Asgardia, ¿ingeniería futurista o timo (seudo)científico?

Un grupo de investigadores rusos ha presentado el proyecto de una nación «extraterrestre» que orbitaría entre nuestro planeta y la Luna

Autor:

Iris Oropesa Mecías

«Durante toda mi vida he ido contracorriente, es por eso que algunas personas me dicen, de vez en vez, que tengo ideas locas». Así presentó el ingeniero ruso Igor Ashurbeyli, el pasado mes de octubre y desde París, su proyecto de nación espacial Asgardia. Sí, leyó bien, nación espacial. Un Estado soberano que de hacerse realidad se ubicaría en la órbita baja alrededor de la Tierra, a medio camino entre el planeta y su satélite natural, la Luna.

Ante el anuncio, tal vez muchos, como él mismo predijo, lo consideraron un despistado más y cambiaron los canales de su TV. Pero en las primeras 40 horas desde su presentación, el proyecto Asgardia alcanzaba en su página web más de cien mil firmas de seguidores a nivel mundial. Entonces los medios comenzarían a hacerse eco de una atractiva polémica.

¿Y cómo es eso de un país extraterrestre?

Tal como explicaron a Science, el proyecto de nación extraterrestre está pensado por un grupo internacional de investigadores, ingenieros, abogados, empresarios, liderados por el propio Ashurbeyli, quien es representante del comité de la Unesco para las Ciencias del Espacio, y científico espacial. En 2013, este ingeniero de origen azerí creó la Aerospace International Research Center (Airc), una empresa responsable, a su vez, de la publicación de corte científico Room. Su objetivo principal con esta actual iniciativa sería conseguir un marco legal para la explotación del espacio con independencia de las naciones terrestres y sus restricciones legales.

Es con esta ambiciosa meta que el colectivo ya ha presentado en conferencia de prensa, su proyecto. La nación «flotante» llevaría por nombre Asgardia en remedo a la ciudad que en la mitología nórdica es asilo de los dioses y reina el majestuoso Odín. De lograr situarse realmente entre la esfera terrestre y la órbita lunar, funcionaría de modo similar a la Estación Espacial Internacional, pero esta vez, simplemente, como «tierra de nadie»: sin relacionarse a leyes o a potencias políticas mundiales. Representaría así una democracia de todos los que aspiren a la ciudadanía desde la página web y pasen una rigurosa selección.

El Estado sería una suerte de embajada de vanguardia de la especie terrestre, con el deber de proteger a la Tierra de las amenazas provenientes del cosmos como las llamaradas solares, la basura espacial, el impacto de meteoritos, la radiación cósmica y las amenazas biológicas provenientes de los cuerpos celestes que caen al planeta, fenómenos que ya son una preocupación para el mundo científico y ante los cuales la Estación Espacial Internacional asume desde hace tiempo un rol importante.

Para lograr el «superheroico» papel (o no), siendo un país independiente, Asgardia pretendería desarrollar libremente la carrera científico-tecnológica con tres pilares esenciales como máximas éticas, al decir de Ashurbeyli: «Protección, paz y acceso». El lanzamiento de un satélite del mismo nombre que la nación, para octubre de 2017 —en conmemoración del lanzamiento de Sputnik— se proyecta como el primer paso en todo sentido, y se cree, como comenta la revista N+1, que sería enviado desde un país en vías de desarrollo, puesto que el lanzamiento desde sectores privados al espacio no está permitido por las regulaciones actuales.

Finalmente, el nuevo Estado tendría todos los atributos necesarios en el plano identitario cultural: Gobierno y embajadas, bandera, himno nacional e insignias. La ideología «nacional» se proclama profundamente humanista y democrática, y en cuanto a la parte legal, la idea es presentar el proyecto de nación ante la ONU, puesto que ya alcanza el medio millón de firmantes en la web.

