Yetimanía vs. detectives del ADN

Los rumores sobre la existencia del «abominable hombre de las nieves» han alimentado por décadas mitos y temores en todo el mundo. Tras analizar con técnicas modernas desechos orgánicos de supuestos ejemplares de esta criatura, los científicos afirman haber llegado a un veredicto sobre si es o no real

Autor:

Patricia Cáceres

Cuentan quienes lo han «visto» alguna vez, que mide más de dos metros de altura, con amplios hombros y estructura robusta, aunque su cabeza es pequeña y puntiaguda. A excepción del rostro, las manos y los pies, una fina capa de pelo oscuro cubre su cuerpo; pero el atributo que más lo distingue son unos pies enormes, que lo han hecho merecedor del calificativo de «pie grande».

Los supuestos avistamientos de esta criatura, también conocida como yeti, migoi, sasquatch, almasty, orangpendek, o simplemente «el abominable hombre de las nieves», han alimentado por décadas mitos y temores en una veintena de países como Estados Unidos, China, Australia y Rusia.

La opinión más generalizada es que las pruebas recopiladas no son lo suficientemente convincentes para demostrar su existencia, quedando así en el terreno de la mitología y el folclor. En cambio, los más entusiastas aseguran que se trata de una especie de primate anómalo, y que si bien la evidencia actual puede ser escasa, debe evaluarse objetivamente mientras vaya apareciendo.

Tal fue el propósito de un equipo de investigadores de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, que se propuso realizar un exhaustivo análisis de ADN a muestras de material orgánico, principalmente cabello, de supuestos yetis, recogidas en todo el mundo.

El resultado del estudio, publicado en la revista especializada Proceedings, de la Real Sociedad británica, decepcionó a muchos fanáticos de la enigmática y escurridiza criatura: no se encontraron evidencias genéticas de su presencia.

Tras los pelos «abominables»

Según refiere el diario ABC, el experto en genética Brian Sykes, líder del estudio, llevaba más de un año y medio trabajando en el tema. Si bien le resultaba improbable confirmar la existencia de «pie grande», sí podía aplicar las técnicas más modernas en análisis genético.

Hasta la fecha, el material que pertenece a los supuestos yetis nunca había sido sometido a las técnicas científicas de punta.

«Es un área donde ningún académico serio se aventura a investigar porque hay muchos informes raros, poco fiables o falsos. Es un campo lleno de informes  extravagantes y engañosos», comentó el profesor Sykes.

«Se han hecho pruebas de ADN de supuestos yetis y otro tipo de cosas, pero desde entonces los test de análisis genéticos, especialmente los relacionados con el cabello, han mejorado mucho gracias a los avances forenses», explicó el genetista a la agencia Reuters.

Al carecer de pruebas materiales concluyentes, los investigadores solicitaron a museos y coleccionistas privados de todo el mundo muestras capilares que supuestamente provienen de primates anómalos. Lograron reunir un total de 30 fragmentos.

Se detectó que estos pelos pertenecían a una cabra del sudeste asiático, varios osos pardos, caballos, vacas, mapaches, un tapir de Malasia, lobos o coyotes, un puercoespín y hasta a un humano, probablemente europeo.

Fuera de pronósticos

Para sorpresa de los expertos, una de las muestras analizadas ha arrojado una coincidencia del ciento por ciento con una mandíbula de un oso polar encontrado en Noruega, con una antigüedad que data entre los 40 000 y los 120 000 años.

Al decir de Sykes, la explicación más probable es que los animales sean híbridos, cruces entre osos polares y osos pardos, especies con un estrecho parentesco que se aparean si sus territorios se solapan.

«Es un resultado excitante y completamente inesperado que nos ha sorprendido a todos», aseguró Sykes.

«No creo que esto implique que hay osos polares prehistóricos rondando por el Himalaya; pero podría significar que hay una subespecie de oso pardo, descendiente del oso que fue el ancestro del oso polar. O que se ha producido un cruce más reciente entre el oso pardo y el descendiente del oso polar», explicó.

«Si estos osos están distribuidos en los Himalayas, pueden haber contribuido a la base biológica de la leyenda del yeti, especialmente si son más agresivos hacia los humanos que las especies conocidas de osos locales, apunta Sykes en el artículo publicado en Proceedings.

No obstante, los investigadores aclaran que la intención de su trabajo no es desanimar a los buscadores de criaturas extrañas.

«En lugar de creer que han sido rechazados por la ciencia, los defensores de la comunidad de criptozoología tienen más trabajo que hacer para producir evidencias convincentes de primates anómalos, y ahora tenemos los medios para hacerlo», escriben los autores.

«Las técnicas aquí descritas ponen un final a décadas de ambigüedad sobre la identificación de especies de muestras de primates anómalos y establecen un estándar riguroso para juzgar futuras pruebas», subrayan.

La fascinación por el yeti, conocida como «yetimanía» se desató a partir de 1951, cuando una expedición al Everest regresó con fotografías que mostraban huellas impresas sobre la nieve de un pie de proporciones gigantescas. A partir de ese momento comenzaron las especulaciones y en el imaginario colectivo se formó el retrato de una criatura enorme, peluda y de ligero parecido con el ser humano.

De hecho, algunos creen que podrían ser sobrevivientes de especies como el Homo erectus, el Homo floresiensis (El Hobbit de Indonesia) o el Gigantopithecus, un simio gigante que una vez habitó los bosques del este de Asia. Para describir la búsqueda de tales especímenes se ha acuñado el término criptozoología.

Al margen del estudio sobre los yetis, el profesor Sykes espera que el proyecto permita aumentar el conocimiento sobre la interacción de las diferentes especies de humanos que existieron en el pasado.

«En los últimos dos años ha quedado claro que hubo un cruce considerable entre Homo sapiens y Neandertales. Entre el dos y el cuatro por ciento del ADN de cada europeo proviene de los Neandertales», se-ñaló el científico.

En cambio, otros suelen ser escépticos y consideran indigno y poco serio dedicar una investigación científica al tema.

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