Lectura

El Tintero presenta a los lectores dos muestras de los cuentos breves del joven escritor Raúl Flores Iriarte

Autor:

Raúl Flores Iriarte

Aún

La moda nueva eran las reseñas. Una sobredosis de revistas y sitios web dedicados a reseñar multitud de libros, películas, situaciones sociales, aperturas de ballet, noches de ópera y exposiciones artísticas. Selvas enteras con árboles destinados a proveer el papel necesario para todas esas reseñas que causaban furor en el mercado mundial. Al fin y al cabo, era más fácil leer un pequeño artículo (tres cuartillas) reseñando la más reciente novela de Stephen King (mil doscientas cuartillas) que dedicar tres o más meses a leer la novela en cuestión. La gente pasaba a comentar las reseñas a tal película en vez de gastar una hora y media de tiempo en ver el filme.

Un nuevo tipo de reseña y crítica literaria apareció: la reseña de la reseña. Tres cuartillas dedicadas a criticar la buena o mala calidad de otras tres cuartillas cualesquiera.

Los reseñistas y articulistas de diarios, revistas y páginas web tenían el poder en sus manos. Eran capaces de diseñar una campaña de oferta y demanda. A veces eran incapaces de hacerlo, pero igual lo intentaban y el resultado era un completo desastre que muchas veces los dejaba satisfechos. Podían reseñar lo que siempre habían querido ver, lo que siempre hubieran deseado leer. Así comenzaron a aparecer artículos que elogiaban libros que no habían sido escritos, películas que no habían sido filmadas, vestidos que no habían sido diseñados.

Aún.

Como resultado, los escritores empezaron a escribir los libros ficticios reseñados, para que estos a su vez fueron reseñados en un círculo vicioso que nunca llegaba a cerrarse. Y para complicar más el asunto, los escritores comenzaron a hacer reseñas sobre sus libros no escritos. Ya algún día escribirían esas mismas obras, pensaban ellos. Ya algún día filmaremos esas mismas películas, se decían los cineastas mientras dictaban conferencias sobre filmes aún no llevados al celuloide. Esto constituía la normalidad y nadie veía en ello ningún problema.

Algo de esto cambió cuando, en el noticiero de las once, uno de los locutores dio el parte de una noticia que no había sucedido. Cartas airadas y protestas del público llegaron a los estudios televisivos. Si los locutores empezaban a inventarse las noticias ¿en quién se podría confiar para informarse sobre la marcha del mundo? ¿Qué sería lo próximo? ¿Meteorólogos inventándose el parte del tiempo? Si anunciaban un golpe de Estado en alguna lejana república, ¿deberían los ciudadanos de ese Estado levantarse en armas para autentificar lo apócrifo?

Un escándalo. Un verdadero escándalo.

Los del estudio de televisión se encogieron de hombros y siguieron con sus vidas. Era solo otra moda nueva que acababa de empezar.

Camarera

Las camareras de este hotel tienen magníficas piernas. Me he fijado en eso. Cuando llego al restaurante me preguntan qué deseo para comer. Me leen el menú. Arroz blanco, arroz moro, plátanos fritos, pollo asado, bistec de cerdo, etcétera, etcétera. Pero yo no deseo bistec de cerdo, mucho menos pollo asado. Yo solo tengo ojos para las piernas de la camarera. Son piernas magníficas, de primer nivel.

¿Qué desea para comer?, me pregunta el capitán, y yo le digo que las piernas de la camarera y un poquito de arroz blanco. Así que me traen las piernas en una bandeja de salsa humeante y yo las disfruto en plenitud, porque resulta que tenía la razón: esas piernas saben a gloria. Ni siquiera toco el arroz blanco.

Sobre el plato solo dejo los huesos. Entonces viene el capitán a decirme que la camarera se siente muy triste sin sus piernas y ha decidido quitarse la vida. Por favor, dice él, Si usted fuera tan amable de comerse el resto del cuerpo.

Yo le respondo que ya estoy lleno, no me cabe más comida, que mire cuántas mesas hay, que reparta el cuerpo a como se pueda por entre el resto de los comensales.

El capitán pone el grito en el cielo, y dice que dónde se ha visto eso. ¿Cuándo se ha visto que entierren a una persona en distintos ataúdes? Un brazo aquí, una pierna allá, el torso por alguna parte. Nunca se ha visto, así dice él. Por lo que me traen el resto de la camarera, debidamente aderezado, y yo le meto el diente. Descubro que aún me queda espacio y sobre la fuente solo vuelven a quedar los huesos. No obstante, guardo uno de los brazos para comérmelo más tarde. Pido que me lo envuelvan en una servilleta para llevármelo a casa. El capitán parece feliz. Así se hace, me dice con un apretón de manos.

En la noche tocan insistentemente el timbre y, cuando abro la puerta, me encuentro a la madre de la camarera, con un ataque de cólera. Era mi única hija, grita, dándome golpecitos en el hombro, Y usted se la comió; va a tener que pagar por eso.

Los gritos me molestan, los golpecitos en el hombro me duelen y no se me ocurre cómo parar eso. Termino dándole el brazo de su hija envuelto en la servilleta y le deseo buen apetito. Ella se va con el brazo en brazos y, mientras se aleja, me amenaza con llevarlo todo hasta los tribunales. Pero en la esquina es atropellada por un camión repartidor de periódicos y yo entonces puedo respirar aliviado.

A la tarde siguiente voy a almorzar al mismo restaurante y, esta vez, cuando me preguntan qué deseo, pido un bistec de cerdo, simple y llanamente.

No obstante, frente a mí se sienta una mujer de mediana edad que pide para almorzar las piernas del capitán. Cuando le sugiero que las compartamos ella me mira con una sonrisa de gratitud y me dice Sí, gracias; porque la verdad es que ella no iba a poder con todo.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.