La ventaja

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

En esa avalancha de mensajes a través del correo electrónico, a veces encuentro frases que me marcan por el resto de la vida. No siempre logro recordar el autor o el orden estricto de las palabras, pero su moraleja se impregna en mi cerebro y sus ecos me salvan para expresar emociones o describir circunstancias, cuando mis propios argumentos resultan pálidos o escasos.

A mediados de 2007 llegó una que decía: «La muerte está tan segura de su triunfo, que nos da toda una vida de ventaja». Entonces no le puse mucha atención, pero en diciembre de ese año, cuando murió mi abuela, la recordé de pronto.

Aún con sus cenizas entibiando mis rodillas, me costaba trabajo aceptar que fuera cierto. Yo la creía eterna porque siempre la había visto igual, sin mutaciones en su físico inquieto, ni en su naturaleza ocurrente y servicial.

Era una mujer diminuta, que cantaba y peleaba con iguales bríos, a veces sin transición, y no paraba de hacer cosas con esas manos de hilandera artesana que trabajaron desde los cuatro años hasta los 85, para ayudar a sostener a la familia.

La gente la saludaba en la calle: «¡Adiós, Julia Amaya!», y ella respondía de inmediato: «¡La flor de la siguaraya!» y seguía con sus pasos menudos y su increíble don para mortificar y hacer reír al mismo tiempo.

Una noche, a punto de cumplir nueve décadas, pidió permiso para irse, y no entendimos esa rara despedida hasta el día siguiente, cuando la hayamos en su cama aparentemente dormida. Sus ojos grises destilaban una ternura que pocas veces en vida se permitió regalar.

Buscar consuelo en momentos así es como intentar vaciar el océano con una cucharita. El dolor no me dejaba adivinar un futuro sin ella, hasta que recordé la frase sobre el triunfo de la parca y opté por agradecer todo lo que mi abuela sacó de su larga y sufrida ventaja y por irme a barrer las sombras de lo pendiente en la mía.

Desde entonces, otras muertes me han puesto a prueba, unas por sorpresa, otras anunciadas y hasta deseables, porque es duro ver sufrir a quien se ama, cuando sabes que ya no habrá retorno a un estado de salud mejor.

Si se piensa racionalmente, ese final es tan seguro que nuestra especie debería aprender a no temerle... Pero no lo logramos porque algunas personas nos dejan a cargo de sus sueños y no podemos incumplirlos.

Pronto hará diez años de su muerte. Aquel ser inquieto me enseñó a tejer para no aburrirme y a llenar de plantas mis silencios y vacíos. Aún atesoro muchos momentos con ella: las recogidas de café en domingos voluntarios, las trasnochadas clases de guitarra en la guardia del CDR, el año que pasó alumbrándose solo con velas, porque se enfureció con la compañía eléctrica y decidió «castigarlos» al prescindir de sus servicios...

El recuerdo que más me divierte es el de un jueves a las siete de la mañana, a punto de irse para su trabajo. Se viró en medio de la cuadra para decir que mientras estuviera viva, haría siempre lo que le diera la gana.

Mi madre, más que molesta, le gritó desde la casa: «¡Sí, claro, porque tú eres la reina del Pumpuní!», y ella, sacándole la lengua con sorna, le respondió bajito: «Y tú la diosa de la repugnancia». Entonces, dio la espalda, apretó su cartera y enfiló rumbo al Cotorro, a despecho de sus 84 años.

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