Comienza la pasión

Para el gremio científico, el proyecto no ha pasado desapercibido. Desde el momento inicial, la revista Science publicó una escueta nota sobre el asunto en la que, si bien halaga las aspiraciones humanistas de la idea, cuestiona temas como la supuesta protección mediante un satélite. «Un plan valiente», comenta el irónico redactor, Daniel Clery, «si se piensa que la preocupación de conjunto de las agencias espaciales y militares del mundo aún no han logrado prevenir la colisión de sus propios satélites entre sí, ¿qué sería de protegerse de una roca del tamaño de una ciudad?».

Con un tono parecido, la comunidad científica se cuestiona cómo se podría financiar un megaproyecto de este tipo con el enfoque de crossfounding o financiamiento de inversores al que aspira el grupo, si se piensa que la existente Estación Espacial es un programa multimillonario, e incluso potencias como EE. UU. y Rusia, sus principales patrocinadores, ya se hallan en aprietos para mantenerlo.

A más de esto, la observación que muchos entendidos hacen es que a pesar del optimismo de la encargada de asuntos legales del proyecto, es poco probable que Asgardia sea jurídicamente reconocida como nación, cuando Estados reales, como Palestina, han librado una lucha tan intensa.

La profesora universitaria de Ciencias planetarias y del espacio, Monica Grady, piensa que el trabajo de la Agencia Espacial Internacional es ante todo real y, además, bueno. Se halla aprobado por agencias internacionales espaciales e insertado en la burocracia que todo ello implica, con excelentes resultados. Y agrega, algo preocupada: «Si la visión de Asgardia es hacer el espacio y la experimentación más accesibles, eso es loable, pero no puede estar completamente divorciada de la necesidad de alguna regulación». La profesora también apunta que ejemplos de excesiva independencia de límites éticos y legales han llevado a desastres como los del nazismo, nada menos. Por ello espera algo escéptica que este proyecto, fiel a su comunicado de presentación, se apegue al «bien de la humanidad».

Lo que sí logra el caso Asgardia

Entre tales dimes y diretes, y el escepticismo de un gremio que también tiñe la ciencia del espacio de cierto elitismo, el proyecto Asgardia revela varias preocupaciones humanas importantes. Como el propio redactor de Science comentó, pone el dedo sobre un asunto que va preocupando a este sector: la necesidad de una revisión de las leyes sobre el uso del espacio exterior.

Con la exclusividad de un pequeño grupo de potencias dominando la carrera espacial, la presencia en el espacio extraterrestre y en la Estación Internacional; la escalada de compañías privadas tomando parte y hasta la venta de terrenos lunares a millonarios, muchos se preguntan si entidades internacionales no deberían regular un uso del espacio más accesible, equitativo y responsable. En tal sentido, la idea de Asgardia, con sus ansias de un uso soberano, humanista y democrático del ámbito extraplanetario, aún de un modo algo excéntrico, recoloca el tema al centro del escenario ante organismos responsables —principalmente la ONU— de revisar las tendencias actuales.

Desde otros campos de la ciencia y el conocimiento, como la sicología social, la politología o la filosofía, por ejemplo, Asgardia representa un poco lo que la Utopía de Tomás Moro, o el Nuevo Mundo americano, para el pensamiento de otros momentos: la expresión cultural universal de una fatiga por el aceleramiento y desgaste en el modo de vida humano, un ritmo que avanza a expensas de la salud de la especie y de la Tierra.

En espera de credibilidad o del descubrimiento repentino de un timo, lo cierto es que en el momento en que se terminaba esta columna el número de «preasgardianos» suscritos a la posible ciudadanía de la nación alcanzaba los 531 846 a través del sitio oficial del proyecto. ¿Será usted del grupo de los escépticos, o correrá a la conexión wifi del barrio a inscribirse como el primer asgardiano de Cuba?

Igor Ashurbeyli despierta resquemores en algunos por su doble carrera como científico y empresario.

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