Las narizotas de Pinocho

Autor:

Graziella Pogolotti

Algún ingrediente particular tuvo la leche que me suministraron desde mis primeros meses de vida. Odié la mentira desde que tuve uso de conciencia propia. De regreso al parque, niña todavía, había que calmar mis accesos de ira por las trampas de mis compañeritos. La experiencia de la vida me fue enseñando más tarde que el ocultamiento de la verdad es fuente de conflictos de toda índole, aunque, claro está, ingenuo sería olvidar que hay cosas que han de andar ocultas para garantizar el éxito de estrategias de largo alcance. Son secretos que atañen al destino de una colectividad y descansan en los estadistas que son sus representantes. Otros silencios resultan inútiles, cuando se multiplican las vías de acceso a la información y perduran como termómetros de los estados de opinión, la fábrica de bolas y la subrepticia táctica de la propagación de rumores. A pesar de que la nariz de Pinocho crece con cada mentira, suele decirse que estas últimas tienen las piernas cortas y, sin embargo, dejan huellas en las sombras de desconfianza.

El amor a la verdad no es un ingrediente que se suministra con la leche. Forma parte del proceso de construcción de la personalidad, que comienza en el hogar y en la escuela. Debe proseguir en el complejo entramado de relaciones del individuo con las instituciones. La diferencia no está en la dimensión de la mentira, grande o pequeña, sino en el hecho de transgredir la confianza mutua entre personas, así como las de estas con la comunidad mayor. Afrontar la verdad puede resultar ocasionalmente doloroso, pero el aprendizaje de la vida consiste en disfrutar la alegría y sobreponerse al sufrimiento en lo físico y en lo moral. Cuando padecemos la pérdida de alguien cercano, cuando observamos desprenderse máscaras que ocultaban la aparente realidad de un rostro, cuando falla la mano tendida al amigo, cuando sentimos el peso de los años y de la enfermedad: en todos los casos, la única salvaguarda posible está en la capacidad de mirarnos al espejo y devolver a la vida la riqueza de su color verdadero.

Y, sin embargo, tropezamos cada vez más con esas máscaras ominosas que entorpecen el uso constructivo de la crítica y la autocrítica. No se reprende al niño en el momento oportuno. Se le estimula sin establecer la necesaria relación de causa y efecto entre la buena conducta y la recompensa, que no siempre ha de ser material. La ausencia de crítica anula el rubor, ese peculiar calor en las orejas que imprime para siempre en la memoria y en los sentimientos, una lección bien aprendida. Agradezco esas enseñanzas de mis maestros.

Toleradas en las primeras edades, la mentira llega a convertirse en enfermedad social. Al nacer, somos portadores de gérmenes que fecundarán, según se siembren en tierra feraz o estéril. La criatura se apodera de los sentidos y siente complacencia al descubrir el mundo que la rodea. Es la iniciación al conocimiento, apegado a la búsqueda de la verdad. Esa inocencia primordial es la matriz de todos los descubrimientos, bajo el impulso de ir siempre hacia adelante, como quien pasa, impaciente, las páginas de un libro. Así transcurre la vida, y será joven siempre quien procure conservar el acicate de la curiosidad, quien abandone los caminos trillados.

Por mentiroso, le crecía la nariz a Pinocho. Pero la mentira es resultado de un aprendizaje. Comienza por el pequeño fraude que se comete en la escuela. Fraudulento es procurar nota a cualquier precio, al margen de la adquisición de conocimientos que nos acompañarán a lo largo de la vida. Fraude comete también quien contempla en silencio lo mal hecho y cuadra la caja en pactos de beneficio mutuo. Fraude comete quien oculta a sus superiores las realidades, que por duras que sean, tan solo reconociéndolas, serán atajadas. Fraude comete quien se refugia en formalismos para eludir el análisis de problemas complejos. Fraude mayor comete quien olvida el respeto a la sabiduría popular y las perspectivas irrenunciables de un ordenamiento equitativo de los bienes en común. Fraude comete quien evade el cumplimiento de la ley y quebranta el imprescindible respeto al sistema jurídico.

La verdad ha de estar en nosotros como ley primera de la conducta. Nace de un compromiso interno, anima y da sentido al discurso público. Con frecuencia al sintonizar nuestros medios audiovisuales, percibimos la letanía de lo mal aprendido o las voces impostadas, incapaces de enmascarar el artificio. Los medios no deben olvidar que el actor no miente. Está diciendo su verdad a través de un personaje. En la base de la comunicación humana ha de revelarse siempre la convicción íntima del emisor. Solo ella convoca, compromete y persuade. Es la participación del destinatario en lo que Fidel denominó «parto de las ideas».

A escala local, la narizota más grotesca de Pinocho se implanta en el rostro del burócrata que simula trabajar, mientras, casi siempre impuntual, posterga respuestas y soluciones, supervivencia de una mentalidad condicionada a someterlo todo a la orientación de «más arriba», unido a la precaria delimitación de la responsabilidad individual.

A nivel internacional, un fraude mucho más peligroso se ha entronizado en el condicionamiento de las mentes a estímulos que inducen a los pueblos a actuar contra sus propios intereses. Estamos ante una crisis profunda de la institución política, concepto que, mucho más allá de los gobiernos, alcanza al papel de los partidos, aparentemente desarmados ante la arremetida de un poder hegemónico manifiesto en la acelerada derechización, al punto de retrotraernos a manifestaciones fascistas. Europa se fragmenta, y  América Latina, reconocida a partir del triunfo de gobiernos populares como modelo para otros ámbitos, bordea un círculo de retroceso. En ocasiones, las víctimas votan en favor de sus victimarios, aunque —como supervivencia de los cambios producidos a partir del triunfo de la Revolución Cubana— la pequeña Bolivia se atreve a desafiar a los poderosos en el Consejo de Seguridad de la ONU. Es hora de convocar al rescate de la noción de política, esa realidad que a todos concierne y amenaza. Corresponderá a los partidos, a los movimientos sociales y a los intelectuales, colocar en sitio preferente el desenmascaramiento del fraude, el rescate de la verdad, la capacidad de persuadir desde una convicción profunda, afincada en el presente y en el largo plazo, y encontrar un lenguaje propio y eficaz, arraigado en lo más profundo de lo que somos y de lo que reclama el planeta para sobrevivir.

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