José Martí, Ramón Meza y Mi tío el empleado

Al conmemorarse este año el sesquicentenario del nacimiento de Ramón Meza y el centenario de su fallecimiento, resulta interesante volver a las ponderaciones martianas acerca de la novela Mi tío el empleado

Autor:

Cira Romero

La literatura de un país, como el resto de las artes, se construye con cimas y simas. La cubana no es una excepción. Si de novelas y novelistas se trata, nuestro siglo XIX aportó dos nombres considerados fundacionales: Cirilo Villaverde (1812-1894), autor de Cecilia Valdés; o La Loma del Ángel (1882), y Ramón Meza (1861-1911), que en 1887 dio a conocer Mi tío el empleado.

José Martí, novelista también, aunque el género no le complacía, «porque hay mucho que fingir en él», dio a conocer en 1885, en el periódico neoyorquino El Latino Americano, por entregas, y bajo el seudónimo de Adelaida Ral, la titulada Amistad funesta, conocida además con otro título: Lucía Jerez.

Frente a la grandeza de la obra martiana en otras manifestaciones, su novela quizá palidezca, a pesar de que ha recibido en años cercanos un notable y enriquecedor acercamiento; pero como sí fue un notable crítico, se aproximó, aunque con diferentes propósitos, a Villaverde y a Meza. Al primero le dedicó un obituario en el periódico Patria. Lo llama «patriota entero», «escritor útil» y autor de una «inolvidable novela». Pero de Mi tío el empleado, publicada en La Habana y leída por él con bastante prontitud, dejó un comentario memorable en el periódico neoyorquino El Avisador Comercial (25 de abril de 1888).

Al conmemorarse este año el sesquicentenario del nacimiento de Ramón Meza y el centenario de su fallecimiento y, así mismo, en fecha próxima, el 116 aniversario de la caída de Martí, resulta pertinente volver a las ponderaciones martianas acerca de esta novela.

En el primer párrafo, y de manera magistral, el Primer Cubano sintetiza su argumento, interesante de reproducir para, si acaso fuera necesario aún, despertar el interés del lector de hoy: «Esta es la historia del poblano don Vicente Cuevas, que llegó a Cuba en un bergantín, de España, sin más seso, ciencia ni bienes que una carta en que el señor marqués de Casa-Vetusta lo recomendaba a un empleado ladrón, y con las mañas de este y las suyas, amparadas desde Madrid por los que participaban de sus frutos, paró el don Cuevas de las calzas floreadas y las mandíbulas robustas en “el señor conde Coveo”, a quien despidieron con estrépito de trombones y lujo de estandartes y banderines los “buenos patriotas de La Habana”, cuando se retiraba de la ínsula, del brazo de la rica cubana Clotilde. Esta es la vergonzosa historia, dicha con sobrio ingenio, cuidado estilo y varonil amargura».

Meza concibió una novela singular, atípica, moderna, donde, quizá sin proponérselo, o quizá porque fue un artista de la palabra, logró efectos plásticos a través de un uso justo de ella, pero, además, su obra se enriquece gracias al empleo verbal de la luz y de las atmósferas creadas, esperpénticas, retorcidas, como esperpéntico y retorcido era el colonialismo español impuesto a la Isla.

En sus páginas, bien lo anota Martí, queda al descubierto la desvergüenza de la burocracia de un imperio ya en decadencia, pero persistente aún en la Cuba oprimida; como también advertimos la perspicacia martiana al destacar como elemento cohesionador la destreza de Meza para observar, y como ha expresado un crítico, «ver la fibra soterrada de los fenómenos, la palabra que recoge la impresión, pues ha levantado la máscara funambulesca de estos auténticos personajes trágicos».

Dice Martí que en la novela «hay ojos centellantes bajo esa careta pintarrajeada», en tanto que eleva la risa farsesca, la contorsión bucal, a una categoría estética superior: «Todo eso se cuenta en el libro   —dice Martí— que parece una mueca hecha con los labios ensangrentados». Acercándose a críticos de hoy, advierte en la narración «ese aire de parodia a la copia intencionada de lo natural», a la vez que subraya cómo el autor ha dado fe artísticamente del hueco infernal que fue este «país de pillos».

Nadie mejor que José Martí, engarzado ya en su preocupación por cohesionar a los cubanos en pro de la «guerra necesaria», estaba preparado para acometer una crítica poderosa a una novela que también lo fue. Convencido de que España era ya una imagen distorsionada de su antiguo esplendor, necesitaba alabar esta novela que, como él mismo apuntó, «Es un teatro de títeres, de títeres fúnebres».

En el momento de publicarse, la crítica literaria cubana, excepto la debida a Martí, la rechazó. Plumas tan excelsas como las de Enrique José Varona y Manuel de la Cruz le anotaron reparos hijos de la incomprensión o la ceguera. En el siglo XX, y en particular tras el triunfo de la Revolución, la obra alcanzó la dimensión que solamente el Héroe Nacional cubano supo darle. José Lezama Lima, Cintio Vitier, Lisandro Otero, Reynaldo González y Antón Arrufat, entre muchos, han contribuido a recolocarla en su lugar. También Alejo Carpentier: «Hemos de reconocer que la novela de Meza es una singularísima novela, que escapa a las normas corrientes de la narrativa de su época».

Las librerías cubanas disponen hoy de esta novela, en una nueva edición acompañada de valiosos textos críticos. Volver a Mi tío el empleado es acercarnos a un exponente singular, recio y solitario de la novela cubana del siglo XIX.

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