El viento mece los columpios - Lectura

El viento mece los columpios

Autor:

Frank David Días Rondón

Cerró el baúl de un golpe y dio unos dos... tres pasos hacia el este o el oeste, en fin, andaba algo mareada y decidió abrir la ventana para tragar un poco de ese aire con petróleo que escupía el río Almendares. No es un buen olor, murmuró; pero mejor que oler dentro del cuarto… Cada vez más turbio, irrespirable.

No decidió reparar en el cauce, es más, nunca lo había hecho en tantas ocasiones frente al río, luego de cerrar el baúl. Aun ese día quedó atrapada en el triste desplazamiento de las aguas, en el verde condensado, en las clarias a través del fango y tras los pollos; y la gente con machetes decidida a poner fin a tantas mañanas de plumas desperdigadas por el fango. Esto es el colmo, dijo el vigía, anoche sorprendí a uno de esos bichos masticando el dedo gordo de mi bebé. Los machetes subían y bajaban y solo eso se escuchaba en  aquella madrugada, además de los pollos asustados y el vigía en pijama y sin armas prendido de un árbol, gritaba: Mátenlas, maten a las asesinas. Suficiente, gritó Priscila desde la ventana y la cerró con la misma fuerza que lo hiciera antes con el baúl. Fue hasta la cómoda. Tomó en la mano un par de clordiazepóxidos. Entró María, su madre, con la bandeja y el vaso con jugo para ayudar con las pastillas. Luego María se metió en la cocina. Empezaba a hornear la panetela, porque haría un pastel. Era el cumpleaños de su esposo, o difunto esposo, aunque nadie lo aseguraba. Cinco meses desaparecido. La policía lo daba por muerto, pero los vecinos creían que andaba, como de costumbre, bajo los pliegues de una falda. Siempre desaparece. Más tarde regresa eructando alcohol y sin un centavo. El jefe del sector tomó nota de las palabras de María, luego quedó pensativo a la sombra de un álamo que el viento mecía despacio, antes de emprender camino a la estación.

Priscila se enganchó unos jeans y fue hasta la cómoda para encontrar un peine, pero no lo halló. Llevaba tiempo sin peinarse. Seguían en el espejo las ojeras que se alargaban hacia los pómulos. Bebió el resto del jugo. Todo antes de ir a la cocina, donde habría de poner una mano sobre el hombro de María y asegurarle que hiciera un gran cake, como siempre se lo hicimos en todos sus cumple.

Salió a la calle. Aún la madrugada era espesa, con nubes rojas por delante de la Osa y la Casiopea. Priscila miraba al cielo. La brisa se le colaba entre los huecos del jeans. Había relámpagos. Era fácil advertir la cercanía del aguacero. De los que sacan las clarias y exclamaciones como mátenlas, maten a las asesinas.

Priscila pidió el último en la cola del estanquillo. No pasaba mucho tiempo sin que alguien la mirara (se trataba de su aspecto). Llovía cinco minutos después y los viejos dejaban la fila para buscar refugio. Priscila quedó sola frente al vendedor de periódicos y compró la prensa. Fue de regreso a casa bajo la lluvia, o quiso hacerlo, pero había que atravesar el parque, el agua y el césped; y los bancos se agrupaban alrededor de ella, como si quisieran atraparla. Corrió entre cinco o siete niños con pelotas y más allá. Las niñas bailaban al ula-ula o saltaban la suiza. Todo bajo un sol flojo que dio paso a una pandilla de nubes que llegó con mucha agua, en verdad mucha agua. Los niños fueron a parar, de la mano de sus padres, bajo algún techo. Ella seguía sentada en el columpio, inmóvil, con el rostro frambuesa, los dedos cada vez más arrugados, y algunas lágrimas le caían despacio por la cara. Despacio caía la lluvia. Despacio se movían las hojas de los álamos que rodeaban el parque.

