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Amor entre dos ciencias

El sentimiento más universal y cantado por los poetas puede ser hoy revisitado a la luz de la neuroquímica y la sicología

Autor:

Iris Oropesa Mecías

Muchos han tenido algún momento en la vida en que desearían que existiera algún tipo de remedio indoloro y mágico que se pudiera tomar para «desenamorarse» de alguien inadecuado. Y si pudiera, de paso, borrar toda memoria de haber conocido al fulano (o fulana), pues a pedir de boca. Supongo que también a alguna de mis amigas les encantaría poder poner algo en la comida del candidato de sus sueños para programarle en su configuración: «Tengamos un hijo ahora mismo». Pero aunque la realidad nunca es tan sencilla como las películas de sábado, que ya lo sabemos, la ciencia ha logrado a partir de la modernidad desentrañar secretos neuroquímicos y sicológicos del amor.

Ya sabemos que desde el mundo antiguo, y antes incluso, se ha representado, cantado, reflexionado y hasta asesinado en nombre del amor, pero no sería hasta la época moderna que la ciencia se atrevería a buscar bases físicas dentro de nuestros cerebros para, en ese afán de verificación y descripción constantes, dar con los intríngulis y las características físicas del fenómeno emocional.

Química

La neuroquímica ha sido la disciplina que según algunos ha robado la poesía al sentimiento más poético, aunque podríamos decir que simplemente ha leído a su propio modo la lírica amorosa.

El profesor Larry Young, de la universidad de Emory, en Atlanta, ha apuntado para la revista Nature el proceso central más básico: En los animales, los científicos han descubierto que una sustancia química, la oxitocina, es la responsable de desarrollar el vínculo entre la madre y su hijo. Y los estudios sobre el tema amoroso en seres humanos apuntan a un proceso muy similar.

Por su parte, otra de las estudiosas más famosas en cuanto a este tema, Helen Fisher, profesora en el departamento de Antropología de la Universidad Rutgers, de Nueva York, conocida como La antropóloga del amor, ha descrito de modo muy preciso las distinciones en diversos tipos de cerebros:

«Después de decodificar la bioquímica del amor, hemos constatado que hay cuatro tipos de sistemas cerebrales, según la sustancia que más se segrega, y que estarían ligados a personalidades distintas y tendrían un papel en el enamoramiento. Si una persona produce mucha dopamina, un neurotransmisor cerebral, tiene una personalidad exploradora, curiosa, energética; si produce mucha serotonina, otro neurotransmisor, tiene una personalidad que yo llamo de constructor, convencional, meticulosa; si produce mucha hormona testosterona, es lógica, con gran decisión, de esas personas que les gustan la ingeniería o las matemáticas, y si produce muchas hormonas estrógenos u oxitocina, es de personalidad negociadora, imaginativa, compasiva. Pues hemos observado que las personas que tienen una personalidad curiosa o una convencional tienden a enamorarse de alguien que sea como ellas; en cambio, quien tiene una personalidad donde domina la testosterona tiende a sentirse atraído por quienes expresan mayores niveles de estrógenos y viceversa».

En el cerebro, pues, el amor puede describirse a través de una serie de procesos neuroquímicos que suceden en áreas específicas. Actúa con un intrincado sistema de compensación químico, de producción fisiológica y neuronal, que incita ese estado de euforia y placer tan mundialmente popular.

Sin embargo, quien haya estado alguna vez enamorado sabe que limitarse a una lectura desde una arista científica única sería verdaderamente querer abarcar ingenuamente un proceso que como todo lo humano, es demasiado complejo para un solo lente. No es posible mecanizar al amor, una de las críticas más comunes a los estudios neuroquímicos del fenómeno.

Amor y psique

Han sido muchas y muy diversas las teorías y escuelas que han asumido el estudio del proceso amoroso. Pero hoy presentamos a los lectores la teoría tripartita del sicólogo estadounidense Robert Sternberg, y la división por etapas de la mencionada antropóloga Helen Fisher, dos de las visiones que logran una armonía entre acercamientos químicos y síquicos al fenómeno.

Mientras Sternberg ha identificado tres componentes sicológicos básicos para mantenerse enamorado: intimidad, pasión y compromiso; Fisher ha llegado a dividir en al menos tres etapas principales los cambios neurológicos y emocionales.

La intimidad, entendida como aquellos sentimientos dentro de una relación que promueven el acercamiento, el vínculo, la conexión, se debe combinar con la pasión, según Sternberg, como estado de intenso deseo de unión con el otro.

Mientras que, si se añade la decisión de amar a otra persona y el compromiso por mantener ese amor de modo consciente, ya se puede hablar de amor consumado.

Este último componente implica mantener la relación en los buenos y en los malos momentos y un esfuerzo consciente ante los posibles obstáculos que aparecen.

El autor norteamericano apunta que son las combinaciones de varios de estos elementos las que aparecen en relaciones más logradas.

Helen Fisher, por su parte, ha apostado por describir desde un punto de vista multidisciplinario diversas etapas dentro de la relación de una pareja.

En un primer momento, que denomina de lujuria, prima la atracción sexual y el nivel de algunos neurotransmisores se  eleva (en particular la dopamina y noradrenalina). Además, a esto se suma el descenso de la actividad en el lóbulo frontal del cerebro, que se relaciona con el razonamiento lógico… De ahí puede venir que actuemos como verdaderos idiotas y lo peor… que ni vergüenza nos dé. (Ya tenemos justificación científica, al menos).

A medida que pasa el tiempo, otras áreas cerebrales comienzan a activarse paulatinamente. En la etapa anterior, el impulso no estaba limitado a una sola persona, pero luego comenzamos a fijarnos solo en una. Sería esta la etapa de amor romántico, en la que vamos estableciendo un compromiso, y se suele afirmar que llega tras unos tres meses al menos.

Pues en esta etapa surge la clásica sensación de «borrachera», donde uno anda «mirando a las musarañas por el otro». Se desarrolla un pensamiento fijo en la otra persona. Se activa en el cerebro el llamado «circuito del amor», que incluye al sistema de recompensas y al centro de placer del cerebro, y esto a su vez, corresponde a las partes más antiguas del encéfalo, las que tienen que ver con las conductas de supervivencia: alimentarse, ingerir líquidos, reproducirse, estar protegidos. Por lo tanto, durante el amor romántico el estar con la pareja se siente como una profunda necesidad de vida.

El cerebro segrega mucha dopamina, que favorece la concentración en un solo objeto, por supuesto nuestra pareja, y se expresa en euforia, placer y las emociones agradables asociadas al amor.

Se calcula según las estadísticas que esta fase dura alrededor de cuatro años, y que si se decide conscientemente continuar con la pareja después de ese tiempo, se llega a la etapa de unión o amor maduro.

Aquí ya comienzan a disminuir los niveles de dopamina, por lo que se relaja esa fijación con la pareja. Ya no se activan tanto las áreas de recompensa del cerebro, sino aquellas relacionadas con la seguridad y la calma para llegar a una especie de confort con la relación.

Los neurotransmisores que empiezan a predominar son la oxitocina y la vasopresina, los que están relacionados y tienen efectos muy parecidos. La oxitocina es el más conocido, pues está asociada a los sentimientos de confianza, generosidad y empatía; por eso es el momento en que muchas parejas comienzan proyectos familiares o de vida juntos.

Luego de esta etapa, que suele rondar los diez años, al decir de los sicólogos, lo esperado es que el ciclo reinicie con nuestra decisión consciente, pero claro, eso ya es tema de otra historia que no cabría en esta sección… Y no podemos echarle culpas a la ciencia por ello.

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