Un apellido con historia

Autor:

Aileen Infante Vigil-Escalera

«¿Cómo?», me preguntó por tercera ocasión en menos de un minuto ante el quinto modelo en el que, aseguraba, ahora sí escribiría correctamente mis datos. Casi media hora más tarde, cuando al fin el anhelado certifico reposaba en mi cartera junto a uno de los desechados por errores, el comentario de otra clienta me hizo reflexionar en cómo la paciencia ha sustituido los ataques de impotencia que me invadían cada vez que situaciones similares terminaban en diplomas, reconocimiento o citaciones con errores ortográficos.

Pensé entonces en que este cambio de actitud fue lo más prudente cuando descubrí que tengo un apellido materno compuesto, gracias a una riquísima historia de títulos nobiliarios, castillos, escudos y banderas; pero cuya escritura no se relaciona muy bien con los sistemas computarizados modernos que no reconocen —como tampoco lo hacen algunos idiomas extranjeros o cartas de estilo—, el guion (-) que lo identifica desde hace varios siglos.

Recordé los listados de matrícula y las nóminas de estipendio universitario que por esta incongruencia informática colocaban mi primer apellido en la casilla habilitada para el segundo nombre, desmembrando el ilustre título para desdicha de los duques y condes que tanto obraron por su unificación con este signo de puntuación.

Llegaron entonces a mi memoria las incontables batallas libradas por la rectificación de estos «aportes», y como de tanto luchar sin ver resultados decidí, en algún momento de mi vida, respirar profundo ante las incomprensiones y recolectar cuantas modificaciones a mi nombre fueran posibles.

Fue así como, insistencia mediante, logré conservar la prueba de la transformación más absurda que ha sufrido el «célebre» Vigil-Escalera: un pequeño modelo emitido por el almacén de la escuela Lenin para validar que, como estudiante a punto de egresar del centro, no debía ningún material de estudio.

Recuerdo como si fuera hoy que el día de su emisión, como habitualmente sucede, deletreé varias veces mis datos a la encargada de confeccionarlo y le especifiqué que el segundo apellido era compuesto y separado por un guion, para que no interpretara que eran dos unidades independientes o, como alguien una vez me dijo, que tenía tres apellidos.

Para mi asombro, al entregarme el certificado el apelativo constaba en la casilla correcta, pero como «Vigilguiónescalera». Me apresuré entonces a rectificarle que no me había referido a la palabra guion, sino el signo, con la esperanza de que emitiera un nuevo documento con el error subsanado, pero contrario a toda lógica, encima de su «aporte» esgrimió un grueso rayón que sobresale en el papel como Vigilguiónescalera. «Así se entiende», me dijo segundos más tarde, algo molesta, ante mi expresión.

Aun hoy no he podido olvidar las sonoras carcajadas de los integrantes de la familia que durante décadas se dedicaron a ubicar el origen e historia del apellido, ni el enfado de sus más longevas exponentes en la Isla ante tal falta de sentido común. Mucho menos el trauma que aquel suceso causó en mi madre, quien cinco años más tarde, durante mi acto de graduación, desde lo alto del balcón del Aula Magna, entre sollozos de alegría, solo atinó a decirme: «Déjame ver cómo escribieron el apellido».

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