Joven que traspasó todos los velos del tiempo

Autor:

Alina Perera Robbio

La intensidad y el poder de creación son virtudes que no dejan de asombrarme siempre que vuelvo a la vida de ese muchacho llamado Julio Antonio Mella, nacido en La Habana el 25 de marzo de 1903.

Cuando en 2006 conversé con el escultor José Villa Soberón sobre la escultura del líder universitario, recién ubicada en la Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI), él contó para estas páginas que en su bregar para lograr al Mella deseado fueron esenciales el proyectista José Antonio Choy; el escultor Rafael Gómez, quien trabajó largo tiempo en modelar la figura; el grupo de escultores fundidores que vivieron meses de labor sin pausa; María Elena Molinet, muy útil en reconstruir detalles de la imagen del líder, como el pañuelo enfundado en su bolsillo, la corbata, los botones, el cinto y los zapatos; los incansables estudiosos Adys Cupull y Froilán González, y el apasionado historiador Jorge Juan Lozano.

Villa solo había pedido tiempo para, desde su taller en el Instituto Superior de Arte, lograr una figura tridimensional que hablara con los jóvenes, que no esté lejos sobre un pedestal, sino ahí para ser auscultado visualmente y luego, desatada la motivación, ser estudiado en su trascendencia más completa. El creador llevó a cuestas, por un año, el gran desafío de poner en sólido el misterio, la grandeza de un hombre sin par. Y en esa travesía le fascinó saber, por ejemplo, que Mella podía sumergirse en las manifestaciones tumultuarias de la universidad, pelear incluso con las fuerzas represoras, y salir intacto en su elegancia.

Resultó agradable, nos contó el artista, trabajar una figura de hombre alto, corpulento, que evoca los cánones griegos sobre la belleza. Villa tiene la certeza de que Julio Antonio «debió haber sido una personalidad extremadamente fuerte, de mucha intensidad para asumir la vida, lo cual hizo de él un ser excepcional».

Cuando supieron que nacería una escultura del héroe, Adys Cupull y Froilán González entregaron a José Villa todo lo encontrado por ellos en mucho tiempo de investigación sobre la vida y obra de Julio Antonio. En una noche de conversación a la mesa de mi hogar, ellos confesaron su satisfacción por haber ayudado en la concreción del hermoso proyecto. Amorosos y paternales, me llevaron de la mano por la existencia del luchador.

Resultó muy grato volver sobre Nicanor, padre de Julio Antonio e hijo de un alto oficial de la independencia de República Dominicana, el general Ramón Matías, personaje que despertaba la admiración más afiebrada del pequeño Mella, quien movía soldaditos en un campo de batalla, se inventaba el fuego atronador y las victorias, y años después intentaría entrar, precoz e infructuosamente, en el universo militar.

Mella era el joven más elegantemente vestido de la Universidad de La Habana, me aseguraron los historiadores. Sus trajes salían de la sastrería del padre, ubicada en la calle Obispo número 105, en la vieja Habana. El sastre Nicanor fue amigo de Máximo Gómez, a quien le hizo un traje de gala. Y la madre fue una mujer extraordinaria, una irlandesa muy osada que se unió al dominicano, extramatrimonialmente, y se asentó en La Habana sin apenas dominar el idioma español.

Los orígenes hicieron de Mella, mestizo e hijo natural, un ser rebelde. Su vida estuvo marcada por el amor y las desgarraduras más insospechadas. La pasión llevó siempre el curso de los acontecimientos. La sociedad, que más de una vez lo reprobara por sus raíces, fue su principal campo de batalla.

Adys y Froilán narraron que Mella era hermoso, al extremo de que, cuando hablaba, las muchachas acudían a escucharle en la Universidad, aunque después esa curiosidad desembocaba en un despertar de conciencias. Era cortés, cariñoso, muy capaz de entablar relaciones con personas de todas las edades y características. Supo llevar el huracán de sus sentimientos y su sensibilidad a la par de su pensamiento revolucionario.

Cuando los editores de nuestra amada Redacción nos piden un texto de 70 líneas, casi todo se queda afuera si de atrapar  la vida de Mella se trata. En todo caso se desperezan los deseos de volver a una existencia trepidante, cuyo hilo fue cortado de súbito, en la capital mexicana, la noche fría del 10 de enero de 1929. A pesar de su asesinato, la verdad y el ejemplo del guerrero traspasaron, infaliblemente, todos los velos del tiempo.

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