¿La vida en la punta de un cuchillo?

Autor:

Osviel Castro Medel

Anda por ahí una frase popular que debería ponernos en alerta, llamarnos a la reflexión y originar acciones concretas. «Ya nadie se faja a los piñazos», dicen algunos en alusión a hechos violentos que, de vez en vez, se generan en nuestro entorno.

Últimamente, en medio de festejos masivos, la expresión ganó terreno a raíz de varios sucesos en los que hubo heridas mortales causadas por armas blancas.

Pienso, en realidad, que nadie debe reñir de forma alguna. Si acaso, de manera verbal. Lo escribo con absoluta certeza porque, en definitiva, los enfrentamientos entre los hombres en rara ocasión generan felicidad individual o colectiva.

Mahatma Gandhi (1869-1948), el sabio pensador de la India, decía que la paz es el único camino para que la vida reverdezca. Pero esas palabras parecen caer de manera contraria en la actuación ocasional o cotidiana de algunos ciudadanos.

Volviendo a la expresión del principio, resulta preferible que los hombres zanjen sus problemas mediante los puños a que empleen armas capaces de cortar, en un instante, la respiración.

Tenemos la ventura de habitar en una de las sociedades más tranquilas del planeta, elogiada por millones que envidian el sosiego de aquí; mas esa verdad nunca debería llevarnos a cerrar los ojos y a creer que tal realidad permanecerá inamovible al paso del tiempo.

Por eso mismo duele demasiado que cualquier persona no regrese a su casa una noche de hipotética diversión porque otra haya decidido agredirla con un puñal o un objeto similar, casi siempre ante los ojos atónitos de la muchedumbre. Duele más cuando la víctima es un ser cuyo almanaque todavía está demasiado verde, lleno de inocencias y expectativas.

¿La solución recae en un solo factor social? Sería un error garrafal imaginar que sí. No son los órganos policiales los únicos implicados en un asunto tan complejo y delicado.

Tampoco demos por sentado que reformando leyes conseguiremos la varita mágica, aunque quizá el Código Penal cubano necesite modificarse y proponer medidas más drásticas a la «sola tenencia» de armas blancas.

Si olvidamos la llamada y traída educación —como proceso integral— no avanzaremos demasiado, por más providencias que tomemos. Tampoco podemos mirar solo a la escuela,  bosque donde nacen muchísimos comportamientos. Ojeemos también qué consumen culturalmente los ciudadanos fuera del recinto escolar; estudiemos desde las instituciones qué patrones tienen adolescentes y jóvenes, inmersos en un sinfín de juegos y seriales en los que, de forma subrepticia o abierta, despunta la violencia.

Por cierto, en incontables oportunidades los padres, enredados en los laberintos estresantes del diarismo, no saben qué lugares frecuentan sus hijos, con quiénes andan, qué consumen, ni a qué hora regresan al hogar.

Hablemos en nuestros medios de estos asuntos, con todas sus implicaciones, causas y complejidades. A fin de cuentas,  la vida de cualquier ser humano es algo sagrado y supremo, y jamás debe depender de la punta de un puñal vil e irresponsable.

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