El aguayo donde se cargan los sueños

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Entró al recito sonriente. Llevaba sobre sí un aguayo, la prenda rectangular usada en Argentina, Bolivia, Perú... como mochila, abrigo o adorno.

En su caso, la utilidad como mochila era mayor a la que conocemos, porque lo empleaba para cargar a su pequeña, quien venía dormida, todavía inocente de las razones por las que su madre la llevaba a sus espaldas mientras iba a defender las causas de los pueblos a cientos de kilómetros de su hogar.

Si una escena impresionó a quienes llegamos hasta la sede de la Cumbre de los Pueblos, en Lima, Perú, —como parte de los foros y actividades paralelas a la 8va. Cumbre de las Américas— fue ver en no pocos espacios la presencia de los nativos de nuestra América acompañados de sus hijos.

A quienes venimos de países cuyos aborígenes fueron casi exterminados por los colonizadores, esos rostros y atuendos nos roban la vista.

 Entre a las que pude acercármele, estaba Lidia Biso, una dirigente ejecutiva de Uyuni, municipio ubicado al sudoeste de Bolivia, en el departamento de Potosí, donde se encuentra el salar más grande del mundo.

La conocí en la sede del Partido Comunista del Perú Patria Roja, mientras se presentaban los libros Raúl Castro y Nuestra América, del compilador cubano Abel González Santamaría y Ayuda oficial al desarrollo de Cuba en el mundo, del investigador guatemalteco Jaime Morales, en un espacio como al que asistíamos donde se propuso la rearticulación de los movimientos populares y sociales.

«Es importante que nos reunamos los pueblos para defender nuestros derechos. Esta es una lucha de todos», me dijo segundos después de que logró acomodar en los brazos a su bebé, de un año y medio, para que siguiera descansando.

Lidia, quien carga con el mismo amor a su hija que a sus ansias, piensa que esta lucha debe seguir hasta conquistar nuestros sueños, como lo están haciendo en su tierra boliviana, porque si no hay lucha no existirá el cambio que queremos, que solo se logra enfrentando a la derecha.

Para ello, —me dice con ese acento calmado bajo el cual se nota el calor ardiente de los volcanes del sur—, siempre tiene que existir la unidad como nos ha demostrado el hermano país de Cuba. «Si somos unidos todos los pueblos de Latinoamérica y el Caribe yo sé que vamos a salir adelante y no tropezaremos como ocurre ahora con otro país amigo: Venezuela, al cual la oposición quiere dividir y eso no se puede permitir».

Con esos ojos humildes en los que descubro todo el espesor de las luchas de nuestros ancestros, me confiesa que ha cargado con su hija a las espaldas porque quiere que también sea una luchadora.

Ese es su anhelo, que esa pequeña que comienza a descubrir los dolores y ardores de este mundo al amparo fiero y noble de sus cariños y sus empeños, llegue más allá, como «su presidente Evo Morales». Que siga defendiendo a los pueblos y las causas justas y también para que venga a espacios como los de esta Cumbre a darle voz a los sin voz.

La veo partir nuevamente con su hija a las espaldas, y en la incandescencia de los colores de su prenda típica, en esa contraposición de matices entre una y otra raya, y en esa alternancia de distintos grosores, puedo descubrir los vistosos colores de América: en cada franja una esperanza, en cada acento una ilusión.

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