Alicia ya no vive aquí

El cuento que publicamos este domingo pertenece al libro Trilogía sucia de Manhattan, de próxima aparición

Autor:

Abel Fernández-Larrea Berriz

Abel Fernández Larrea. Narrador, editor, traductor y profesor universitario. Tiene publicados los libros de cuento AbsolutRöntgen, Berlineses y Los héroes de la clase obrera (Premio Uneac de cuento Luis Felipe Rodríguez 2012). Su cuaderno Trilogía sucia de Manhattan obtuvo el premio Calendario de la Asociación Hermanos Saíz en 2014. Se desempeña como editor en la Editorial UH.

Alicia ya no vive aquí

Su nombre era Alicia Mancini. Había nacido en Rivadavia, en la provincia de Mendoza, en la Argentina. Su infancia transcurrió así, en un ambiente rural, lejos de los grandes edificios, más cerca de los animales que de la gente.

La aburría la televisión, y no podía concentrarse cuando la madre le leía cuentos infantiles, pero el día que cumplió los cinco años una tía le regaló un vestido de raso azul, y a partir de ese día todo fue diferente.

En cuanto le pusieron el vestidito, en cuanto el raso azul tocó su piel blanquísima, sus músculos se tensaron, comenzaron a vibrar y ella inició una danza sin ton ni son, como si de repente la hubiesen atacado las hormigas.

Todos en la casa se quedaron profundamente impresionados por esta danza, y aplaudieron colmados por la emoción.

Así que, desde entonces, la pequeña Alicia Mancini decidió que lo que quería hacer en la vida era bailar.

Bailar, bailar, bailar y nada más que bailar.

Durante el resto de sus días.

Y quizá más allá, hasta la eternidad.

Todo hubiera estado bien, sin embargo, de no haber sido porque era un solo vestidito azul, un solo cuerpecito blanco dentro del vestido. Antes había bastado el cuerpecito blanco, pero después del vestido, después de los saltos y la danza loca como una nube azul batida por el vendaval, ya nada podía ser lo mismo.

Y entonces se volvió un ser inconstante. La mayor parte del tiempo prefería la compañía de los animales en el campo, las vacas, los caballos, las ovejas, hasta los perros y las pulgas. Pero bastaba con que alguien la soltara con su vestidito azul en una habitación llena de gente para que ella se trastocara en un torbellino de piruetas y saltos que dejaba pasmados a todos, con la boca abierta. Todos, hipnotizados, aplaudían como marionetas cuando ella, exhausta, caía en reverencia con las piernas abiertas como un compás en el suelo.

Un día comenzó a crecer.

Y pareció que todo iba a volver a como era antes cuando el raso azul empezó a quedarle corto, y ya no le entraba la cabecita por el hueco del vestido, y el torso parecía querer explotar en mil pedazos de lo ceñido que poco a poco se iba haciendo.

Una parte de sí regresó a ser la niña tranquila que había sido una vez, alejada de todos en la soledad del campo, entre mugidos y balidos y relinchos, ladridos y ronchas saltarinas.

Sin embargo, en las habitaciones llenas de gente su carita se volvía mustia, y ya no podía saltar porque la tela no cedía. Ella bajaba la cabeza y los ojos se le marchitaban llenos de lágrimas y rabia contenida.

Entonces la misma tía que en un cumpleaños le había traído su primer vestidito azul llegó otro día con un vestido nuevo, una talla más grande, de raso igualmente azul, con la campana bien ancha como para acompañar los brincos y dejar que las piernas alcanzaran la altura de la frente.

Se hizo una fiesta, y ella estaba radiante. Todos los vecinos y familiares, y hasta gente de pueblos vecinos fue a verla dar sus saltos y moverse como una desquiciada de un lado a otro de la sala de la casa, sin importarle muebles ni adornos, danzando feliz.

Pero era solo otro vestido azul, uno solo, y un solo cuerpecito blanco que contrastaba con el raso azul como un cielo cargado de nubes.

Y también su cuerpo continuó creciendo, no demasiado, pero hacía falta otro vestido. No uno solo, sino dos, tres y hasta cuatro vestidos nuevos, en un período que se prolongó por varios años, hasta que Alicia cumplió los diecisiete.

Ella hubiera deseado no crecer jamás, quedarse para siempre en quince años. Pero el cuerpo crecía, solo, como si tuviera vida propia —y la tenía—, y no había quien lo disuadiera de estirarse.

Es verdad que crecer no creció mucho, apenas hasta un metro cincuenta. A los diecisiete aún parecía una niña de doce, y aunque las piernas eran firmes y algo abundantes y los pies y las manos eran una talla mayor, su pecho siguió siendo el de una impúber casi, y su rostro —y sus ojos enormes— transmitían aún la candidez de una pequeña.

