —que condicionan mayor sigilo en la transformación—, porque no puede perderse de vista el principio, tantas veces remarcado, de que en Cuba nadie puede quedar desamparado; de que en este proceso de acomodo de la economía y la sociedad ninguna persona o familia quedará a la deriva, sin enlaces salvadores.

Como parte de ese empeño se han destinado, por ejemplo,  parte de los ingresos obtenidos por la venta liberada de materiales de la construcción para subsidiar la construcción de un módulo básico de vivienda a aquellas personas y familias en condiciones de mayor vulnerabilidad social, y se inició la venta de los módulos de las cocinas de inducción por ese segmento, entre otras disposiciones y proyectos.

Al hacerlo, el Gobierno aclaró que no se trata de caridad pública, ni de regalo, sino del cumplimiento de una obligación constitucional. Dicha política apunta a promover la igualdad de oportunidades; que no se quede nadie sin protección, única manera de hacer efectiva la solidaridad colectiva, organizada a través del Estado socialista. Lo anterior debe completarse haciendo valer ese principio socialista, tan distorsionado en nuestra práctica económica, de a «cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo».

La existencia de tan sensible política estatal hacia los más vulnerables debería servir para desarrollar los antídotos de responsabilidad institucional y solidaridad colectiva pertinentes, no siempre en correspondencia con esos anunciados.

Restarles relevancia a esos fundamentos sería como alfombrar el camino al elitismo, cuando se abren espacios a la pequeña y mediana propiedad privada, y cuando el papel de las élites se ha reubicado en el centro de las teorías sociales, tras la caída de los modelos socialistas soviético y del este europeo.

Cuba ha padecido años de dificultades, incluso medidas difíciles de superar, algunas de las cuales incubaron gérmenes de elitismo, acentuaron la estratificación social y distorsionaron la pirámide social; pero los procesos en marcha están muy lejos de pretender devolver a nuestra nación los tiempos de las élites de cualquier naturaleza.

El modelo de prosperidad añorado por la Revolución, vindicado por el modelo socialista proyectado y actualmente en discusión, busca dejar atrás el viejo estigma de que el socialismo es la igualación en la pobreza, pero tampoco aspira a levantar un Olimpo para «elegidos». Nada menos deseado que la parábola de Rebelión en la granja, de George Orwell. Aquí debemos apostar siempre a que todos los hombres sean iguales, no a que «unos sean más iguales que otros».

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