Regalos arqueológicos de marzo

Tropezarse con el busto de un faraón de unas siete toneladas y descubrir en una roca que se creía inútil la datación más antigua para el surgimiento del arte prehistórico europeo son dos obsequios de la arqueología en este mes

Autor:

Iris Oropesa Mecías

Hay países donde pareciera que cualquier día puede abrirse, de repente, una puerta a la Historia, y caminar ensimismado o trabajar en tu faena cotidiana con la suerte de que lo rutinario puede depararte sorpresas. Si estás en Egipto, digamos, podrías tropezarte, por ejemplo, con la gigantesca cabeza de un faraón.

Algo parecido les sucedió a los vecinos del barrio egipcio El Matareya, devenidos de un día para otro en colaboradores de arqueólogos, cuando dieron con la enorme estatua de un faraón sumergida en un lago de su localidad. Por eso es fácil hallar en internet las imágenes de hombres, mujeres y niños que, con esa sencilla estirpe cotidiana, se retratan junto a un rey antiguo, uno de aquellos que se consideraba dios en la Tierra e hijo del sol. Pero, la pregunta no se hizo esperar mucho tras el gran hallazgo de la estatua. Después de los nervios, los flashes, la llegada del ministro de Antigüedades al barrio y la espera ansiosa de la prensa, debe haber surgido la cuestión: ¿a quién encontraron?

¿Quién es el faraón gigante?

Lo primero que pensaron los arqueólogos era que se trataba de una imagen honorífica del más famoso de los faraones: Ramsés II.

La cercanía a las ruinas del templo de Ramsés II en la antigua ciudad de Heliópolis y el gusto característico de ese monarca por la monumentalidad, hicieron que la hipótesis diera la vuelta al mundo hace pocos días, pues la pieza reúne rasgos de peso (alrededor de siete toneladas) y altura (nueve metros al unir sus fragmentos) propias del estilo de su reinado.

Sin embargo, los arqueólogos dieron nuevos giros a una historia ya maravillosa, calificada como «uno de los descubrimientos más impresionantes» por el ministro de Antigüedades egipcio, Khaled el-Anani. El pasado jueves, antes de que se enfriara la sensación de novedad, el funcionario anunció que «casi con seguridad» se trata de una imagen de Psamético I, un faraón menos conocido que gobernó Egipto entre 664 y 610 antes de nuestra era (a.n.e.), revirtiendo así las estimaciones con que la arqueología había comenzado sus pesquisas.

Ramsés II, quien se creía estaba tras el enorme busto de cuarcita, ejerció el poder mucho antes. Entre 1 279 y 1 213 (a.n.e.)

«No vamos a ser categóricos, pero hay una fuerte posibilidad de que sea de Psamético I», dijo el-Anania a la prensa en el famoso museo egipcio de El Cairo.

Además, afirmó, según la agencia Reuters, que el giro en la pesquisa arqueológica sobre la estatua se produjo por jeroglíficos descubiertos en la parte trasera de uno de los pilares de la imagen, pues las figuras representadas provienen de la época de Psamético I.

Este monarca, tal vez menos espectacular en vida que Ramsés II (pues tras la muerte ha tenido una reaparición realmente digna de un faraón), fue reconocido por traer la estabilidad a Egipto después de años de turbulencia. Gobernó unos 600 años después de Ramsés II y durante más de cinco décadas.

El viaje después de la muerte

Moamen Othman, jefe de restauración del museo de El Cairo, que posee la mayor colección de objetos faraónicos, señaló que los retos que se avecinan para los especialistas son principalmente un estudio de cambio de ambiente, que demoraría al menos tres meses, y la restauración y preparación de la estatua para sobrevivir en un contexto diferente al que estaba.

Más allá de todos los estudios y desafíos arqueológicos, Psamético parece querer ser benevolente también en su viaje después de la muerte, ese al que tanto los antiguos egipcios solían dedicar su cultura. El descubrimiento de la estatua de cuarcita es también un hecho satisfactorio en un contexto en el que Egipto vive una compleja crisis económica, y la rama turística, una de las más importantes para la nación, aún no se ha recuperado de los años de disturbios políticos que dañaron al país como destino.

Los funcionarios egipcios señalaron en rueda de prensa, en la que hubo presencia de importantes figuras nacionales, estar ansiosos por explotar las ventajas publicitarias del hallazgo. Y si se tiene en cuenta que el Ministro de Turismo prometió en enero de este mismo año, como señala el diario español El País, que el objetivo de la economía egipcia es llegar a diez millones de turistas en 2017, la estatua será, por ello, un atractivo no solo desde la ciencia. Con tantas expectativas que cumplir, será exhibida en el Gran Museo Egipcio, que se pretende inaugurar próximamente en las cercanías de las pirámides de Giza, una posición también estratégica para elevar las visitas de turistas a la capital.

Como si no fuera suficiente benevolencia de Psamético dar nuevos caminos a la arqueología, a la historia del arte y a la economía del país, el egiptólogo Khaled Nabil Osmantras calificó el hallazgo de «impresionante» y afirmó a la agencia AP que el barrio de El Matareya podría estar repleto de otras antigüedades enterradas entre barro y aguas subterráneas. ¿Desespero económico, o realidad arqueológica?

Por encima de la ciencia, tal vez en ese entramado complejo en que economía, vida política y sociedad se alimentan y conviven, pareciera que un faraón quiere hasta ayudar a Egipto en su viaje ultraterreno, de todas las formas posibles. Ganchos publicitarios de lado, el busto de cuarcita es otra pieza en el enorme retrato del Egipto antiguo y su maravillosa cornucopia de tesoros ocultos. Es un anzuelo que sigue motivando a los egiptólogos y habitantes a caminar sus arenas casi prodigiosas.

El (re)descubrimiento arqueológico del Abri Blanchard

Los fragmentos olvidados del Abri Blanchard, piezas rocosas con representaciones de incipiente arte rupestre, fueron estudiadas recientemente por el profesor Randall White, del Centro para el Estudio de los Orígenes de la Humanidad en la Universidad de Nueva York, y revelaron el segundo gran regalo arqueológico del mes: una fecha mucho más antigua para el surgimiento del arte en Europa.

Cuando los primeros arqueólogos las encontraron, en la segunda década del siglo pasado, fueron descartadas como piedras sin mucho valor científico. Sin embargo, la nueva investigación acaba de descubrir en aquellas rocas de un yacimiento prehistórico en el suroeste de Francia, la representación de un animal más antigua del Viejo Continente. Y, por tanto, la datación de lo que conocemos como el principio de la representación artística en esa área geográfica se mueve en los calendarios a una fecha que hasta hoy ni imaginábamos.

Este hallazgo, el grabado de un uro (un toro extinguido) realizado hace 38 000 años, enmarca la representación gráfica-artística en la época conocida como el Auriñaciense (años 43 000 al 33 000 a.n.e.), en el Paleolítico superior, cuando los primeros Homo sapiens comenzaban a expandirse por Europa.

Fueron realizadas milenios antes que las de Altamira o Lascaux, por lo que este (re) descubrimiento ofrece una nueva puerta para la comprensión de la etapa más remota del Homo sapiens y abre novedosos senderos a la Historia del Arte.

El grabado de Abri Blanchard se realizó con una técnica muy parecida al puntillismo de Seurat, del siglo XX. Foto: Tomada de Hispan TV

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