El viejo de las medallas

Autor:

José Alejandro Rodríguez

 

Con la boina del Che alfombrada de viejos sellitos y unas cuantas medallas en su pecho, el viejo marcha solo. Nariz aguileña y ojos posados en la lejanía, ya lo reconozco cada Primero de Mayo como un silencioso personaje de crónica, aunque apenas sea un punto en la multitud.

Entre el fragor y la exaltación, entre consignas y congas estentóreas, el viejo prefiere avanzar en el recuerdo; y asomarse entre el mar de banderas y carteles para cuando pase frente a la base del Monumento a Martí, descubrir el saludo de Fidel o del Ché, hasta la sonrisa de Camilo, y convencerse de que eran para él.

 Ha llovido mucho y no precisamente los Primeros de Mayo, siempre a sol picante. Y el viejo sigue ahí, con su paso cansino, soñando aún con José Martí que «se viene encima, amasado por los trabajadores, un mundo nuevo». Viene de muy lejos en el tiempo y en el país, en busca siempre de alguna reafirmación, una suerte de renovación  para seguir adelante entre tantos problemas y dificultades.

Yo, que le sigo los pasos en nostalgias y raras emociones, imagino que ya lo ha visto y lo ha hecho todo. Y sigue vindicando su pedacito de marcha. Hombres como él han sostenido la Revolución y hoy desfilan con bastones, en sillas de rueda y con apenas una chequera que no se jubila de tensiones y estrecheces.

Alfabetizaron, dejaron jirones de sus vidas en Girón, sembraron posturas de café que nunca germinaron en el Cordón de La Habana. Levantaron edificios aburridamente idénticos, como cajas de fósforos, en la microbrigada. Y se la jugaron en Africa, sin más souvenir en su equipaje que el deber cumplido.

El viejo sostiene una banderita cubana de papel en sus manos callosas y pródigas. Manos que «a cada verano tejen/linos frescos como el agua. / Después encardan y peinan/ el algodón y la lana,/ y en las ropas de los niños/ y de los héroes, cantan», según entrevió la maestra Gabriela Mistral las «manos de obreros».

Siempre que termina el desfile en la Plaza, el enigmático personaje de la boina y las medallas se queda en ese reducto final que, parapetado frente al inmenso Martí, se resiste a terminar la fiesta obrera. Por cubanos como él, y por la progenie que dejan, hay que vindicar sin más dilaciones, y más allá de desgastadas consignas, el trabajo venturoso y honesto como fórmula de bienestar: aquello de «a cada cual según su trabajo» que los dogmáticos manuales de economía política no pudieron garantizar.

Por ellos, urge enderezar la pirámide invertida que tanto nos lacera, y hacer justicia con quienes sudan y crean, frente al peligro de que terminemos escribiendo unas nuevas Memorias de la Vagancia en la Isla de Cuba. Por esa lealtad de los humildes, no permitir que el país se convierta en un grosero tenderete y el potrero de cualquier desatino.

Por esa estirpe, habrá que desinfectar la Revolución de nuevas codicias y corruptelas, y de las trapisondas de tecnócratas y burócratas que cortan alas y emprendimientos. Y sostener el trabajo limpio como fórmula saneadora, sin distinciones de estatal, privado o cooperativo. Trabajo fértil y solidario, como fuente de bienestar para todos.

Si antes, hombres como el de la boina y las medallas  cimentaron la unidad y la fortaleza coreando: «Fidel, Fidel, dinos qué otra cosa tenemos que hacer», ahora, la dirección del país tendrá que, en viceversa, hacerle esa pregunta a un pueblo que con su heroísmo y resistencia, se ha ganado la autoridad para una participación mucho más democrática y menos formal.

Este Primero de Mayo, trasmito al silencioso veterano de la boina y las medallas aquella «Salutación Fraterna al Taller Mecánico» del poeta Regino Pedroso, cuando, ya en 1926, soñaba: «Yo dudo a veces, y otras/ palpito, y tiemblo, y vibro con tu inmensa esperanza;/ y oigo en mi carne la honda verdad de tus apóstoles: ¡Que eres la entraña cósmica que incubas el mañana!»

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