¿Maldición gitana?

Autor:

Marianela Martín González

«Albañiles entren en tu casa», es uno de los peores maleficios gitanos recogido en el folclore español, y como fruto del imaginario colectivo tiene sus fundamentos en la mismísima vida real.

Pensar en albañiles es predisponerse al reguero, al sobregiro en gastos y a una infinita lista de temores, sobre todo los que devela el tiempo. Cuando los vicios ocultos asoman sin compasión, como fruto de las violaciones de las normas técnicas que debieron cumplirse en el momento de la ejecución de las acciones constructivas.

Sin embargo, no siempre tener a estos hombres en casa implica un conjuro maléfico. Es cierto que «el ojo del amo engorda el caballo», y quienes los contraten deberán supervisar su trabajo y controlar los recursos destinados a la obra, pero hay brigadas que de por sí tienen incorporada la cultura de las buenas prácticas, como la que inspiró estas líneas y demostró que tener albañiles en casa puede ser una bendición.

Ramón Castillo Sierra lidera la eficiente cuadrilla, una de las que en el municipio capitalino de Cerro acomete la rehabilitación de edificios pertenecientes a la dirección de la Vivienda y otras obras sociales. Casi todos sus miembros provienen de contingentes adscritos al Ministerio de la Construcción, y otros del Movimiento de Microbrigadas.

En su nómina aparecen muchachos jóvenes y otros que ya acumulan más de cuatro décadas de vida. También hombres que en una ocasión torcieron su rumbo y ahora se incorporan a la sociedad para servirle, desde un oficio tan rudo que no suele tener muchos adeptos.

Yoelkis, Onasis, Joel, Pedro, José Luis y Maikel fueron quienes trabajaron en Panchito Gómez 501, en el municipio capitalino del Cerro, y según los vecinos que habitan el edificio multifamiliar, la rehabilitación acometida fue excelente. Ni el tiempo ha podido poner en duda la calidad de lo que hicieron.

Para lograr ese resultado hubo que sortear numerosos obstáculos; porque, según Ramón, hay que hacer muchos papeles para extraer los materiales que no siempre están en el momento oportuno. A veces se vence el tiempo que dicta el documento para sacarlos, porque faltan en los almacenes, y es necesario volver a hacer las órdenes. Todo eso aleja al jefe de las obras, que es donde debería estar.

Para contrarrestar ese problema, Ramón tiene la cadena de mando bien estructurada. Cuando él anda en su bicicleta acarreando los insumos para que no se paren los hombres, Yoelkis, quien además de ser su subordinado es su hermano, toma las riendas de la obra. Y cuando por algún motivo falta este último, el benjamín de la brigada, José Luis Montañez, asume la responsabilidad, sin dejar su labor de albañil apasionado por la «bamba», que es donde suele vérsele frecuentemente con Yoelkis o solo, casi desafiando la gravedad.

Yoelkis considera que para mandar lo más efectivo que hay es el respeto y ser ejemplo. Por eso donde trabajan, la gente dice que parece que no hay albañiles. Las malas palabras, la gritería, la forma descompuesta para tratarse entre ellos no tienen cabida en la brigada. Es él quien también realiza el trabajo más complejo para cuando le pida a alguno de sus compañeros que lo haga, este no vacile.

Cuando se presentó este quinteto, solo era un enigma. Hubo hasta quien dijo que debía firmarse el contrato antes de que ellos trajeran sus andamios para saber cuánto había que pagar, pues no quería ser estafado; y lanzó el conocido refrán: «El muerto delante y la gritería detrás».

Sin embargo, la profesionalidad, disposición y la receptividad de estos constructores permitieron que a los pocos días de intervenir en el edificio, aquellos cincos hombres fueran respetados por los pobladores del lugar. Y para hacer más efectiva y afectiva la comunicación entre ellos y los vecinos, estos se organizaron para que no les faltara el agua fría, el café y una modesta merienda.

Tampoco faltó la supervisión respetuosa y la exigencia a tiempo de quienes se beneficiaban con aquella restauración impulsada por el gobierno local, para que los vicios no quedaran tapados y hoy en vez de ponderarlos estuviéramos criticándolos.

El tiempo ha sido la mejor y más auténtica certificación de la calidad otorgada a esa cuadrilla de constructores. El implacable, con la presencia de lluvias que hasta han sido intensas, la última palabra para afirmar que valió la pena tener aquellos albañiles en la casa, aunque en otros lugares tener esa visita siga siendo una maldición gitana.

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