El niño más rico que Bill Gates

Autor:

Norland Rosendo

La muchacha hurgó en su cartera; encontró, entre papeles y vacíos, un billete. Tómalo, a ella le hace más falta, dijo, y se viró para regañar a su hijo que se había lanzado a correr para el cuarto y casi se cae. No le dio tiempo a abrir la boca, el niño ya estaba fuera del alcance de sus ojos.

La otra joven, la que fue a comentarle a la muchacha que en el trabajo estaban acopiando mucha voluntad y el poco dinero que podían para ayudar a una mujer a la que Irma le robó el techo, elogió a su amiga por el gesto y habló entonces de las tantas familias que habían quedado con las estrellas de tejas.

Se pusieron a planear —¡oh, mujeres!— que era buen tiempo para enamorar a Bill Gates y volverlo loco de amor; tan loco, dijo una, que decida a los tres besos ponernos una cuenta bancaria con un cinco por ciento de su fortuna. Un cinco por ciento, no más, rió la otra.

Después, ebrias de café, se montaron en una alfombra marina halada por delfines y se fueron por toda la costa norte de Cuba repartiendo dinero a los que se quedaron con el tejado estrellado; a los que lo perdieron todo; a los niños, sus padres y sus abuelos; a los pueblos, para que dejaran de ser amasijos de palos, escombros y tristezas.

Así estaban las dos, con el salitre tatuado en la piel y los brazos hinchados de tirar tantos bulticos de dinero a las playas, cuando regresó Mauricio, el niño, de siete años, que había dejado a su mamá con el regaño en la punta de los labios.

Mauricio volvió del cuarto como se fue, corriendo, pero ni su mamá ni la otra joven lo vieron llegar. Tan animadas estaban en su sueño solidario, que el niño no quiso «despertarlas». Cogió un papel, uno de los que tenía su mamá en la cartera, y escribió: Pobre mujer, yo la conozco, aquí le mando todos mis ahorros para los helados.

Mientras su mamá y la amiga seguían repartiendo monedas por todo el litoral norte antes de que cayera la noche, el niño, a su lado, en la sala, envolvía el billete dentro de la nota. Bill Gates no tiene, en toda su fortuna, un billete que valga tanto como esos tres pesos que donó Mauricio.

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