Sara

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

A Sara Rodríguez, la dama de Guantánamo, le escribí las últimas cartas de mi puño y letra. Ya no se escriben cartas. Ahora todo está al borde de un clic. Ella convertía una hoja en estrella, una raíz en filigrana. Sus palabras te resguardaban los caminos.

Cuando llegaba a su casa, río arriba, su hija Marité me anunciaba con voz de cascabel. Sara levantaba sus espejuelos, me comentaba de hoy o de ayer: de la Academia de Artes Manuales Mariana Grajales, de la huelga de la Escuela del Hogar en los años 40, ¡de sus orquídeas!

 Yo le contaba de mis tropiezos, de mis asombros; mientras saboreaba el flan de calabaza que Sara hacía como nadie. Fueron tantas tardes y tantas noches bajo su cobija. Ella salvó mis desamparos de primerizo.

Cuando supo que era inevitable la partida, que Guantánamo quedaría atrás, me regaló un gallito: el cuerpo era un cono de pino; las alas, semilla de salvadera; la cresta y el pico, tela endurecida; las patas, el nervio duro de una rama de coco, y las yerbas, las yerbas eran miguitas de pan coloreadas.

 «Solo le falta cantar», me dijo. Sara se equivocaba. El gallito ha cantado durante años en la sala de mi casa. Canta por sus manos. Canta ahora que ella no puede cantar…

Sara, la otra Sara, la dama de la historia, tiene sus propios cantos. Ella acuna la historia como si fuera el sol. Fue especialista del museo Emilio Bacardí, fue secretaria general del Sindicato de la Cultura en Santiago de Cuba, fue una espiga contra los demonios del olvido. Lo es. Ella no se ha jubilado jamás.

Me despierta para anunciarme un natalicio, un aniversario, como si el hecho ocurriera ahora mismo. Ella lo exhuma, lo rescata, lo dibuja en el aire. Y se lanza con sus papeles y sus pasiones, Santiago arriba, Santiago abajo. Su pañoleta flota en el aire.

 Sara Inés Fernández Hechavarría merece una oda.

 Ella nació para dar testimonio. Nunca se conformó. Saltó de los libros, de las academias y se fue a la comunidad a buscar la historia, a levantarla, a tocar a la gente con el legado de sus héroes y sus creadores. Ella insufló ánimos aquí y allá hasta conformar en los propios barrios una tropa contra la desmemoria y por la salvaguarda del patrimonio.

Ella fundó el 5 de mayo de 1999 en Santiago de Cuba, su singular proyecto De la ciudad, las calles y sus nombres. Conocer es querer. Y junto a sus cronistas populares  ha  aclarado nacimientos, descubierto sitios, revalorado el aporte de personajes casi olvidados. Ha devuelto la historia de los nombres de las calles por donde a diario transitamos o vivimos, muchas veces sin saber, repitiéndolos como palabras vacías.

Sara quiere decir princesa. Mejor que eso es ser útil, escribió Martí. El mundo  necesita de gente como ellas. De la ternura de una, capaz de convertir una hoja en estrella; y de la pasión de la otra, que tiene una ciudad saliéndole del pecho.

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