Mi amor por Ella

Autor:

Ernesto Limia Díaz

Pude conocerla una noche calurosa en Bayamo, mi ciudad natal, allá por septiembre de 1973. Tenía cinco años y no lograba entender por qué mientras mis amigos de la cuadra podían jugar y ver los muñequitos, yo debía estar entre personas mayores que en un grupo que llamaban el núcleo del Partido  discutían, con caras serias, no sé qué temas incomprensibles a mi edad, y me miraban con compasión. ¡Mi mamá atendía 11 grupos como aquel...!

Por suerte, muy pronto mi hermanita fue incorporada a las travesías nocturnas e iniciamos las más fabulosas correrías, algunas veces terminadas en accidentes. Empezaron a llamarnos Rinito y Rinita, en alusión al nombre de nuestra madre: Rina Elena, una maestra de secundaria básica que al llegar a la casa comenzaba su «segunda jornada» hasta la una o las dos de la madrugada. No puedo decir que desde aquel instante avizorara el alcance de mi relación con Ella; eso tardaría algunos años más, pero se fue gestando en mí un sentido de la responsabilidad asociado al sacrificio y a la vocación de servir a los demás.

Tenía ocho años cuando mi padre nos reunió a mi hermana y a mí en su cuarto, acostados en su disputada cama, para explicarnos que se iba a un país lejano llamado Angola, en África, a pelear por la libertad de su gente, y para que los niños pudieran tener escuelas, comer caramelos y ser felices como nosotros —luego supe que un dirigente del Partido se había acobardado y el Comandante Juan Almeida le encomendó la misión al entonces joven Limia. Hoy me sorprende la tranquilidad con que lo asumí, posiblemente porque mi imaginación desbocada no me permitió reparar en la posibilidad de que perdiera la vida en aquella guerra. Se me dibujó como Elpidio Valdés, el combativo y ocurrente mambí que disfrutábamos gracias a Juan Padrón. Cuando mi papá regresó, me llenaban de orgullo sus anécdotas, y la foto con Chita, una monita de la selva que él recogió y lo acompañaba siempre, sentada sobre uno de sus hombros.  

Que el amor por Ella no admite dobleces lo supe a mis 12 años, en séptimo grado, en la Escuela Vocacional José Martí, de Holguín. Sin necesidad alguna, por solo experimentar los efectos de la adrenalina —y para bochorno de mis padres cuando se enteraron—, comencé a robarles a otros niños dinero y comida, dos cosas que no solían faltar en aquella época en los hogares cubanos.

No resulta fácil confesarlo 37 años después, pero ese episodio explica cómo un educador se convirtió para mí en un «evangelio vivo». Se llama Fernando Doimeadiós y todavía es profesor en Holguín. Era subdirector de Actividades de la unidad docente y me llamó a su oficina: «¿Es cierto que robaste hoy?». Lo miré sorprendido, sin saber qué decir. «Alguien me chivateó, me jodí», pensé asustado. «Cinco pesos», respondí con la cabeza baja, como quien quiere que se lo trague la tierra. «¿Cinco pesos?», preguntó con un tono que me brindó confianza. «No, fueron diez», solté, incapaz ya de mentir y pensando cómo encarar a mis padres para contarles que me habían botado de la vocacional por robar. Y aquel hombre sensible y amoroso, que he sentido siempre como mi preceptor, me abrazó contra su pecho y me salvó para toda la vida.

La pasión que siento por Ella, tan fresca e intensa como el primer día, demoró aún en madurar. Ocurrió en el verano de 1982. Tenía 14 años. Compré la biografía de Marcelo Salado, el joven revolucionario villareño que participó en la organización de la huelga del 9 de abril de 1958, y comencé a leerla con una empatía inusual. Viví cada página, hasta la última, cuando la policía de Batista lo acribilló a balazos en la habanera esquina de 27 y G, durante aquella funesta jornada. Lloré sin testigos, con un dolor íntimo, abrasador. Al amanecer, germinó el hombre que soy.

Desde entonces el amor por Ella late con cada nueva arruga de quienes nos trajeron hasta aquí, sin abandonar los sueños de su pueblo; con cada niño o niña que recita a Martí y pide que lo lleven a echarle flores a Camilo; con cada familia angustiada por las carencias de la vida —no pocas veces dura—, que comparte esta pasión infinita, agradecida, y apuesta por todos; con cada artista o pensador que pega su alma a la tierra y se entrega. Y se avivó hasta lo indecible con los jóvenes que aquella noche de 2016, corearon por todo un país: «Yo soy Fidel». (Tomado del dossier 59 líneas para Ella, publicado por la Jiribilla)

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