Enjuagando recuerdos

Autor:

Marianela Martín González

Con frecuencia, pero sobre todo cuando mayo asoma en el calendario, la tía Negra reaparece en mis recuerdos como el torbellino de ojos aceitunados que siempre parecían delatar insomnios. A esa mujer de energía descomunal jamás la vi acostarse. Solía madrugar antes que el resto e iba a la cama tarde en la noche, luego de dejar todo en orden para que la casa amaneciera recogida.

A Olga Martín Bonachea, la tía que me cuidaba en las vacaciones o cuando mi madre enfermaba, nunca la escuché quejarse cuando la casa se le colmaba de comensales de ocasión, a pesar del asma que padecía. Era su sala el lugar donde los primos nos reuníamos para hablar de aparecidos y chotear al tío Alejandro, solterón con fama de cascarrabias, a quien ella cuidó hasta que este murió ya de viejo.

La Negra crió a cuatro varones en la absoluta honradez y a fuerza de ternura. Su casa fue por mucho tiempo la de los divorciados de la familia, de los que venían de lejos y de cuanto pariente necesitaba temporalmente cobija.

Dispuso de lavadora ya pasados los 40 años, cuando electrificaron el Guajén, el lugar donde nació y vive todavía; un barrio rural perteneciente a Camajuaní, en Villa Clara, donde su padre, un emigrante de Islas Canarias, decidió fundar su familia y dedicarse a la tierra, siguiendo así la tradición de los suyos, en Tijarafe.

Antes de disfrutar de la luz eléctrica, una charca del río Sagua la Chica le servía de lavadero. Religiosamente los lunes lavaba y los miércoles planchaba con unas pesadas planchas de hierro que se calentaban al fuego de un fogón rústico que funcionaba con leña, acarreada por ella misma.

Sin apenas asomarse a los sembradíos, la tía también sabía los períodos de cosecha y pronosticaba los rendimientos. Por ser quien administraba los víveres de la familia, estaba al tanto de cuándo se recogían los granos y era bueno plantar tal o más cual cultivo. De igual manera, estaba atenta a cuándo parían las vacas y el resto de los animales de la finca.

Hacía dulces sabrosísimos que nunca más he vuelto a comer, como el de calabaza china tratada con agua de cal, y un polvo de plátano que ella le añadía a la leche y sabía mejor que los cereales envasados que hoy se venden en los mercados y provienen de lejanos parajes.

Esta mujer aprendió la utilidad de     cada una de las plantas medicinales que tenía en su jardín, donde abundaban flores y especias que nadie podía arrancarle sin su consentimiento. Para la custodia del vergel designó al tío Alejandro, quien mejor podía hacerlo, por su carácter recto e intransigente.

Emprendedora, sigue siendo a sus 70 años la tía que me cuidó tanto como a sus hijos. La paciencia y la dulzura continúan acompañándola. Por eso nunca está sola, aun cuando sus vástagos hayan partido, alguno hasta un poco más lejos de lo que ella hubiera deseado.

Por todo lo que a su lado aprendí, cada vez que cuajo la harina de maíz o envuelvo los tamales, quito la mancha de un vestido o preparo una tisana para quitar dolencias, los kilómetros que nos separan parecen anularse. La siento con ese tono cálido que los años no han logrado cambiarle.

La utilidad de esta mujer es admirable. Tan así es que cuando las dolencias o la pereza me abruman, la recuerdo asumiendo todos los roles del hogar con la más absoluta humildad. Entonces pienso en los beneficios de los tiempos modernos de los que disfruto, y dichosamente asumo sin lamentos las tareas de mi doble jornada.

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