Los besos que faltaron por dar

Autor:

Yunet López Ricardo

«Se dice fácil 37 días, pero hay que ver en qué condiciones vivió esos 37 días. Cuánto tiene que haberse acordado del hijo, de la esposa, de la hermana, de los padres, de los familiares, de los compañeros. ¿Qué pasaría por su mente? Me pregunto a veces si habría podido percatarse del enorme interés que mostró nuestro pueblo por su salud y por su vida», decía el Comandante en Jefe Fidel cuando recordaba las últimas semanas que vivió el joven Rolando Pérez Quintosa. 

Por aquellos que llegaron una noche al puesto fronterizo de la Base Náutica de Tarará en busca de una embarcación para salir ilegalmente hacia Estados Unidos, y no lo pensaron dos veces para matar inocentes, tres hombres murieron ametrallados en instantes y, el muchacho de 23 años, en una sala del Hospital Naval de La Habana, estuvo luchando por su vida desde esa madrugada del 9 de enero, hasta el 17 de febrero de 1992.

Aquel día triste, después de la última guardia de honor que le rindió Fidel en el Memorial José Martí, un mar de pueblo caminó junto al féretro cubierto con la bandera cubana desde allí hasta el Cementerio de Colón, el mismo pueblo que la mañana del 10 de enero también había ido a darle el último adiós a Yuri Gómez, Orosmán Dueñas y Rafael Guevara.

Entre los ángeles del camposanto se reunieron miles. Las notas del Himno Nacional y luego 21 salvas rompieron el silencio. Familiares y todos los que durante esos días de espera y angustia se preocuparon por la vida de Rolando, lloraban ahora frente a la sepultura.

Y allí, con su palabra pausada y sin llevar discurso escrito, le habló a la multitud un Fidel enérgico, para con ellos, como dijo, reflexionar sobre el hecho que los llevó a ese lugar sagrado. 

«Nunca se dio una batalla tan intensa por salvar una vida, y soy testigo de eso. (...) Asesinar es repugnante. Asesinar a hombres desarmados y amarrados es, sencillamente, monstruoso. Y da idea de lo que podría esperar nuestro pueblo, nuestros jóvenes, nuestros estudiantes, nuestras madres, nuestros combatientes, de la contrarrevolución, de la reacción y del imperialismo».

Y también afirmó el Comandante, indignado por el crimen, que si los asesinos hubiesen logrado escapar, «a pesar del cuádruple asesinato, habrían sido recibidos en EE. UU. como héroes, como han recibido a tantos otros…».

El Comandante, con su voluntad infinita de permanecer junto a los que más lo necesitan, siempre estuvo pendiente del estado de Rolando, de su madre Juana, su esposa y su hijo Rolandito, que en esos tiempos aún no cumplía el primer año.

Una de las veces que estuvo en el hospital, Fidel preguntó si Rolando estaba despierto. Y sí, estaba consciente y pudo verlo, saludarlo. «Me reconoció inmediatamente, quería hablar, en ese momento no estaba entubado, recibía respiración artificial a través de la tráquea. Quería decirme algo, quería comunicarse. Me miraba. Pero le fue difícil articular palabra. Me fue difícil comprender qué quería decir. Sí puedo decir que lo vi sufrir terriblemente».

Nada remedia tanta agonía, ni la pérdida, ni el llanto de una familia, de un país, ni hay castigo suficiente para quien causa tal amargura, pero ese febrero angustioso la ley de los hombres ejerció su justicia y el Tribunal Provincial Popular de Ciudad de La Habana condenó a los principales responsables a la pena máxima. Al resto se les impusieron sanciones por piratería y complicidad de asesinato de 30, 25 y 15 años de privación de libertad.

Desde aquel, han pasado ya 26 febreros. Rolando tuviese ahora 49 años. Le faltaron besos por darles a su esposa, a su madre, a sus seres queridos... No pudo ver a su hijo graduado de ingeniero, pero hoy Rolandito mira en las fotos los ojos claros y vivos de su padre, y siente orgullo de la resistencia del joven que le dio hasta el nombre y luchó por verlo crecer durante 37 días.

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