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El poeta cubano Plácido llega a su bicentenario

Como parte de la celebración la Academia Cubana de la Lengua ofrece un ciclo de conferencias sobre la vida y obra del poeta, el realizador Regino Oliver prepara un documental con el auspicio de la UNEAC y Letras Cubanas reedita sus Poesías escogidas

Autor:

Roberto Méndez Martínez

Gabriel de la Concepción Valdés (1809-1844), más conocido en las letras cubanas por su seudónimo Plácido, ha llegado este año a su bicentenario. Él, junto a José María Heredia y Gertrudis Gómez de Avellaneda, forma la tríada de los iniciadores de la expresión poética insular. Sin embargo, su obra es todavía insuficientemente conocida por nuestros lectores.

La existencia del poeta parece emular con las novelas folletinescas de su tiempo: nacido de los amores clandestinos de un peluquero mestizo con una bailarina oriunda de Burgos, fue depositado en el torno de la Casa Cuna, donde se le bautizó con el apellido Valdés. Rescatado poco tiempo después por su padre, tuvo una formación escolar efímera y comenzó muy pronto a prepararse como tipógrafo en el célebre establecimiento de José Severino Boloña, donde tuvo su primer contacto con las bellas letras. Sin embargo, las dificultades económicas, la marginación social por su condición de mulato y un temperamento harto inquieto, lo llevaron a una existencia azarosa. Si por un tiempo se destacó como artesano que confeccionaba peinetas de carey, acabó adoptando la palabra como oficio.

Con una cultura desigual y obtenida a saltos, pero, a la vez, con una excepcional capacidad como improvisador, Plácido pudo llevar a la vez algo así como una doble obra: una «poesía mayor», compuesta por odas, sonetos, octavas, romances, en los que su fogoso temperamento y el aire de los tiempos le iría llevando del neoclasicismo tradicional hacia el hallazgo de una auténtica expresión desatada y romántica, y por otro lado una «poesía artesanal», destinada a procurarse el sustento: llegó a firmar un contrato con el periódico La Aurora, de Matanzas, para entregar un poema cada día, en el que celebraba una festividad o suceso luctuoso relacionado con algún personaje notable de la ciudad o escribía en verso un mensaje amoroso que firmaría otra persona. A esto habría que sumar las fiestas donde se le buscaba para improvisar ante los invitados, muchas veces a partir de los más disparatados pies forzados.

Plácido no fue quizá un hombre de claro pensamiento independentista, pero estaba inconforme con su condición de persona discriminada en un país colonial, veía con aversión el régimen esclavista y la corrupción de la administración española. En algunos de sus poemas (El juramento, Muerte de Gessler, Muerte de César) hay alusiones a lo imperioso de arrojar del país a la dominación extranjera o simplemente eliminar al «tirano».

Como otros poetas románticos de ambas orillas del Atlántico, Valdés fue un hombre perseguido por la fatalidad. En 1844 se desató en Cuba el llamado «Proceso de la Escalera», destinado a reprimir algunas rebeliones de dotaciones de esclavos en ingenios del Occidente de la Isla. Plácido, considerado peligroso por su condición de intelectual, fue detenido y llevado a la muerte el 28 de junio de 1844. Según la tradición iba declamando un poema compuesto en la cárcel y que es uno de sus textos más conocidos: la Plegaria a Dios.

Este bicentenario ha tenido ya gestos fecundos, baste con recordar los festejos organizados en la ciudad de Matanzas, la celebración de la conmemoración por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana y la Academia Cubana de la Lengua, que está ofreciendo un ciclo de conferencias sobre la vida y obra del poeta, a lo que habría que añadir el documental que, con el auspicio de la UNEAC, prepara el realizador Regino Oliver; un concurso de ensayo, un coloquio internacional y la reedición por Letras Cubanas de sus Poesías escogidas.

No obstante, lo esencial es que la voz de Plácido y su canto nos embargue porque, como aseguraba Lezama: «No canta saltando el papel pautado de las escalas del sonido, sino en el aire y para el aire. Y ese aire fresco, juglaresco de Plácido todavía sigue acariciando las mejillas del cubano, con un canto de encanto peculiar».

 

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