Los barcos de Emerio Medina

Los barcos terminados (Ediciones Unión, 2015), es un volumen de cuentos que tienen en común una visión poco frecuente de la realidad

Autor:

Anele Arnauto Trillo

Los barcos terminados (Ediciones Unión, 2015) es un volumen de cuentos que tienen en común una visión poco frecuente de la realidad, que tiende a desdibujarse a veces, otras a mostrarse desde aristas menos exploradas y, quizá por eso, más interesantes.

Su autor, Emerio Medina (Mayarí, 1966), hace gala de un oficio cada vez más evidente y de una prosa que se regodea en ideas, hechos y emociones, modelando y retocando cada frase, volviendo sobre lo dicho con algún dato nuevo que ilustre al lector, y sobre todo que lo conmueva.

Para ello se vale de historias fantásticas, que manejan el absurdo, y de otras franca y desgarradoramente realistas, pero todas con una perspectiva muy humana, sin pretensiones moralistas o prejuiciosas.

Precisamente en el ámbito de lo fantástico se pudiera incluir el primer cuento, La noche larga, que comienza diciendo: «Desde algún rincón la voz de la casera anunció que no había salido el sol aunque ya fuera casi mediodía» (p. 5). A partir de ese conflicto que se enuncia en la oración inicial se va desenvolviendo la trama de este relato. Resultan relevantes como personajes los recién casados, el docto y fabulador Manuel Beltrán, el director Cáceres —quienes formaron parte de una comisión dirigida a buscar explicaciones luego de cinco días sin sol—, así como el de la santera Juana Aurelia —a quien le roban/decomisan la última velita del altar para emprender la misión—, además del borracho, que exige, levantando su botella: «Que venga alguien del Gobierno a explicar lo que pasa» (p. 9).

También se inscribe en el género fantástico —el cual solo se vislumbra hacia el final— el cuento titulado Holoturia, especie de revancha de un antiguo compañero de escuela. Aquí aparecen tratadas de una manera bastante acertada las diferencias entre algunos estratos sociales. En un extremo tenemos al personaje protagónico, David el Tuerto, con un trabajo que incluye constantes viajes al exterior, además de un salario considerable; por el otro están Marcel y Alberto, obligados a sobrevivir a duras penas con una remuneración muy modesta, luego de una niñez en la que maltrataban al luego enriquecido David.

En el espectro realista se inscribe, por ejemplo, Nueva York, el mangle, el filo del hacha, trozos de la vida triste y deteriorada de un hombre trabajador, envejecido y loco tras una tragedia familiar: la muerte de sus hijos en el mar. Los desvaríos de su cabeza, los deseos reprimidos, los sueños de encontrar un paraíso en una ciudad como Nueva York, donde su desesperada imaginación ubica a sus hijos, llenan estas páginas de un encanto y una tristeza francamente conmovedores.

También de corte realista son los relatos Los encuentros cercanosLos barcos terminados. Ambos reflejan el ambiente citadino de La Habana y los múltiples conflictos de sus humanos y complejos personajes.

El universo adolescente femenino se toca en La villa, un campamento barato tomado por chicas que necesitan ensayar para una competencia de baile, con un ambiente onírico e irreal; mientras que el mundo adolescente masculino aparece reflejado en El beso, de una manera profunda y sincera, con los conflictos internos de un muchachito que siente emociones sensuales hacia la joven esposa de su tío.

El libro contiene, además, varios cuentos breves de asuntos muy interesantes y trabajados con gran precisión, sin descuidar un mismo estilo en el lenguaje. Ellos son: La niña, la puta y tú, con una manera extraña y novedosa de acercarse al tema de la prostitución; El viejo, el funcionario y el pez, el cual es un homenaje a esa gran obra que es El viejo y el mar, de Ernest Hemingway; Ella se vestía de bruja, con un final sorprendente y asfixiante, y La frazada, historia sobre dos ancianos, dos niños y una sola frazada.

Mención aparte merece Serpenscubensis non paritequinum (Crónica de un viaje a las fermosas, fetecunescas y poco fértiles tierras de Holguín), escrito imitando un castellano antiguo, mezclado con «cubano» actual y una dosis de latín. Este es un «divertimento», según me comentaba hace un tiempo el autor, y a la vez una disculpa/homenaje en tono jocoso hacia el también talentoso narrador oriental Rubén Rodríguez.

En cuanto a la factura de este libro, hay que destacar el sugestivo diseño de cubierta de Elisa Vera, así como la impecable diagramación de Onelia Silva.

Emerio Medina ha escrito historias que no han sido pero que pudieron ser, personajes imperfectos y creíbles, de esos que abundan entre nosotros y que son, simplemente, victimarios y víctimas de su propia existencia.

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