¿Qué nos queda a los jóvenes?

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Un buen amigo ha venido a vivir a la capital. Pasarán semanas antes de que coincida con él, pero lo veré y me dirá que sí, que por fin encontró un espacio para sentirse bien, planificar y soñar de verdad, con los pies en el piso. Que en La Habana todo se puede, mucho es posible y hay espacio para cada locura. Que convencerá a Fulano y a Mengano para que vengan. Que ellos no pueden continuar así y él quiere rescatarlos. Que tienen que sentar cabeza. Que hay que tener un proyecto de vida.

Nos quedamos callados y seguimos cavilando en alta voz. ¿Cuál es la diferencia entre el campo y la ciudad? ¿Es el lugar o la persona lo que define el destino? ¿No hay espacio para ser feliz y realizado en otras provincias? ¿O es que cada vez cuesta más a los jóvenes dar cauce a un proyecto de vida o, al menos, edificarlo? No debe ser La Habana, pensamos. Es cosa de país, damos en el blanco. No es fácil, coincidimos. Pero no es difícil, pienso en mi abuelo. Y nos vamos de nuevo a rumiar futuros, logros y aquellas metas lococuerdas que tenemos atravesadas entre realidad y añoranza.

Es complejo, de verdad, edificar un proyecto de vida en una realidad mutante y contracorriente como la que se aposenta en Cuba. A veces no queda claro el norte. Digámoslo mejor: el sur. Porque empinarse al más alto de los puntos cardinales sí que parece siempre una opción visible y despejada para cualquier nación subdesarrollada.

Nos vemos por la calle, mis amigos y yo. Todos buscando un mismo horizonte, aunque con diferente límite. Hay quien tiene el futuro en la agricultura, aquella lo ve en las ciencias, el más tecnológico se inclina por su cuentapropismo informático; siempre quedan algunos obstinados en las profesiones más intransigentes. Hay quien sigue apostando por el magisterio, la medicina o el oficio descabellado de ganarse la vida escribiendo o defendiendo algún proyecto artístico. Siempre está aquel que obtiene lo que más soñó: una cafetería a su gusto en la que atender al público como Dios manda.

Pero todos llevamos algo en común: esa necesidad inaplazable de ser independientes. Y ese capricho del alma de no serlo a toda costa, sino con el viento a favor de los sentidos más sublimes.

Todavía soy un mantenido de mi familia, me dijo hace días un eminente profesional que ya pasó los 30 años. Y no es el único del que llevo tales confesiones como plegaria casi establecida: «Me esfuerzo, busco otras vías, y complemento mi tiempo entre mis mil pasiones. Pero mis sueños no alcanzan la verdadera obsesión que me está robando el sueño: la autonomía (económica y del espíritu). ¿Qué hago?», es el lamento en alta voz, junto a la certeza inapelable de que jamás trocaremos mentiras por medias verdades.

¿Cuál es la receta? No la tengo. Solo sé que no me gustaría irme a construirla a ningún otro laboratorio. Esgrimo mis ojeras atormentadas con el mismo orgullo que algunos de los de mi generación, que combinan tiempos y urgencias para que nada se les quede de la mano. A quienes ya se rindieron, que los tengo, les vuelvo a abrir los ojos: ¿de qué vale todo si no vivimos un susto inacabable, si no nos gastamos cada segundo una locura y existimos al borde del camino?

Solo la vida entiende cuándo pasar factura a pesar de cualquier esfuerzo o desvelo. Pero mientras, hay que seguir probando. Lo importante es no plantearse la existencia como si fuera un camino corto y simple, de nacer, crecer, reproducirse y morir. Hay que ilusionarse por el camino. Y no con simples metas materiales, que existen y hay que tenerlas, pero no podemos olvidar jamás la movilizadora capacidad de convertir los deseos en esperanzas, y luego estas en conquistas. Recordando al inspirador de este título: lo que uno quiere de verdad, es lo que está hecho para uno; entonces hay que tomarlo, o intentar: en eso se te puede ir la vida, pero es una vida mucho mejor.

¿Qué nos queda a los jóvenes? Solo nosotros lo sabemos. Es una construcción negociada entre el día a día y las broncas que tengamos con cualquier intento de rutina. Sin necedades que nos lleven a extinguirnos, pero renunciando a la mera satisfacción del pan y el vino.

Es difícil. Mi amigo y yo lo hablamos otra vez. Pero con un primer paso empieza, con ese definitivo que nos aleja de la comodidad a todo costo. Él lo acaba de dar. Ya no más día tras día sin un fin. No debería ocurrir para nadie. Da igual que el contexto no sea el que cualquiera soñó: cada geografía tiene sus puntos complejos. Pero en los mapas del corazón y la ética no deben perderse los puntos cardinales.

¿Qué nos queda a los jóvenes? Como diría Benedetti «(…) también les queda discutir con dios/tanto si existe como si no existe/tender manos que ayudan /abrir puertas/entre el corazón propio y el ajeno/sobre todo les queda hacer futuro/a pesar de los ruines del pasado/y los sabios granujas del presente».

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