Después de una Diana…

Autor:

Osviel Castro Medel

Sucedió dentro de una Diana, de esas que nos trasladan apretada y necesariamente.

Ese día el transporte se detuvo en una de las paradas reglamentadas. Varios pasajeros, a la sazón, se dispusieron a bajar con apuro. Pero faltó uno por descender: el más viejo.

Cuando él intentaba llegar a la salida, el conductor cerró la puerta, reinició la marcha y provocó un susto inmenso en el longevo.

«Chofer, me quedo. Chofer…». El grito se multiplicó en la guagua hasta convertirse en una reclamación de varios: «¡Chofer, para!». Alguien alertó: «Es un anciano».

El hombre del volante, después de varios metros, frenó, al fin, para que el abuelo lograra su propósito. Pero aquí viene la parte más triste de la historia: sacando una energía de no se sabe dónde —tal vez de su propio espanto—, el señor bajó los escalones con rapidez, acción a la que el del timón respondió con un: «¿Vieron esa velocidad? Sigan creyendo en ancianos», y pegó el pie en el acelerador…

Pudiera ahora, después de la retrospectiva, lanzar diatribas contra la actitud del chofer, abominable al extremo. Mas estas líneas germinan, esencialmente, para meditar cómo el comportamiento de individuos de esta especie se ha extendido en nuestro tejido social, más allá de calles y ómnibus.

Si revisamos la cotidianidad encontraremos muchos casos de personas que no miran a los veteranos como seres a quienes deben la mayor atención y monumental respeto. Las frases de «ese viejo», «esa vieja», «este ocambo» u otras análogas se han empotrado en la jerga de ciertos ciudadanos, como símbolos de desestimación y como si, en suposición ridícula, la edad madura no formara parte de la existencia humana.

Si examinamos la realidad de algunas instituciones que atienden a la población, encontraremos a funcionarios que «olvidan» tender una alfombra de cariño a los de la tercera edad ante la circunstancia de un trámite o un aprieto.

Hace unos meses, por ejemplo, mi colega Dilbert Reyes relataba en estelar crónica los sinsabores y peloteos sufridos por una señora en una oficina atestada, gracias al cálculo errado y atropellado de una funcionaria, incapaz de deducir la cantidad de «días hábiles» para que la primera recogiera un documento.

La verdad es que se nos multiplican los ancianos que viajan en guagua sin compañía, o las abuelas que acuden a una colmada oficina sin conocer los tecnicismos contenidos en un papel.

Será necesario ante ese panorama seguir implementando o fortaleciendo (palabras gastadas, aunque imprescindibles) disposiciones, pero los decretos por sí mismos no garantizan que dejen de existir choferes insensibles, o que en un transporte público los pasajeros procuren que el más entrado en años baje primero.

El aprecio a los mayores, como otros tantos sentimientos o valores, nace de la llevada y traída educación, se siembra en brazos de los padres y se complementa con las lecciones de la escuela y con el aprendizaje social.

Suerte que todavía son muchísimos los que brindan su hombro para ayudar a cruzar una calle a quien el reloj de la vida encorvó, los que reverencian la nieve en la cabellera, los que dicen con cariño: «Abuelito», los que admiran las marcas del almanaque en la piel o los galones invisibles ganados con el paso del tiempo.

Pero ojalá fueran más. Un país que envejece aceleradamente necesita, como soñaba Pitágoras, el filósofo y matemático griego, una ancianidad feliz y bella. Requiere el bastón de los nuevos en todos los escenarios para poderle dar en el centro a la diana del futuro.

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