La sorprendió un policía al tomarla del brazo. Priscila no abrió la boca. Se limitó a señalar con el índice la casa color mostaza al otro lado de la calle. Tardaron en abrir la puerta los de adentro. Hizo falta tocar más fuerte. Descargar con rabia la mano de la ley en medio de una música que amenazaba con hacer estallar los cristales en las ventanas. Hizo falta una patada a la puerta. La música se largó. Esperaron unos segundos niña y policía. Más allá de sus espaldas: la lluvia. Más allá de la espera, al fondo, estaba el parque lleno de columpios vacíos, llevados por el viento.

Un ruido en la cerradura les llamó la atención. Quedaron frente a una mujer envuelta en una sábana y con el rojo del lápiz labial desde la boca hasta una mejilla, ebria y todavía con el vaso y el vodka en una mano. Buenas tardes —alcanzó a decir antes de que el hipo la atacara—, buenas tardes oficial. El policía se limitó a preguntar por la madre de la niña y... El padre, oficial, es el señor del sofá. El padre de Priscila no dejó de rascarse la entrepierna mientras aseguraba: Es mía, es mía la hija de puta. Al policía le tomó un rato moverse del lugar, decirle: El único hijo de p… es usted. Más allá, el viento no dejaba de mover los columpios. Eran amplios los péndulos que formaban. No había grasa en la unión de los soportes, por eso sacaban unos chirridos leves, sostenidos. Priscila tenía ocho años y no comprendía aquella música de hierro frente a la casa color mostaza. Pero desde ese día empezó a creer que su padre la convocaba. Sospechó de una estrecha relación entre él y la frialdad de aquella tarde.

Amanecía en el parque del estanquillo. Una mañana sucia con el barrendero, atrapado en un remolino de papeles en la esquina. Los viejos regresaban por el periódico. Priscila seguía empapada mientras los rayos del sol, aún amanerados, no le quitaban el frío. Decidió ir a casa.

María abrió la ventana porque el aire en el cuarto daba náuseas. El baúl estaba abierto y las dos miraban dentro, o intentaban hacerlo con el cake entre las manos. Date prisa, le pidió Priscila, y se refería a unas cuantas oraciones que vomitaba a esa hora la madre y vomitaba la bilis a un costado de la hija, con mucho cuidado de no ensuciar el merengue, con todo el tacto de hacerlo hacia el fondo del baúl... Cantaron Feliz cumpleaños. Y luego cayó la panetela con todos sus adornos al interior del asunto. Y Priscila cerró el baúl con fuerza, mientras María regresaba a la cocina para hacer el almuerzo, y entre otras cosas leer el periódico. Pero en cuanto estuvo cerca de la meseta vio gusanos allí, además en la vajilla, en la celosía color frambuesa situada bajo la ventana por donde se dibujaba al fondo la extensión de fango que daba al río. Por momentos desaparecían los gusanos, pero no tardaban en regresar más gordos, más blancos que la última vez. Por eso abrió la boca en el fregadero y de un golpe salió un chorro con los restos del desayuno. El agua de la pila se hizo cargo del vómito y también el tragante. María se apoyó en las frías losas de la pared. Demasiado frías aquella tarde de olor a lluvia y color cemento. El aire acondicionado y el formol apretaban el cuarto con todas sus fuerzas. El forense le dio unos segundos. Estoy lista. ¿Segura?, le preguntó el forense mientras picaba un trozo de pan con el escalpelo. Sí, estoy lista. María vio de reojo el cadáver sobre la mesa, todavía cubierto por la sábana. El médico lo destapó. Entonces la luz del bombillo comenzó a parpadear; y la cara del muerto aparecía y desaparecía según el capricho del foco. Las ventanas fueron abiertas por una ráfaga de viento. Como en las viejas películas de horror. Por Dios, murmuró María y se santiguó. El aire provocaba un desplazamiento del bombillo. Este y el cable formaron un péndulo como el del columpio en aquel parque hacía años, según el cuento de Priscila. El forense cerró las ventanas y la luz ya firme y sin vergüenza se dejó caer sobre el rostro y el rigor mortis del cadáver. María, con una voz entrecortada, y casi imperceptible (y mucho disimulo), agregó: No es ese, por Dios, ese no es mi esposo.

