Bienvenidos a la era sin máscaras

Autor:

Alina Perera Robbio

CARACAS, Venezuela.— Hay que ponerse duro en este mundo —sin que por ello se nos ponga el corazón de piedra—, porque «no es fácil», como solemos decir entre cubanos, vivir imperturbables ante el cinismo de los poderosos que, como ya sabemos, tienen el planeta patas arriba.

Si uno presta atención a las noticias actuales puede llegar a sentir una desolación casi insoportable por la inminencia de la próxima gran guerra, la contaminación de océanos y otros escenarios naturales, el descubrimiento de extraños cráteres, la devastación provocada por sismos aterradores, enfermedades del cuerpo y del espíritu y miserias de toda índole. Para acentuar nuestra orfandad, de vez en cuando alguien nos recuerda que somos un punto, y hasta menos, en el sinfín del universo y que toda la soberbia de nuestra especie —conspiraciones, conflagraciones, despojos, fanatismos y enfrentamientos— cabe en la nada.

Pareciera como si viviésemos dentro de una película de ciencia ficción, cuyo reparto actoral cuenta con el protagonismo absurdo de seres como el presidente estadounidense Donald Trump, un fenómeno nunca antes visto, que todo el tiempo hace muecas, ofende y desafía, que se desmarca de la preocupación generalizada por el futuro físico de la Tierra, que detesta a sus semejantes —si tienen otros colores de la piel u otras culturas—, y que a fin de cuentas —no olvidar— es la expresión concentrada de un sistema que va al abismo, pero que en su caída abrirá un ojo de agua donde cabremos casi todos.

Así están las cosas. Y por eso, en un escenario como el de Naciones Unidas, supuestamente civilizado, donde el mundo en pleno pide que el imperio nos quite la mano del cuello y desmantele el bloqueo que nos hace la vida tan difícil, Estados Unidos vuelve al antiquísimo punto de negarnos la sal y el agua, y una mujer, portavoz del imperio, miente sin mirar para los lados, miente sin poder detenerse ni levantar los ojos del papel que lee, y acusa a Cuba de exportar una «ideología destructiva».

No importa que nadie esté de acuerdo con eso: en esta trama del absurdo los imperiales, muy poderosos, no escuchan. Y es ahí donde quienes creemos en la verdad y en la opción de que el Hombre no sea lobo del Hombre debemos entender que seguimos ubicados en el principio de la gran contienda, y que en el caso de la Isla nunca antes había quedado tan manifiesto nuestro destino: ser el valiente David con la piedra en la mano, ser la nación intensa que ama su libertad a pesar de la boca geoexpansionista que existe a 90 millas.

Aquella mujer en la ONU solo pudo decir algo cierto: que el imperio se ha quedado «casi» solo en su obsesión de asfixiarnos. Después de atribuirnos una «ideología destructiva» que de paso, según leyó ella, ha enseñado al presidente bolivariano Nicolás Maduro cómo silenciar a los periodistas, desfilaron ante mi memoria las acciones de solidaridad protagonizadas por los cubanos en muchas latitudes desde que existe la Revolución (la lucha contra el virus del ébola es de las notas más altas).

Volvieron los episodios vistos por mis ojos en tierra de Bolívar, esos que son frutos de la vida que Fidel y Chávez dieron a un Convenio de colaboración mutua, nacido un 30 de octubre, hace ya 17 años. Tuve que recordar otra vez la mirada de una niña que en 2004 podía ver la fina lluvia en su selva amazónica gracias a que la Operación Milagro le había devuelto la visión. Y otra vez se presentó ante mí el torrente popular, ese indetenible que en Venezuela está diciendo la última palabra aunque sea ignorado por los grandes medios de comunicación, los mismos que hicieron la guerra a Chávez y hoy se la orquestan a Maduro, mandatario que ha ganado cada contienda limpiamente, sin taparle la boca a nadie, satanizado y silenciado por los mercenarios de un imperio que destruye civilizaciones en nombre de la salvación.

Sí. Hay que ponerse durísimo, recordar que Fidel, discípulo del Apóstol, tenía toda la razón en su lucha antimperialista y en no reírle una sola gracia a los «americanos», y que el Che no estaba equivocado cuando dijo «ni un tantico así...». Lo bueno que esta era del absurdo tiene es que Trump y los suyos expresan descarnada, grotescamente, la esencia de un enemigo que solo tuvo y tiene para nosotros una guerra sin treguas, sin piedad, obcecada, a la que se le han vuelto a caer todas las máscaras.

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