Oda a un hombre nuevo

Autor:

Yusuam Palacios Ortega

Todo convida, bajo la égida de Martí, al silencio respetuoso más que a las palabras. Estas pudiesen parecer demasiado pequeñas cuando se trata de un hombre cuya condición humana responde a una ética fundamental; a una conciencia bañada de la meridiana claridad que llevan en sí los que no solo se contentan con divisar el bien sino con hacerlo, los que saben el valor de pensar por sí, de servir sin esperar recompensa alguna.

Hablar de Julio Fernández Bulté para muchos de sus discípulos juristas se torna apasionante y retador a la vez; nadie como él fascinaba por su oratoria especial, por su carisma que enamoraba cual canto hermoso de la Patria, por sus ocurrencias de viejo «jodedor» como él mismo se llamara, por su capacidad de atraer a los estudiantes al encuentro divertido y gozoso que con él era la clase, y apropiarse así, sin antes pedirlo, del corazón de quienes se consideraron sus hijos.  

Era sencillamente el profe Julio, el jurista de excelencia, el Bulté del pueblo, el hombre que su carácter entero no dejó nunca de mostrar, que su cubanía le salía de los poros y la condición patriótica que lo acompañó siempre nacía en su hígado, que es decir en las honduras de su ser. El propio Julio Fernández Bulté nos decía: «(...) la revolución surge, no en el cerebro, no en el pensamiento, en el hígado. Es la resistencia a lo mal hecho, es el odio a la injusticia, es la indignación ante el abuso, ante la miseria de los humildes. Después es que uno matiza, organiza y cohesiona todo esto con un pensamiento teórico, pero mi pensamiento revolucionario empezó con la rebeldía que se retuerce en el hígado».

Era no más que un joven que a pesar de sus décadas de vida seguía mostrando al mundo, sobre todo a su pueblo, a sus amigos, a sus hijos estudiantes de Derecho, a sus discípulos, el corazón más lozano y fresco que en tiempos de crisis humanística podemos encontrar. Julio entendió bien la naturaleza humana, colocó en el epicentro de su vida, porque su propia vida así lo demuestra, la grandeza de Martí, el espíritu fundador de Mella, el antimperialismo de Guiteras, la savia popular de Lázaro Peña, la fortaleza del Che y la cultura de hacer política de Fidel.

Profundamente revolucionario deviene Julio en transgresor de lo dogmático, de lo superficial; su pensamiento creador lo colocó al nivel de su tiempo, el que entendió desde su condición de cubano, patriota e intelectual comprometido con el carácter socialista de la Revolución Cubana. Era un hombre definido con las ideas que defendía, en las que creía y por las que luchaba; era un hombre de acción que puso la acción al servicio de las ideas: «Las ideas revolucionarias no envejecen. Se pueden cambiar los matices, las tácticas de aplicación, pero mis principios revolucionarios y mi teoría marxista-leninista no han envejecido, creo que es una teoría que necesita una renovación, un enriquecimiento, pero no una sustitución».

Su vocación eterna de justicia, continuadora de la tradición cubana, lo condujo sin vacilaciones a pelear desde el Derecho por la liberación, primero del niño Elián, y luego de nuestros Cinco Héroes; a pensar Cuba con la necesaria mirada jurídica que no nos debe faltar. Sin quererlo, quizá, se convirtió en un ejemplo de intelectual revolucionario, siempre renovándose, desechando cualquier vestigio de anquilosamiento. Su humildad y modestia, nunca falsas ni encubiertas, portaban la elección martiana, que Julio hizo suya también, de echar su suerte con los pobres de la Tierra.

Y no era perfecto Fernández Bulté, él mismo no se lo creería, veámoslo cerca de nosotros, compartiendo una taza de café, haciendo los mejores chistes, riendo a carcajadas, contemplando la belleza de ese ser divino que se llama mujer, de las maravillas de la naturaleza, del buen vivir. Eso sí, estudiemos con profundidad sus lecciones, apropiémonos de su gnoseología jurídica, descubramos por nosotros mismos quién es ese cubano portentoso.   

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