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Lisonja en todo caso, nunca adulación

Autor:

Luis Hernández Serrano

No a todo el mundo le gusta lisonjear, ni que lo estén lisonjeando, porque muchas veces hasta la sana lisonja hiere el frágil cristal de la verdadera modestia. Y hay una sutil diferencia entre las palabras, casi imperfectamente sinónimas, «lisonja» y «adulación».

Uno siempre debe estar en guardia ante la persona, sobre todo desconocida, que abusa de las adulaciones. La lisonja es una acción quizá más artística, fina y aceptable que la adulación. El lisonjero es un ser más delicado, prudente, moderado, honrado y justo que el adulador. Este alaba casi todo sin arte ni rebozo, y sacrifica su propia opinión —la verdad, la justicia, la sinceridad, la honestidad y cualquier otra virtud o valor— al objeto de su adulación.

El lisonjero, para no herir, da más apariencia de verdad y de ponderación a su alabanza. Persuade con más sagacidad. Se vale de medios más eficaces, más cuidadosos, y muchas veces hasta indirectos. Trata de influir, con más respeto y destreza —y sin trastienda alguna— en el ánimo de la persona lisonjeada.

Basado en este mismo principio llamamos «lisonjeras» a las palabras que persuaden, y no «aduladoras». Por eso usamos con preferencia el verbo lisonjear para explicar lo que tal vez satisface más a nuestro gusto, lo que cautiva nuestro corazón, lo que nos inspira más confianza.

En su contraparte, adular es una acción más cruda y directa que lisonjear, al punto de que podemos afirmar que el que adula celebra, exagera, encomia y hasta miente a cara descubierta; mientras que el que lisonjea promete, festeja y procura evitar todo lo desagradable y molesto a la persona lisonjeada. El hombre más sano e inteligente —más reservado, más modesto, más cuidadoso y prudente— emplea con preferencia la suavidad de la lisonja, y no la aspereza espinosa de la adulación. No es copia textual, pero todo esto resume a grandes rasgos el criterio erudito del Doctor en Lexicografía y profesor de Filología española José Joaquín de Mora (Cádiz 1783-Madrid 1864).

Y el redactor de este comentario pide permiso para referirse al asunto en un soneto que ha dado en llamar Prefiero la lisonja fina

Prefiero un día al noble lisonjero/ que al constante y sumiso adulador./ Este lo alaba todo sin pudor/ y olvida el gesto fiel de hombre sincero./ Con la lisonja fina el zalamero/ no miente nunca al interlocutor./ ¡Perfuma su alabanza como flor,/ igual que hace la rosa al jardinero!

El rostro del que adula es raro arbusto/ del bosque fresco cuya sombra ampara./ ¡Provoca el adulón un cierto susto!/ (No habrá de adulador ni un solo busto./ Ingrato el cortesano que compara/ a su monarca avaro con Augusto).

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