Despegó las manos de las losas y con el periódico abierto vino a sentarse en una silla. Una brisa atravesó el pasillo. Ya en la cocina removió el bate de béisbol encima del aparador. El bate se vino abajo y dio contra el piso. María trataba de ignorarlo. Es más, fue de rodillas hasta el otro extremo. Priscila, que llegaba para servirse jugo porque era la hora de los clordiazepóxidos, entendió que el maldito bate asustaba de nuevo a su madre. Decidió deshacerse de él de una vez y para siempre. Lo arrastraba por el corredor mientras iba de regreso al cuarto.

La noche estaba espesa y la impresión general era que las clarias saldrían en cualquier momento a acabar con todo. Los vecinos pasaban los candados a las puertas donde dormían los niños. Afilaban los machetes. Todo en pleno silencio, excepto un par de grillos que hacían lo suyo. Ni rastro de la luna. Parada en la ventana, Priscila inhaló un poco del aire con petróleo que venía del río. El mareo no se le quitaba. Decidió bajar y llegarse a la orilla. Dominaba el ambiente un grupo de hombres con guatacas, machetes y palos. Uno de ellos, el vigía, aguardaba en la cima de un árbol, con la mano a la altura de la frente a modo de visera. Incluso arribaba el jefe del sector con una linterna y un spray. Prometía el final de las clarias. Priscila rió. Ni siquiera el imbécil puede oler un muerto a veinte pies de distancia, murmuraba ella desde la orilla. Luego regresó la vista al cauce condensado. El agua empezaba a agitarse. El vigía cayó del árbol y corrió. Ya vienen —gritaba—, ya vienen. Las clarias abordaron el fango como anfibios de combate. Fue una batalla medieval. Se escuchaba, ya lejos y medio tragada por la noche, la voz del vigía: Mátenlas, maten a las asesinas. Una brisa podrida le pasó a Priscila por la cara. Alguien le había dicho alguna vez que el petróleo tiene un olor fuerte, capaz de llevarse otros olores. La sorprendió María al ponerle una mano sobre el hombro. Priscila le dijo con firmeza: Necesito dos cubos, ahora mismo.

Fue una noche de machetes, cabezas de pescado y sangre. El fango se volvía oscuro, rojo vino. La gente resbalaba y caía al lodo. En ese punto de la madrugada no sabían si golpeaban en el suelo los restos de las clarias o viejas raíces que cruzaban los patios traseros.  Pedía permiso Priscila, con insomnio y un par de cubos. Drenaba hacia el cuarto todo cuanto pudiese del río. Se lamentaba también porque la peste no disminuía. A lo largo del corredor, María secaba el agua desbordada desde el baúl. Los gusanos fluían entre ambas filas de rodapiés. Incluso llegaban a tocar los dedos de María, y maldecía ella con un tono bajo, casi imperceptible. Miraba enojada a su hija cada vez que esta pasaba de largo con los cubos. Llegó a gritarle: Basta, es inútil. Pero su hija no la escuchaba. Amanecería un rato después. Afuera todos se irían a duchar, a dormir. Quedó Priscila en la mañana, sentada a la orilla del río. Arrojaba piedrecillas no muy lejos, viendo los círculos que estas dejaban en el agua, las ondas que por unos segundos alteraban el cauce tranquilo del Almendares, y se llevaban el olor a sangre y a lodo y a... Luego se iban al fondo, donde reinaba el verde condensado.

Frank David Frías Rondón (La Habana, 1977). Presidente del Consejo Municipal del Libro en Plaza de la Revolución. Premio de cuento Ernest Hemingway 2008; de cuento Alfredo Torroella 2009; de narrativa Félix Pita Rodríguez 2009; de narrativa Calendario 2012. Ha publicado los libros: Una recta entre dos puntos negros, Rigor Mortis, La capital de los muertos y Ellas quieren ser novias.

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