Dos islas y un solo corazón - Opinión

Dos islas y un solo corazón

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Aún siente el olor a salitre como si se le hubiera impregnado en cada uno de los poros de su cuerpo. Durante 19 días estuvo escoltado por el azul del mar y del cielo, a pesar de los beneficios del barco. Mucha era la expectación de la familia Sánchez Pérez, una de las tantas que integró la lista del trasatlántico Marqués de Comillas en 1950, proveniente de la isla canaria de La Palma, con destino a Cuba.

Arnaldo Manuel, uno de los más jóvenes de aquella prole que cargó sus escasos bultos, recuerda con detalle cada instante, desde que partió de su primera patria para descubrir los encantos de su segunda, que le ha acogido con satisfacción, desde hace 67 años.

En tierra firme, ya en la Mayor de las Antillas, el viaje siguió deslumbrando aquellos ojos juveniles hasta asentar los pies y maletas en Cabaiguán, pueblo ubicado casi en el mismísimo centro del país, surcado de un extremo a otro por la Carretera Central.

Entonces, Arnaldo Manuel comenzó a laborar en la otrora Imprenta Barreto, en donde lleva 66 años ininterrumpidos, de pie frente al añejo linotipo, en la actual Imprenta 21 de Diciembre.

No necesitó de muchas explicaciones para domar aquellas bolas de hierro que al unísono doblegan la candidez del papel, pues en su tierra natal había trabajado en la publicación Diario de Avisos.

Poco a poco se hizo el principal experto, al punto de que en 1968, durante la segunda ofensiva revolucionaria, las personas que pasaron a ser directores del local, contaron con sus conocimientos para echar a andar las máquinas, despojadas ya de propaganda sobre peleas de gallos y servicios particulares.

Arnaldo Manuel es de los primeros en llegar a la imprenta diariamente y el último en irse. Enseña a quienes se acercan, por vez primera, a la añeja tecnología. Saluda como un familiar cercano a los vecinos de la céntrica calle Valle, donde se ubica la Imprenta, que para él es como su segunda casa, porque la conoce tanto como el sitio en el que comparte con su esposa. Por tanta entrega ha sido distinguido con la condición de Vanguardia Nacional durante 17 años consecutivos.

Junto a su oficio, coexiste una añoranza especialísima por la tierra que le vio nacer y a la que ha regresado solo en dos ocasiones.

Al volver a los parajes de La Palma, rencontrarse con las calles de su isla-cuna y avistar ahora imponentes edificios donde hubo humildes casas, este hombre se refunde con un manojo de recuerdos que vienen a él, como si sintiera el mismísimo olor propio de los climas secos, característico de aquella zona.

Cuenta sobre sus retornos, y hay tanto encanto en sus palabras, tanta delicia en ese manjar anecdótico que le sirve en bandejas de añoranza a esta reportera, que solo se puede comparar tamaño éxtasis con el placer que también le causa a él degustar unas empellas con bolitas de gofio, o cuando los pies casi se le van solos para fundirse con los acordes de la guitarra, el laúd y la bandurria.

Pero la felicidad de Arnaldo Manuel tiene alas compartidas. No radica solo en lo vivido en La Palma, ni en lo que ha experimentado en Cuba. Es una amalgama difícil de explicar desde una sola ribera; por ello prefiere el empaste de dos islas en un mismo corazón, en el que se entrecruzan miles de historias apasionantes, como las que también conservan los cientos de canarios que, como él, emigraron a América en siglos pasados, y a quienes les debemos como herencia una peculiar pronunciación del castellano, la firmeza de nuestra décima campesina, la improvisación, el punto guijarro y los guateques.

Somos un ajiaco de culturas, y en ese condumio de aromas y expresiones diversas, está siempre el sabor de nuestras raíces, poniéndole un punto a las intensidades más íntimas. Y de eso anda bien convencido Arnaldo Manuel, mientras cada día sigue imprimiéndole, en su Cabaiguán natal, páginas de amor a la vida.

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