¡Qué bien, caramba!

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Lo bueno no fue solo —y ya constituye mucho—, que la entrada a la matiné del Café Cantante del Teatro Nacional costara esa tarde de jueves apenas ¡un peso (CUP)!

Lo magnífico de esa cerca de hora y media que disfrutamos quienes acudimos a la invitación del grupo Karamba, fue también la excelente propuesta que los muchachos dirigidos por Jorge Luis Robaina prepararon para los asistentes.

No tengo que confesar —porque seguro quienes me leen, lo saben— que no soy una crítica de arte y espectáculos. Pero de admiradora de la buena música y de tener «buen oído», sí me precio. Por eso les puedo garantizar que aquel fue un espacio de altos quilates, con intérpretes y repertorio que, como siempre ocurre en el Café Cantante, satisficieron a todos.

Gracias a esa amalgama de géneros y tiempos, la música —como ocurre casi siempre que es buena, sea cual sea— unió, ya fuera en parejas o en grupos —aunque prevalecían quienes dan rienda suelta al entusiasmo y bailan solos—, a jóvenes y otros que ya no lo somos tanto, y hasta los cubanos definitivamente entrados en la tercera edad, esos con vigor y ganas de actuar como si estuvieran en la primera.

Pasaron por el escenario Adrián Berazaín, seguido a coro y palmas por la multitud de muchachos que saben sus letras, y luego el joven aunque ya conocido intérprete colombiano Daniel Baute, quien acompañado por el acordeón de su país, aprovechó bien el filón que ofrece Karamba con su experiencia para la fusión, y logró un riquísimo vallenato.

Resultó sorprendente también cómo la posibilidad del grupo cubano de «meterle» a la música mexicana norteña y a algunas de las canciones más emblemáticas de aquel país, volvió a juntarnos a todos y acercó al auditorio-bailador a un clímax que, sin embargo, llegó después, con Pedrito Calvo y algunos de los temas que marcaron hace algunas décadas el quehacer de Van Van. Tan auténtico sonó, que tuvimos una vez más al querido Juan Formell sobre el escenario.

Karamba había llevado hasta el Café Cantante del Nacional, nada menos que el primer concierto de su proyecto Puente hacia La Habana en esta nueva edición, tal y como lo había anunciado.

Como otra de tantas cubanas, empero, lo que más me conmovió fue el altruismo de Jorge Luis y sus invitados, de acudir a una función que, seguramente, no les dejó ganancia alguna, y ejecutarla con tanto deseo.

Son esos los gestos —porque nadie piensa que deban hacerlo todos los intérpretes y músicos siempre así— que se admiran y que pueden contribuir a enfrentar esa futilidad y, para colmo, banal, que reina en algunos espectáculos, y de lo que tanto se ha hablado en los encuentros de la Uneac y de la Asociación Hermanos Saíz.

Es bueno dejar constancia de una actitud tan hermosa, a lo que se suma lo que parece ser el deseo de Karamba y José Luis, a juzgar por sus palabras al público, al cierre: sistematizar en el Café Cantante del Nacional estas funciones con el grupo, a un peso. O como él prefiere decir, metido ya en el lenguaje del cubaneo: a una morocota.

Ojalá y se le dé la oportunidad. La buena música, esa magia para enriquecer el alma, es siempre un antídoto contra las tensiones, la pobreza de espíritu y la chabacanería. Caramba, ¡enhorabuena!

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