Café, sueños, un futuro habitable

Autor:

Daniel Díaz Mantilla

El cuento que presentamos a nuestros lectores pertenece al libro El salvaje placer de explorar, que fuera Premio Alejo Carpentier en 2013 y de reciente aparición por la Editorial Letras Cubanas

Daniel Díaz Mantilla (La Habana, 1970). Es narrador, poeta y ensayista. Actualmente trabaja como editor en la revista literaria La Letra del Escriba. Ha publicado Las palmeras domésticas (narrativa, Premio Calendario 1996), en-trance (narrativa, Premio Abril 1997), Regreso a Utopía (novela, 2007) y Los senderos despiertos (poesía, Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas).

Café, sueños, un futuro habitable

Carmen abre sus ojos y el brillo solar impregna de golpe sus pupilas.

Un segundo atrás todo era calma, silencio que el mar poblaba sin término de letanías. Un segundo atrás flotaba en penumbras, consciente a medias de la mañana, con los párpados cerrados y las olas disolviendo en laxitud el rumor de la calle.

Ahora, el día estalla en los cristales y cae sobre las sábanas sacándola del sueño, iluminando con intensidad inusitada esa otra dimensión de su realidad.

«Demasiado calor», piensa.

Se ha cubierto la cara como para retener un poco más la noche; y aunque el sudor rueda por su piel y la incomoda, prefiere el calor a ese brusco erguirse en la vigilia.

«Transitar de la paz a la prisa en un instante, sin escalas, es dejar atrás una parte de sí», piensa, e imagina un halo que se esfuma, una estela sobre el verde oceánico donde su cuerpo flota otra vez en plena calma.

Pero el calor persiste y Carmen rueda sobre el colchón, casi con furia deseando que este despertar sea todavía otro sueño. Se incorpora, aparta el cerquillo de su frente y mira afuera.

Un cielo incontestable y limpio como la felicidad la acoge.

«¿Qué es la felicidad?», se pregunta y ese remanente de sonrisa en sus labios comienza a borrarse en el hastío de amanecer de nuevo al mismo ciclo: trabajar, trabajar, envejecer lentamente sin esperanzas de cambio. «¿Y quién puso en mí la ilusión? —quisiera inquirir—, ¿no trajo Pandora en su caja también la esperanza?».

—Ya basta —murmura, recogiéndose el pelo en un moño negligente que enseguida se deshace.

Mira en el espejo esos vellos demasiado oscuros que han empezado a crecerle en las aréolas. Con desgano se palpa recordando su sueño.

Estaba en el mar. Nadaba y algo, una mano tal vez, le acariciaba los muslos desde abajo. El sol quemaba su piel desnuda sobre el agua. Después la mano se hizo diente, fue el oleaje y la confusión, su cuerpo hundiéndose en profundidades de asfixia y esa sensación de ser arrancada de golpe hacia la vigilia: esta vigilia donde también se ahoga, aunque más despacio, casi sin agitación, sin resistencia.

Mientras recoge su bata recuerda que hubo placer en ese ahogarse. Su carne maltratada por las olas, rota a dentelladas, se iba llenando de un líquido cálido, un semen de plenitud.

«De plenitud de muerte», piensa.

Con los pezones erectos, excitada a medias y a medias harta, mira el bulto yacer sobre la cama. Hubo días en que ese bulto sació su alma. Entonces el horizonte parecía alcanzable y despertar era como fundirse en un abrazo largo con la vida. Se amaban y el tiempo fluía en claridades estables, pero esos días pasaron.

Carmen se viste, observa al bulto respirar ajeno y se va hasta la cocina.

Mecánicamente vierte el polvo en el filtro, llena de agua el tanque de la cafetera y prende la hornilla.

Piensa en los años que ha perdido en esa inútil sucesión de actos sin la menor trascendencia, viviendo como sonámbula entre paredes que el sol y la humedad cuartean, como sonámbula viendo en la pantalla los rostros de los actores saltar de una telenovela a la siguiente, envejeciendo.

«Treinta y dos años», piensa y coloca la cafetera sobre el fuego.

Tantea los bolsillos de su bata, extrae un cigarro y lo enciende. Luego se recuesta a la meseta, fuma achicando los ojos, ansiosa, y mira la llama azul del gas quemar sin humo.

Treinta y dos años, y de ellos diez aquí, soportando con estoicismo el embate de interminables tormentas, las horas cayendo a su espalda como el mudo hilo de polvo en un reloj de arena, muda ella misma, la carne ya apagada en lento y frío desconsuelo.

Un río negro mana por el ojo del surtidor y llena el vaso. La habitación se carga de un aroma dulce. Carmen sirve el café, sorbe de su taza e intenta no pensar.

«¿Qué sentido tiene todo esto?», se pregunta apagando la hornilla.

Sus ojos recorren las paredes, los mosaicos manchados de grasa vieja, el esmalte pringoso de la cocina, los quemadores que el fuego ha ido oxidando y royendo.

En un gesto brusco abre al máximo las llaves. Después vuelve a su silla, fuma y sorbe despacio su café. Mira el reflejo de la bombilla que irradia en su taza, dejándose ir, sin resistencia.

«La vida es dura —se dice—, demasiado dura», y recuerda esa mole sobre el colchón, vencida y lamentable, tan distinta hoy de aquel que alguna vez, hace tanto, describiera para ella un futuro hermoso y habitable. Quisiera no culparlo, pero el llanto nubla su mirada y esa gota que baja por su mejilla lleva concentrado en sí todo el cansancio, todo el desamor que los aparta.

«Dios juzga a los hombres por las lágrimas de sus mujeres —piensa, secándose los ojos—, ¿pero a las mujeres cómo las juzga?».

Sonríe con tristeza observando sus manos gastadas, los platos sucios amontonados en el fregadero.

—¿Y quién juzga a Dios? —murmura todavía.

El gas brota con un silbido leve.

Carmen cierra los párpados, apoya su cabeza mareada en los mosaicos y sueña un mar profundo, tranquilo, solitario.

Despierta al fin.

El brillo solar impregna sus pupilas, encegueciéndola. Un segundo atrás todo era calma, silencio que el gas poblaba de interminables letanías. Ahora ese bulto yace a su lado en el colchón, exánime.

Carmen se levanta sin ruido, pero el bulto gira sobre las sábanas:

—¿Qué hora es? —pregunta.

Ella se viste sin mirarlo. «¿Qué te importa a ti la hora», le preguntaría si tuviese algún sentido. Pero no.

Él se incorpora a medias, bosteza y le sonríe.

—¿Pasa algo?

Silencio.

Él respira hondo, inútilmente. Ella termina de arreglarse, estudia en el espejo su imagen, recoge sus llaves, su cartera, y se marcha.

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