Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Tortilla de papas fritas

Autor:

Juan Morales Agüero

Estábamos en pleno asueto escolar y el tiempo agonizaba de aburrimiento sin que nuestro piquete de adolescentes hiciera nada por honrarlo. El dominó ya nos tenía hasta la coronilla. Igual las novelas policiacas, las «guerrillas» de baloncesto y los insomnios festivos. Sí, a todas luces, urgíamos de algo más excitante y aventurero. Ahí fue cuando alguien del grupo propuso la idea: «¡Vámonos una semana para la playa!».

Realmente, el título de playa endilgado a aquel trozo de litoral casi virgen y cubierto de sargazos, distante unos 12 kilómetros de donde residíamos, parecía por entonces poco menos que ampuloso. Apenas contaba con viviendas y carecía de sombrillas, merendero, bicicletas acuáticas, salas de juego y salvavidas. Pero la iniciativa resultaba asaz tentadora, así que la aceptamos y procedimos a preparar la expedición.

El problema del alojamiento lo solucionamos con una casa de campaña diseñada por nosotros mismos con sacos de nailon. Para la alimentación, cada quien contribuyó con algo: arroz, espaguetis, frijoles, dulces, pan, azúcar, especias, huevos, viandas, latas de conservas… Alguien llevó una guitarra «para descargar un poco por la noche»; otro, cordeles y anzuelos «para que no nos falte el pescado». Incluimos un radio, una pelota, vasijas, repelente para la plaga, varios libros, un farol, frazadas, agua potable… Empacamos todo y partimos.

«¡Listos para dormir en el suelo!», bromeó alguien tan pronto armamos la casita, cerca de la orilla. Luego nos tiramos al agua, jugamos un rato y salimos a descansar. Fue entonces cuando el líder del team inquirió: «Bueno, ¿y aquí quién cocina?». Como ninguno de los «duchos» en sofritos y cazuelas aceptó asumir la tarea, acordamos rotarla por sorteo.

Me froté las manos de satisfacción, pues jamás había tenido buena fortuna en las rifas. «Por lo menos esta vez, no salir premiado me beneficiará», dije para mí. Pero —¡ay!—, esta vez la veleidosa suerte dio un giro inesperado: el primer papelito que se extrajo de una caja tenía mi nombre. Así, para mi contrariedad, me tocó elaborar el primer menú.

Nuestro líder me preguntó, receloso: «A ver, ¿sabes cocinar? Dímelo con franqueza». Me avergüenza decirlo, pero con la cara más dura del mundo le respondí que sí. Mi interlocutor no quedó muy convencido, porque volvió a la carga. «En serio, ¿sabes?». Esta vez solo moví de arriba abajo la cabeza. Entonces me dio las instrucciones. «Mira —dijo— nos prestaron una chalana de remos y saldremos a pescar un rato. Estaremos ausentes un par de horas. Ve preparando el almuerzo para cuando regresemos. Has una tortilla de papas fritas».

Los vi subir a la embarcación y alejarse hasta perderlos de vista. Cuando quedé solo, respiré hondo y me dije: «Bueno, ¿a qué le temes? Hacer una tortilla de papas fritas no debe ser difícil. Además, por la primera vez se empieza». Y con la misma puse las papas en una palangana y me fui a lavarlas a la orilla del mar. Allí, sentado sobre la arena, tomé un cuchillo y las pelé hasta dejarlas sin una mancha. Acto seguido, el perfeccionista obsesivo que llevo dentro me conminó a cortar del mismo tamaño y grosor todas las tiras del tubérculo. «Ya verán si sé o no cocinar», musité.

Con cuatro piedras y unos pedazos de leña seca me inventé un fogón y lo puse a arder. Habíamos traído un sartén grande. Lo coloqué sobre el fuego con un poco de aceite dentro y esperé a que se calentara lo suficiente. Cuando deduje que estaba listo, escaché diez huevos y mezclé sus claras y yemas con los jirones de papas, todos perfectos, simétricos, impecables… Y, como colofón a mi debut, puse a cocinar aquella mixtura.

Pasados unos minutos, comenzó a preocuparme que mi tortilla no adquiriera consistencia ni tomara la forma típica de todas las tortillas del mundo. Lejos de eso, se fue convirtiendo en una suerte de engrudo, de harina, de almidón… Miré en todas direcciones en busca de alguien a quien preguntarle qué ocurría. Pero no distinguí un alma por los alrededores.

Cuando el (mal) olor me anunció, vía pituitaria, que mi tortilla no era otra cosa que un amasijo de huevos y papas a medio cocinar, apagué la candela y me sometí al juicio de mis compañeros, que ya llegaban sin haber pescado ni un zapato,  con un apetito voraz y unas expectativas enormes acerca del plato prometido. Les bastó mirarme a los ojos y levantar la tapa del sartén para saber que no tendrían almuerzo.

Intenté explicarles mi desconcierto por el fracaso. «A ver, si pelé las papas, las corté en trocitos, las mezclé con el contenido de una decena de huevos, coloqué al fuego el sartén con el aceite, esperé a que se calentara y puse todo a cocinar, ¿dónde fallé?», pregunté. Entonces uno de los del piquete me contra-preguntó: «Pero, ¿acaso no sabías que antes de mezclar las papas con los huevos debías freírlas? Pero si hasta el mismo nombre lo dice: tortilla de papas fritas».

Escuchar aquello me puso rojo como un tomate y verde como una lechuga. Humildemente, respondí que no lo sabía. Ahí fue cuando el líder del grupo, malhumorado, tomó el sartén por el mango y lanzó su contenido al mar para alimento de los pececitos, mientras me conminaba a preparar de prisa seis panes viejos con aceite y una jarra con refresco instantáneo.

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