Pero el tiempo pasaba, y ya la soledad del campo no era suficiente, como tampoco lo era el solo cuerpecito blanco, ni el vestidito de raso azul de turno.

La gente de los alrededores —sobre todo los hombres— seguía acudiendo en tropel cada vez que ella bailaba, cada vez que el torbellino de su danza se anunciaba en las fiestas de la casa. Y esa gente —y esos hombres— cada vez se volvían más feroces, cada vez sus miradas eran más hambrientas, sus aplausos más engarrotados y frenéticos.

Y era un solo cuerpecito, menudo y hermoso, blanco como la sal.

Y era un solo vestidito, raso y azul como el olvido.

¿Olvidaba ella?

A veces parecía que sí, que hacía o decía cosas que luego no recordaba.

¿Era sonámbula?

Quizá, pero no constaba que caminase dormida, ni que balbuceara frases incoherentes.

Solo a veces daba respuestas con un brillo en los ojos que no era el suyo, como si un espíritu muy malo poseyera el cuerpecito blanco.

Pero no había espíritu muy malo, y aunque a veces daba miedo era ella también, por más que la madre le gritara y se rompieran los platos, y que la gente vecina comenzara a murmurar y que los más atrevidos un día desaparecieran y no se encontraran ni sus cuerpos; y por más que un día el padre no se levantara de la cama, y la madre le dijera tú tienes la culpa, y ella, Alicia, cargara con sus maletas y su vestidito azul a donde el diablo dio tres voces, lejos, muy lejos, a un puerto y a otro puerto y a una ciudad donde los edificios tapaban el sol, y había tanta gente que no se podía salir a la calle sin ponerse las manos en la cabeza y correr y correr dando gritos como una cabra loca.

¿La internaron entonces, como a una cabra loca?

Nadie la internó, porque en Manhattan no hay espacio en los manicomios para tantas cabras locas berreando por las calles.

¿Pidió ayuda, al menos?

La pidió, y le fue dada, de manos desinteresadas y otras no tanto.

El dueño de un club de striptease se enamoró de ella solo de verla, y cuando vio su baile y su vestidito azul en los pasillos del metro vio también una mina de oro con carita de niña y cuerpo de acróbata.

Y la llevó a trabajar a su club, donde la convirtió en la reina de la noche.

Pero la gente se volvía demasiado feroz, y las otras bailarinas protestaban.

La gente se volvía feroz, como animales enfermos. Y como animales enfermos comenzaron a morir.

Porque era un solo cuerpecito, y un solo vestido azul —uno nuevo, que su dueño y benefactor le había regalado—, pero eso no bastaba.

Y mientras más gente —su benefactor el primero— comenzó a morir.

Todo hubiera ido bien, nadie se habría dado cuenta.

Pero esa noche ella lo vio a él, ese chico con el pelo que casi le tapaba los ojos y le recordaba a un viejo conocido, Ludovico.

Y esa noche perdió el control.

Al final tuvo que huir, con el vestidito desgarrado, la piel blanca llena de cardenales y de sangre, y en las calles oscuras se lo volvió a encontrar.

Y por las calles oscuras anduvieron juntos, sin decirse nada.

Él la acompañó hasta su puerta, y ella lo despidió con un beso.

Él venía hirviendo por la fiebre, y aunque los dos hubieran querido se despidieron sin más, solo con un beso de ella en el cuello.

Y ella subió las escaleras tarareando y bailando con los jirones de su vestido azul, y al llegar a su piso se asomó a la ventana para verlo otra vez.

Y lo vio.

Él se iba alejando por la calle oscura.

Temblaba de frío, por la fiebre.

En un rincón se detuvo a mear sobre unos botes de basura.

Siguió caminando.

Unos pasos más adelante cayó redondo sobre el polvo, y nunca más se levantó.

Ella no supo si reír o si llorar, porque la verdad es que daba risa.

Tiró el vestido azul, hecho harapos, a la basura.

Porque al final era solo un vestidito.

Y se acostó sobre la cama, desnuda, mirando al techo.

El cuerpo blanquísimo lleno de cardenales y de sangre.

Porque al final era solo un cuerpo.

Y se quedó mirando al techo blanco, esperando que vinieran a buscarla.

A llevarse el pequeño cuerpo blanco.

Porque era solo un cuerpo, pero en él eran dos. Una Alicia que bailaba cuando le ponían el vestidito azul.

Y la otra, que solo miraba, solo miraba como los hombres no dejaban de comérsela con la mirada.

Como lobos enfermos.

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