Me la puso en China - Opinión

Me la puso en China

Autor:

José Antonio Fulgueiras

Tan solo llevaba una semana como periodista profesional del periódico Vanguardia, luego de transitar ocho años como corresponsal voluntario, cuando mi director Pedro Hernández Soto, en un atardecer de noviembre de 1978, me puso la mano en el hombro y ordenó: «Esta noche viene a Santa Clara el embajador de China y estás designado para entrevistarlo».

Luego se alisó el bigote (su gesto más original), y me espetó: «Ah, y no te vayas a quedar en ninguna “cortica”. El trabajo es para la edición de hoy». Antes de partir se me ocurrió esta idea que al principio me pareció genial: Me llevaré de traductor a mi colega Arturo Chang.

Este aceptó gustoso, pero de inmediato —como es su característica—, pasó a ser el jefe de la comitiva entrevistadora, y en el cuarto del albergue dictaminó este mandato-sugerencia.

—A un embajador no se puede entrevistar en mangas de camisa. Ponte este saco de Andrés de Jota. Yo le voy a pedir a Jorge el que estrenó en su boda con Gelda.

Como el saco de Andrés me quedaba largo de mangas, tuve que doblarlas como una cuarta hacia adentro con el solo inconveniente de que no le podría dar la mano al embajador. Mas, según Chang, con los chinos es más protocolar y vistoso pararse frente a ellos y hacerles una reverencia.

El embajador era un hombre alto y corpulento, de pelo negro y brilloso como el de todos los chinos, y un bigote finito pespunteado por un barbero de clase A.

—Ataca, narra, le dije por lo bajo a mi traductor, a la vez que nos deteníamos a medio metro del plenipotenciario y ejecutábamos, al unísono, el meneo reverencial.

Chang se paró en la punta de los pies y soltó la ráfaga china-preguntona.

—¿    經典支那語言?

El embajador se nos quedó mirando e hizo un gesto achinado, sin pronunciar una sola palabra. Mi intérprete debió pensar que no lo había oído y volvió a la carga estirando el cuello, la frase y la voz:

—¡  經典支那語言!

Mas, el elegante diplomático volvió a permanecer en vilo en una clara respuesta silenciosa de que no había entendido ni papa.

Chang me haló por una manga del saco y me dejó visualmente manco. Después me susurró:

«Hubo un fenómeno imprevisto. El embajador lo que habla es el chino mandarín y yo el chino cantonés. En China se habla diferente en cada provincia; además, hay otro montón de dialectos».

Desconcertado me retiré hacia un rincón y permanecí allí como el mismísimo Giordano Bruno en espera de una hoguera segura. Al poco rato quedé perplejo cuando observé cómo la mujer de mi amigo Arístides entablaba una amena charla con el diplomático.

«¡Esta será mi traductora!», pensé, pero ella al notar que la miraba insistentemente se acercó y me dijo: «El embajador me preguntó que quiénes eran esos dos mentecatos, y luego me pidió que les dijera que él llevaba más de diez años en Cuba y sabía hablar el “cubano” mejor que ustedes».

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