Mientras me congelo

Autor:

José Antonio Fulgueiras

La Plaza Roja es el centro de Rusia. De ella parten las calles principales de Moscú. En aquella tarde de febrero de 1989 el reloj del carillón del Kremlin tiene las manecillas cubiertas de nieve. El frío está que pela. Mi amigo César, antes de perderse de vista, me informa que la temperatura andaba en ese instante por debajo de los 18 grados bajo cero.

Me había prestado la mamá de César un gorro de piel de oso polar del Ártico, con el cual parezco yo una nueva versión de Vasili Ivánovich Chapáyev, el soldado que se convirtió en comandante del Ejército Rojo durante la Guerra Civil Rusa.

Pero yo no aspiro con este gorro ni a soldado ni a comandante, simplemente que me cubra del frío que me cercena la mollera, donde los cabellos han empezado a abandonar la cabeza, acción que los científicos llaman alopecia y la gente de pueblo identifica simplemente como calvo.

Dicen que el nombre de la Plaza Roja, salido de la palabra rusa Krásnaya, proviene del color de los ladrillos con el que están construidas la mayoría de las edificaciones. Parece que yo me contagié con el color y estoy rojo como un tomate de riego por microjet, y si continúa bajando la temperatura, me voy a volver un ladrillo al que la nieve va a comenzar a tapar como a una tártara de hielo en el congelador de un refrigerador Inpud.

Me topo de frente con el conocido Patíbulo, monumento más antiguo de la arquitectura rusa, donde los moscovitas y los visitantes de la capital dejan caer una moneda en el centro del círculo de piedra y piden un deseo secreto. Realmente yo no tengo ni un rublo, pero si lo tuviera, mis manos están congeladas, incapaces de penetrar en los bolsillos de mi pantalón helado. Mi único deseo es que aparezca mi amigo, a quien perdí por estar mirando para una rusa de glúteos protuberantes.

Ojalá supiera decir aunque sea: «¡Tovarich, me congelo!», o «¡coño, Tovarich, dame una mano y sáquenme de aquí!». Pero, repito, solo sé de idioma ruso aquella frase que anunciaba un curso por Radio Rebelde. «Ruskiparuskiparadio», y con eso no resuelvo nada.

Allá adelante está el mausoleo de Lenin, donde las postas cosacas se paran en firme, mientras la nieve les cae en la cabeza como si fueran el tronco de un abedul. Esos guardias sí le saben al frío, me digo. Me voy a parar como ellos, tipo barquilla de helado Coppelia, para que la nieve me corra por el cono engalletado, como ocurre después que el vendedor te vacía la sempiterna bolita con un hueco en el medio.

Mas luego, entre el frío y el pensamiento, me llega el famoso cuento Encender la hoguera, de Jack London, que, por cierto, también lo mencionó el comandante Guevara en su libro Pasajes de la guerra revolucionaria, y que yo leí atraído por este párrafo: «Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en el tronco de un árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte, por congelación, en las zonas heladas de Alaska».

«Morir helado no era, al fin y al cabo, tan malo como algunos creían. Había otras muertes mucho peores», se estimulaba el protagonista de la historia de London, y eso me sirve al principio de acicate, pero después empiezo a temblar de pies a cabeza por el frío y por el «arratonamiento».

No sé si me da por llorar o son las gotas de nieve que, como durofríos de coco, me cubren las pupilas. Eso me llena de neblina las membranas de los ojos, al punto de que comienzo a verlo todo borroso.

Fue ahí que, entre la penumbra, veo acercarse a un auténtico africano, de tez bien negra, que debe andar por los siete pie de estatura. Aquel hombrón, cuando está a menos de un metro, estira las manos, y mientras se lanza a abrazarme como si me conociera de toda una vida, pronuncia con tremenda guapería una salvadora interrogante: «¡Eh, asere!, ¿qué bolá?».

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