Pasión por los traidores

Autor:

Juventud Rebelde

No sé por qué yo necesito a los traidores. En especial a este que se gasta y, en su inmovilidad parece una estatua del parque. Quiero que sepa cuánto hay en mí hacia él de admiración y odio, pero está tan ocupado tratando de vivir que, aunque parece que asintiera, nunca da importancia a nada que le digo.

Es el tercero de mi lista. Mi colección sigue creciendo sin que yo pueda detenerme. ¿Corro el peligro de corromper mi espíritu disfrutando el goce de perseguir a los traidores, en sus días finales, y observar cómo luchan contra la lenta, la sosegada muerte? ¿Que ella venga aplastante y dolorosa, y nada pueda confirmar ante mí el sufrimiento de ellos, el arrepentimiento? Siempre la cabeza erguida, el sombrero de fieltro y el bastón como un arma; estática y digna figura de alabastro, imagen de pureza y de paz intolerable que enerva mis sentidos.

Es injusto este vicio, hablo de esa afición enfermiza que voy adquiriendo yo por los traidores. Ni este ni ninguno de los que hallo en el transcurso de mi obsesiva búsqueda en hospitales, asilos, o casas de amigos, familiares cercanos o vecinos, admiten ser culpables. Nada les pesa, nada les abruma. Tampoco aquellos —jóvenes aún— que detecto con olfato afinado, en circunstancias pasajeras, tratando de pasar inadvertidos, evitando que descubran sus miradas de soslayo, sus oídos ansiosos y esa capacidad innata de amenizar e incentivar el diálogo profundo, complejo, encaminarlo hasta que dé sus jugos esenciales, y completar así las biografías de excelencia que después venderán a sus postores. Tengo la impresión de que ellos —como este viejo que mira con su vil inocencia, abrazado a la muerte, reteniéndola en vano— sienten lástima de mí. Aunque sonrían obsequiosos y compartan algún secreto —en prueba de confianza a mi persona—, sé bien que todo es falso; ellos no me aceptan; no reconocen mi hoja de servicios.

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