Orgullo de que me llamen doctora - Opinión

Orgullo de que me llamen doctora

Autor:

Alina Perera Robbio

CARACAS, Venezuela.— A veces no tengo tiempo de hablar sobre mi oficio. Preguntan con énfasis si soy doctora y empiezan a indagar de inmediato sobre alguna dolencia,  medicamentos o nombres de otros profesionales que conocen. Así suelen ser los diálogos, radiantes o entrecortados, que sostengo con los hijos de esta tierra.

El factor común es el cariño que nos profesamos. Es algo que percibí hace más de una década —cuando el país vivía otras circunstancias— y que siento ahora como condición inalterable. Nadie discute, por ejemplo, sobre el valor de la ayuda que están brindando nuestros profesionales en los ámbitos de la salud, del deporte o la agricultura. Muchos rostros de seres humildes se iluminan cuando descubren el acento de la Isla en quien les habla.

Esa, valga aclararlo, no es una reacción fortuita. Por muy carismático que el cubano pueda ser, solo argumentos firmes pueden haber sembrado en el alma venezolana la calidez que inspiramos: muy temprano, de mañana en mañana, veo salir desde donde vivo a grupos apresurados de colaboradores nuestros, todos rumbo a sus puestos de labor. La arrancada, mucho antes de las siete, parece un mecanismo de relojería. Y así es más allá de la capital, en lugares lejanos a los que he podido llegar en busca de historias.

He preguntado por algún profesional de quien conozco nombre y especialidad, pues de pronto ha dejado de estar en mi escenario, y me cuentan que desde hace días permanece en el mismo lugar, sin ir a su casa, brindando servicios. Así sucedió con muchos durante abril, tramo terrible de violencia y de muertes provocadas por la derecha opositora. Ni siquiera entonces vi a los míos perder la serenidad. Siempre sonríen, atentos a todas las oportunidades de la vida. No sucumben a parálisis o a temores. Frutos de una escuela larga de resistencia y valor, ellos se dan felices y laboriosos al mar de este pueblo que los necesita y quiere.

Colegas llegados desde la Isla para reportar cuanto aquí sucede, han vivido escenas de naturaleza casi intocada, de bondad desnuda. En canoa han llegado hace poco hasta la selva, allí donde conversaron con indios e indias de las etnias Piaroa y Jivis, y otros grupos que solo hacían señas que transmitían, sin embargo, un sentimiento muy entendible: gratitud.

Mis amigos cuentan de partos realizados con linternas por nuestros profesionales de la salud, de cómo esos artífices de la vida han devuelto a la actividad útil a personas que habían sido desahuciadas por la medicina privada, de cómo han salvado de la muerte a niños y ancianos mordidos por serpientes y otros animales venenosos.

Los cronistas anduvieron por Puerto Ayacucho, en el estado de Amazonas, y allí pudieron conversar con compatriotas que laboran en un Centro de Diagnóstico Integral (CDI), o en un Centro de Alta Tecnología (CAT), o en un espacio donde se ofrecen servicios de rehabilitación, o en puntos odontológicos y de oftalmología. Allí, donde la civilización apenas da señales, no cesa la lucha contra enfermedades como las afecciones respiratorias, diarreicas, infecciosas, o el paludismo o la diabetes mellitus. De ese esfuerzo real nacen las sonrisas que siempre encuentro.

Me enternecen múltiples escenas: en los niños veo a mis hijas; en cada adulto mayor a mis padres o abuelos ya idos; y en el pelo negro y lacio del indio, la impronta milenaria de mis semejantes. Aquí, donde los espacios y las distancias no me caben en las costumbres, me estremezco con la grandeza de un pueblo que está dando su batalla por la paz y por la vida. Su angustia es también mía. Impregnada de paisajes vastos, no me abandona el deseo de que toda la riqueza atesorada en las entrañas de esta tierra se convierta en felicidad para millones de seres. Esa prosperidad no se dará por arte de magia: muy duro está trabajando la Revolución Bolivariana, contra las peores tempestades, para dar a sus hijos lo que se merecen.

El anhelo de justicia es compartido por quienes como yo, llegados desde Cuba, echan aquí su suerte. Y esa esperanza es como un espejo: los venezolanos de bien devuelven nuestras aspiraciones con cariño fino; sonríen y entablan diálogos rápidos, en los que a veces no hay tiempo para contar sobre mi verdadero oficio. Desde luego, siento orgullo siempre que me llaman doctora, como si me elevaran: hay mucho amor, historia y prestigio guardados en esa linda palabra.

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