Imágenes que desgarran

Autor:

Osviel Castro Medel

Fue un accidente impresionante, que tuvo un desenlace fatal para una adolescente, cuyo nombre no hace falta plasmar en estas páginas rebeldes.

Si hoy rememoro la escena es porque después de la tragedia dos o tres personas, en medio de varias que se acercaron a socorrer a la muchacha, sacaron sus teléfonos móviles y lo grabaron todo: los gritos de quienes ayudaban o miraban, el tropel de la gente, la sangre corriendo… los últimos suspiros de la niña.

Pero lo peor sucedió después, cuando muchos habitantes de aquel pálido pueblo, cercano al lugar del hecho, colocaron en sus celulares esas imágenes desgarradoras. Incluso hasta «foráneos», lejanos al sitio, llegaron a poseer el video que mostraba a la menor abatida, mientras era cargada a un vehículo para ser llevada al hospital.

¿Qué placer originará grabar, copiar o mostrar escenas como esas, en las que se enarbolan la infelicidad, el drama y la agonía? ¿Qué pensarán los familiares de la joven, enseñada ahora como «curiosidad» por extraños, insensibles ante el dolor ajeno?

Formulo estas preguntas porque las llamadas nuevas tecnologías, tan necesarias en la modernidad por sus prestaciones, también poseen aristas cortantes, que van en contra de la mesura, la piedad y hasta de lo más íntimo de los individuos.

Las enuncio, además, porque el de la muchacha no es el único caso negativo en nuestros predios. Hay muchos ejemplos que simbolizan serias aberraciones en el empleo de los móviles. 

Las secuelas estremecedoras de un acontecimiento inusual ocurrido en una playa nuestra fueron filtradas hace poco en decenas de teléfonos; esas fotos desbaratan, hieren, afligen.

Y no olvido las amargas imágenes que alguien me mostró con entusiasmo, las cuales constituyen antítesis de la cordura y la generosidad de los seres humanos: un malvado, riéndose, tomaba entre sus manos un gato vivo y, mordida a mordida, lo devoraba casi hasta los huesos.

Tal monstruosidad no ocurrió en el extranjero ni en una película de caníbales sino en esta geografía, no lejos del sitio desde donde redacto estas líneas. ¿Cómo pudo alguien concretar semejante disparate y quién tuvo el «hígado» suficiente para grabar y expandir esa locura?

Otra agresión contra un animal fue tomada hace unos meses en un video espeluznante: un ciudadano encerró a un perro en una caja y le prendió candela. Este suceso —al igual que el de la playa— fue subido a las redes sociales para que lo vieran en otras latitudes y provocó, lógicamente, la indignación colectiva.

Sé que en nombre de la libertad individual algunos esgrimen que cada sujeto tiene la autonomía deseada para usar su teléfono y grabar lo que estime; o que cada cual puede consumir lo que quiera. Sin embargo, toda libertad ha de tener su límite si daña a terceros, si va en contra de nuestra especie y de los sueños que hemos acariciado durante años.

No soy «nativo» de las nuevas tecnologías; pero si algún día me diera la fiebre de grabar escenas, reflejaría la magia de los atardeceres, el sudor del que «fabrica» los tomates, un gran fildeo en el béisbol, el susurro de una noche… los besos tiernos de mis hijos.

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