Los maestros y la redención

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Existen, en las páginas de la historia cubana, momentos de intimidad que le pertenecen a la gloria más pura y callada. Uno de ellos, de particular hermosura, es lo ocurrido una mañana de octubre en el hogar de don Mariano Martí y Leonor Pérez, cuando el hijo mayor, el único varón, sale de la casa camino al trabajo y con la tristeza a flor de pecho.

Agobiado por la estrechez material, el padre ha decidido, con gesto duro, que su José Martí no vaya más a la escuela. Que suspenda los estudios, porque en la casa hay mucha necesidad y poco tiempo y dinero para las letras. La esposa implora por el hijo, pero don Mariano ha tomado la decisión. Y es, entonces, cuando todo parece definitivo, que el joven Martí encuentra en la puerta a su profesor Rafael María de Mendive.

Lo otro es conocido. «Una mañana-//Octubre, Mendive», escribe el jovencito en su libreta de notas. Entre asombrados y conmovidos, los padres escuchan la propuesta del maestro de costear y atender personalmente los estudios del adolescente, y se oye el consentimiento de don Mariano, quien tanto exigía el día anterior. Es, con toda justicia, un momento de redención y uno de los instantes decisivos en la vida del Apóstol. En esa mañana se salva el genio intelectual de José Martí y Cuba gana para sí al más universal de sus hijos.

Ese acto —pequeño en la acción, pero inmenso en el significado— es obra de un maestro. O para ser más preciso, de una filosofía del magisterio, iniciada con el padre Félix Varela y que devino con los años profunda tradición a partir de un sentimiento, que es también un concepto: el del amor.

No es posible entender la historia de Cuba y su pedagogía sin esa concepción, incluso, ética. Gracias a ella, la nación muestra una variedad de ejemplos luminosos, que van desde la figura cimera de José de la Luz y Caballero hasta el más anónimo y sublime de los docentes hoy en las aulas de cualquier nivel de enseñanza.

Llama la atención, entonces, observar a ciertos profesionales que confunden el ejercicio de la enseñanza con el de la intimidación. Por sus actos se conocerán, y todo indica que para ellos la autoridad recae no tanto en el conocimiento y el respeto y sí en el temor, la incertidumbre, el castigo u actos de violencia, como el grito.

En cierta ocasión, al mencionar ese tipo de conflictos, un grupo de amigos recordaba a una profesora en sus días de universitarios. La señora llegaba con rostro tétrico y durante las clases no faltaban las amenazas de desaprobar, dichas con ironía y mal talante.

La impotencia era tan grande que para vencer los exámenes finales, algunos no dudaron en usar cuanta solución espiritual tuvieron a mano: desde escribir el nombre de la profesora en un papel y ponerlo a congelar en un refrigerador, hasta la promesa hecha en cualquier espacio de intimidad.

Una trabajadora de la Facultad la llamó con respeto. «Profesora —dijo—, ¿usted no estará llevando un poco fuerte a los muchachos?». La mujer fue directa. «A ellos hay que tratarlos así —respondió con el puño apretado—. Para que no se confíen y aprendan».

El problema estaba ahí. Que el conocimiento no se adquiría, mucho menos al nivel imaginado, y la prueba estuvo unas semanas después, cuando la profesora del miedo fue cambiada por otra con un estilo y a lo mejor una humanidad distinta. La asignatura siguió con sus complejidades; pero surgieron otros encantos, impensables hasta el momento, como el de convertir la clase en un diálogo en que se hablaba de Silvio Rodríguez y Carlos Varela.

El asunto, sin embargo, guarda otras sutilezas. Porque el problema mayor está en que esos docentes no se recuerdan con afecto. Sencillamente, dejan de ser ejemplos positivos porque no abonaron la semilla para fundar hombres y mujeres, para decirlo en el concepto de Varela, Luz y Martí.

Lo que sí dejaron, en cambio, fue el ejemplo contrario: heridas y malos recuerdos, superados quizá con el paso de la vida y hasta memorizados con cierta comicidad; pero actos que nunca serán recordados como hizo Martí con los de su maestro. Con el respeto y la veneración profunda de los que saben agradecer y querer.

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