Ambrosio Fornet: Sí se puede ya es estar en camino

Para Premio Nacional de Literatura 2009, lo que le ha aportado Cuba a sus semejantes en el resto del mundo, es la convicción de que sí se puede

Autor:

Yinett Polanco

La 19 Feria Internacional del Libro será el espacio propicio para entregarle de manera oficial el Premio Nacional de Literatura 2009 a Ambrosio Fornet. Ensayista, editor, escritor de ficción, guionista… hombre que se define a sí mismo afirmando que «uno es —como suele decirse— hijo de sus actos, y yo —primero sin proponérmelo y después muy conscientemente— no he hecho otra cosa en mi vida que relacionarme de un modo u otro con las palabras, con los textos». La publicación de monografías como El libro en Cuba; siglos XVIII y XIX, libros de cuentos como A un paso del diluvio y volúmenes de crítica literaria como En tres y dos, En blanco y negro, Las máscaras del tiempo y Signos refrendan su relación intrínseca con el mundo a través del prisma de las letras.

Un decenio antes a Ambrosio le fue conferido el Premio Nacional de Edición. A su lista de reconocimientos se suman también las distinciones Por la Cultura Nacional, Raúl Gómez García, la condición de Miembro de Mérito de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Medalla Alejo Carpentier. Sin embargo, tantos reconocimientos parecen no abrumar a este hombre de semblante apacible, fino humor y pluma certera.

En la historia de las letras en Cuba, de la cual forma parte, el nombre de Ambrosio Fornet está ligado al de otros grandes de la literatura cubana y universal como Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Mario Benedetti y Roberto Fernández Retamar. Los unen grandes sueños y proyectos como la Editorial y la Imprenta Nacional, la Casa de las Américas y la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, por solo citar algunos de los sitios donde ha dejado su impronta.

—Mucho se habla de la presencia decisiva de Ambrosio Fornet en los primeros tiempos dentro del movimiento editorial cubano luego de 1959. ¿Cómo evoca aquellos días cuando era fenómeno corriente el nacimiento de nuevas colecciones, y con ellas se luchaba por armar el sustrato cultural que necesitaba la obra de la Revolución?

—Creo haberlo dicho en otras ocasiones: mi generación vivió el momento del triunfo con la doble y contradictoria sensación de que al fin «habíamos llegado» —para usar la célebre frase de Máximo Gómez— y de que todo estaba por hacer, lo que en el terreno editorial, como en tantas otras cosas, era absolutamente cierto. Pero cuando llegué a la Editorial Nacional para dirigir —junto a Edmundo Desnoes— las colecciones de Arte y Literatura, ya se había recorrido un buen trecho gracias a la impresionante labor de la Imprenta Nacional, que se extendió por dos años, entre 1960 y 1962. En ese breve lapso se publicaron, diría yo, todas las grandes novelas europeas —desde El Quijote hasta Madame Bovary— y una gran cantidad de clásicos de otros géneros que merecían ser publicados. Pero no la literatura del siglo XX, con la excepción de los novelistas soviéticos. Nosotros decidimos «poner al día» el plan editorial y, además, armar nuevas colecciones que llegaran a círculos más amplios de lectores, como efectivamente sucedió con la Colección Cocuyo, que gozó de mucha popularidad.

—Existe una visión muy socorrida en nuestros medios de que el ámbito de la crítica es uno de los que con mayor rezago corre en el desarrollo cultural cubano; sin embargo, cuando en la pasada Feria del Libro se presentó el más reciente de sus volúmenes, Signos, Ambrosio Fornet afirmó: «Estamos en uno de los momentos más interesantes de la crítica cubana, y de los libros de crítica que aparecen, y del nivel de esos libros; diría que jamás en mi vida me imaginé que el movimiento crítico cubano llegaría al nivel que llegó a tener en el siglo XIX». ¿Cómo dialogan estas opiniones aparentemente encontradas sobre el estado actual de este género en Cuba?

