Una malta en el cielo, ¿y la creación por el suelo?

Autor:

Osviel Castro Medel

 

«Dame 35 cajas de malta», dijo el hombre en aquella tienda habanera mientras sacaba una montaña de billetes desde su bolsillo.

«No puedo venderte esa cantidad, socio», contestó el dependiente abriendo los ojos, como si hubiesen destapado dos ollas a presión.

Mas el potentado desenvainó un argumento. «Si son tres por persona, traje a casi toda la familia», replicó en tono de señor feudal, al tiempo que indicaba con el índice a un grupo de personas situadas en el lado opuesto de la calle.

Desconozco si, al final, el personaje logró adquirir totalmente su río de maltas, pero al menos alcancé a divisar, cuando me marchaba del lugar del crimen —digo, del hecho—, a la supuesta parentela cargando y cargando, al estilo de las hormigas.

Mirando la escena y al protagonista, con su pose y acento, pensé en algunas paradojas que a veces nos azotan en la Cuba de hoy y que deberían ser aniquiladas o revisadas, en aras del modelo actualizado y superior que buscamos desde hace años.

Sí, porque no parece lógico que mientras varias despensas de tiendas enormes estén vacías, sin una mínima lata, en muchas cafeterías privadas existan, a precio de cielo, refrescos, cervezas, golosinas y hasta «maltones» u otros productos adquiridos a menor costo en «la acera del frente».

Tal distorsión va en contra de la expansión misma de las mercancías, porque quien compra y luego eleva precios, más allá de permisos y contribuciones, no está creando absolutamente nada y termina acomodándose en un círculo especulativo, cuyo aporte a las arcas de la nación sería, de seguro, fantasmal.

En la propia capital del país y en otras ciudades he observado locales —patente colgada en la pared— que ofrecen una sola propuesta elaborada —café ¿caliente?, por ejemplo— y todo lo demás es revendido, incluso al doble de su valor.

La citada malta ha sido puesta en tablillas o carteles ramplones a un importe de hasta 30 pesos, como si hubiera sido buscada en La Valeta, la lejana capital de Malta. Eso sin citar los sorbetos, galletas, chicles, maquinillas de afeitar, útiles de plomería y muchos otros artículos, como las «cachimbas» de antenas de televisión, que misteriosamente se pierden de la red minorista.

Que sepamos, el llamado cuentapropismo, ¡bienvenido sea!, tiene entre sus propósitos generar empleo, recaudar contribuciones; pero, sobre todo, expandir bienes y servicios, originar producciones, diversificar ofertas. ¿Surgió con la idea de ser fuente de reventa y de expoliación? El destino nos salve de contestar que sí.

Aventurado quien lo ejercite y prospere en nuestro entorno, aunque esa máxima nunca debe llevar a olvidarnos del desaventurado, obligado a hacer malabares con su bolsillo aun cuando acuda a la propia tienda, donde se vende a precios menos nubosos.

Poco favor nos hacemos si desconociéramos que cualquier tendencia vinculada a este tipo de «usura mercantil» significa otra piedra en la vida diaria de los humildes, ese término imprescindible que eternizó Fidel en memorable discurso, trazador de caminos.

El episodio «tienda sin maltas-cafetería privada atestada» nos lanza un reto consabido, vinculado con la necesidad de crecer mucho más para satisfacer demandas. Claro, antes nos está diciendo, por encima de cualquier interpretación, que ciertas rutas merecen ser enderezadas. De lo contrario, aparentes dislates de hoy, que están a los ojos de todos, podrían empezar a verse como normales mañana mismo y algunos con aire de señores feudales, como el del principio de estas líneas, serían aplaudidos por su «éxito» por cuenta propia, que más tendría de facilismo que de creación.

Me cuento entre los muchos que, sin maltas en las manos ni en el paladar, nos resistimos, por ahora, a ese aplauso.

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