—Sí, se producen esos desajustes de perspectiva porque no existe entre nosotros una sólida definición del oficio. En otras palabras: ¿de qué hablamos exactamente cuando hablamos de crítica?, ¿de reseñas, es decir, de lo que pudiéramos llamar críticas periodísticas o de investigaciones y ensayos sobre corrientes literarias o sobre el conjunto de una obra, ya sea una obra individual o una determinada tendencia artística (la novela histórica o la poesía coloquial o la literatura fantástica)? Lo que uno siente que falta es lo primero, la reseña y evaluación de lo que va saliendo, la valoración de obras y tendencias desde diversos puntos de vista y con clara conciencia de su importancia, o no, dentro del conjunto de nuestra literatura. Las investigaciones y ensayos, en cambio, tienen la amplitud, el nivel y la diversidad a la que ya me refería en la pasada Feria del Libro.

—Cuando se menciona su nombre se le asocia mayoritariamente al mundo de la letra impresa, pero usted estuvo a cargo de un proyecto editorial y de la edición de varios volúmenes sobre dramaturgia cinematográfica al inaugurarse la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, fue jurado del III Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana en 1981 y ha impartido talleres de guión y dramaturgia cinematográficos. ¿Hasta dónde llegan para usted las conexiones entre cine y literatura?

—En algún momento me vi obligado a acuñar el término cinelitura para mostrar en parte mi desacuerdo con el criterio —justo por lo demás pero incompleto— de que el cine «es imagen». Se trata de un lugar común que nos hace olvidar, demasiado a menudo, que los largometrajes de ficción, antes de ser «imagen», son guiones cinematográficos, es decir, palabras que suscitan posibles imágenes, las que a su vez se ven reforzadas por diálogos o narraciones, es decir, por nuevas palabras. Hace poco tuve el privilegio de ver en la UNEAC, gracias a la gestión de Desiderio Navarro, la versión fílmica de Acrópolis, de Grotowski, y me sorprendió el papel que desempeñan en ella las palabras —palabras cuyo sentido no entendí, porque no hablo polaco y la película no tenía subtítulos— pero que obviamente formaban parte de la puesta en escena, aunque solo tuvieran un carácter ritual. En dos palabras: en mi condición de guionista aficionado y de profesor de guión para jóvenes aficionados solo concibo el cine como cinelitura.

—Recurriendo a una afirmación suya uno de los elementos que nos diferencia de otros países en el mundo es que «para nosotros el libro —la lectura en general— es un bien que debe estar al alcance de todos». En este sentido ¿cuál es la importancia de eventos como la Feria del Libro?

—Esa idea de que el libro —es decir la cultura acumulada en los libros y el diálogo con otras culturas y corrientes literarias y artísticas— debe estar «al alcance de todos», no nos diferencia sino que asemeja a la mayoría de los demás países. Lo que nos diferencia realmente es lo que hemos hecho para convertir ese principio en realidad, o sea, el hecho de haber puesto en práctica ese principio, desde la Campaña de Alfabetización hasta el subsidio del movimiento editorial, que convierte nuestros libros en los más baratos del mundo. No habrá tanta variedad para escoger pero uno sabe que aquel que se le antoje, puede adquirirlo sin problemas. A las librerías del extranjero uno va a sufrir; no hay manera de que el libro que uno quiere esté al alcance del bolsillo.

—Si «entre nosotros funciona desde siempre ese principio de desmesura que consiste en pensar la Isla a escala mundial», coloquémosla una vez más en ese amplio marco. ¿Cuánto cree Ambrosio Fornet que le ha aportado Cuba a los referentes planetarios en materia de liberación social y transformación cultural?

—No hay nada que yo deteste más que el chovinismo —un sentimiento mezquino, propio de ese aldeano vanidoso de que hablaba Martí, y temible cuando se trata de naciones poderosas— pero debo reconocer que la historia de nuestro país, su nivel de mestizaje racial y cultural, el hecho de ser vecinos y estar tan estrechamente ligados —para bien y para mal— al país más poderoso del mundo, y por último —aunque no en orden de importancia— el haber tenido maestros como Martí y discípulos suyos como Fidel, son factores que han proyectado la Isla en ese marco desmesurado. Lo que le ha aportado Cuba a sus semejantes en el resto del mundo, es la convicción de que sí se puede. El esfuerzo es descomunal, a veces se tiene la impresión de que excesivo, pero si uno pasa balance y mide lo que ya se logró llega a la convicción de que sí se puede. Para quienes hace 50 años pensaban que no se podía, que eso era imposible, saber que sí se puede ya es estar en camino.

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